Por Alicia Barrios

El mensaje de la Virgen de Fátima y de Francisco. El 13 de julio de 1917, sor Lucía dejó testimonio de la aparición de Fátima, quien le transmitió: "Vi a un obispo vestido de blanco... subir una montaña empinada, en cuya cumbre había una gran cruz de maderos toscos, como si fueran de alcornoque, con la corteza; el Santo Padre, antes de llegar a ella, atravesó una gran ciudad medio en ruinas y medio tembloroso, con paso vacilante, apesadumbrado de dolor y pena, rezando por las almas de los cadáveres que encontraba por el camino; llegando a la cima del monte, postrado de rodillas a los pies de la gran Cruz".

"Vi a un obispo vestido de blanco... subir una montaña empinada, en cuya cumbre había una gran cruz de maderos toscos, como si fueran de alcornoque, con la corteza".

Cuando Bergoglio visitó Fátima en el centenario para canonizar a los tres pastorcitos videntes de la Virgen, en su primer contacto le dijo: "Soy el obispo vestido de blanco. Acá estoy". Allí mismo señaló: "María no es una santita de gracias baratas".

El mensaje que repitió sor Lucía se mantuvo en secreto hasta el año 2000, cuando fue revelado. Francisco, que sabe leer y percibir como nadie, se dejó llevar por el camino de Dios. Esa explanada que subió solo bajo la lluvia en la Plaza San Pedro es el costoso tramo que el hombre debe atravesar por las desgracias que el propio hombre ocasionó con sus guerras y su depredación de la tierra. El objetivo final es llegar a la Cruz, donde la destrucción se transforma en salvación. En estos símbolos hay esperanza.

El obispo vestido de blanco, como ni más ni menos Su Santidad, tenía que subir por esa montaña, porque esa travesía representa a la Iglesia en medio de las adversidades. Levántate y anda. Hasta llegar a esa Cruz, Francisco atravesó el corazón de la Ciudad del Vaticano por la Plaza San Pedro. Lo anticipó Fátima. Ella lo presintió. Esta caminata sugiere que la Iglesia deberá atravesar la destrucción que acompaña guerras, pestes y muertes, y que evoca el dolor del Papa por ser incapaz de detenerla. Pero la fe, como bien se sabe, mueve montañas. Triunfa la esperanza.

Francisco, con ese gesto, más que con miles de palabras, se puso al frente del mundo. El 13 de octubre de 2013, ante cien mil personas, en la Plaza de San Pedro, consagró el mundo a la protección de la Virgen de Fátima.

Es así: Bergoglio se la veía venir y sabe a quién ofrendar. La idea fue de él. Tiene su sello. Él, como jefe y administrador de todos los bienes de la Iglesia, es el único que puede disponer que sean expuestos donde lo crea mejor.

En plena crisis de coronavirus, en la más absoluta confidencialidad, mandó a buscar a "La Virgen de la salud del pueblo romano", que es una reliquia pintada por San Lucas sobre una parte de la madera donde se celebró la última cena.

Lo mismo pasó con "El Cristo de la peste", que se venera en la Basílica de San Marcello, en la vía del Corso. Este ícono es del siglo XVI. No tan sólo eso, sino que elevó con sus propias manos el Santísimo de la Basílica de San Pedro para bendecir al mundo.

Tres años antes le había susurrado a Fátima (o Fadme, como la llaman los árabes): "Acá estoy, soy el obispo vestido de blanco". Él, en sí mismo, es un milagro que camina. Alabado seas.

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