"¿Por qué me salvé?, ¿por qué la bala fue para allá, cuando yo estaba acá?, ¿por qué fui puesto en la fila de los salvados?", con 89 años y el número 161.214 tatuado con tinta azul en el brazo izquierdo, Julius Hollander reconoce a Crónica que fue el odio lo que hizo que sobreviviera al ghetto, a Auschwitz-Birkenau, al asesinato de todos los suyos. "Mi voluntad fue más grande que la voluntad alemana de que muriera. Pensaba 'un día más'. Pero luego de la guerra tuve que olvidar todo para poder vivir".

Al finalizar la guerra, Hollander que con sus apenas 16 años logró escapar de los nazis en la llamada "marcha de la muerte", ya sabía que se había quedado sin padres, hermanos, parientes ni patria. Pero en Buenos Aires lo esperaban sus tíos y primos, quienes lo recibieron con los brazos abiertos y él, con su diccionario polaco/español, estaba dispuesto a hacer "borrón y cuenta nueva". Fue en 1946 cuando pisó Argentina y decidió que no viviría más en el pasado.

Julius es el único sobreviviente de su familia y luego de años de silencio, finalmente comparte su historia para que nunca nadie más se atreva a negar el terror que padeció el pueblo judío durante el Holocausto. Ahora brinda charlas en colegios, escribió el libro "Enfrentar el olvido" y también participó del documental #marcha. "Lo que le digo siempre a los chicos es que luchen por la democracia, es lo único que tienen para que no pasen estas cosas nunca más", asegura.

Nació el 3 de diciembre de 1929 en Tarnow, provincia de Cracovia, Polonia, en un hogar judío no religioso pero que sí mantenía ciertas tradiciones. Su mamá fue Hania Eisen y su papá Josef  Hollander, y su único hermano Edward, cinco años mayor que él, murió en Auschwitz-Birkenau, donde los separaron y no se volvieron a ver.

-¿Cómo recuerda su infancia?

- Pude sobrevivir porque tuve una infancia muy buena y contenedora. Recuerdo que íbamos a la escuela en invierno, y por mas frío que hiciera, nos vestíamos con unos pantaloncitos, un pullover, pero siempre con orejeras. Fue una infancia feliz en una casa alegre, en verano íbamos a jugar al tenis a una canchita del colegio y en invierno la misma cancha se llenaba de agua y se convertía en una pista de patinaje sobre hielo, y patinábamos. O con un cajoncito y rulemanes hacíamos cochecitos. Fue tranquila pero con el mandato del estudio siempre. Mi hermano era un muchacho delgado, deportista y mejor estudiante; siempre me decían: "estudiá como tu hermano". Compinches y rivales, tanto peleábamos como vivíamos pegados; él me enseño a esquiar.

-¿Cuándo comenzó la persecución al pueblo judío?

- Yo tenía 10 años y se dio de una manera totalmente gradual, es como si por ejemplo te dijera "que los judíos no podían vivir más en las calles Alvear y Callao, que tenían que vivir en Villa Crespo, los de barrio Belgrano, también a Villa Crespo" y, cuando nos quisimos dar cuenta, pusieron unos muros. Ya dentro, no podíamos hacer nada. Es evidente que los nazis tuvieron asesoramiento de psicólogos, el plan de exterminio se diseñó con mucha destreza.

-¿En qué momento se dieron cuenta de la gravedad de lo que lo que se avecinaba?

- Tenia una tía, hermana de mi mamá, que vivía en Argentina. Acá se leía lo que pasaba en Alemania sobre la persecución, pero en  Polonia no se sabía nada. Ella tomó un barco con sus dos hijos chiquitos y nos visitó para advertirnos y decirnos que nos viniéramos a Argentina, pero mi papá se negó porque no quería dejar su negocio textil, tenía 51 años y ya estaba hecho... No lo puedo culpar.

-Entonces el terror avanzaba pero de manera gradual...

- En un principio nos pusieron un interventor en el negocio, luego teníamos que llevar puesta una cinta con la estrella de David. De repente nos sacaron de nuestro departamento. "Que se presenten todas las familias con apellidos de la A a la D porque van a ir a un campo de trabajo", nos decían y muchos lo creían. Más adelante nos llevaron con otras familias a una casa destruída dentro del ghetto. Luego nos recluyeron en lo equivalente a cinco manzanas y en una habitación vivíamos como 50 personas. Cerraron todo el perímetro con maderas de gran altura coronadas con alambrado de púas. Faltaba de todo como higiene, nos cortaban la luz, el agua y nos daban el racionamiento de comida para morirnos.

-¿Recuerda el día en que su familia se separó?

- A mí me separaron junto a mi papá. Mi mamá y mi hermano se fueron para otro lado. Nos subieron a un tren y nos decían que íbamos a trabajar a Auschwitz. El viaje fue aterrador, y el vagón apestaba; la gente hacía sus necesidades encima. El campo estaba cercano a un emprendimiento industrial alemán donde se iban a fabricar gomas sintéticas, y nosotros teníamos que construir la fábrica.

-¿Cómo fue la llegada?

- Bajamos y fuimos recibidos con golpes, perros, látigos y reflectores, fue aterrador; todo tan trágico, violento y doloroso. Me sacaron las cosas que llevaba, me rasuraron la cabeza y nos registraban tatuándonos un número. Los nazis buscaban deshumanizarnos, hacer con nosotros "cosas".

-¿Qué tipo de trabajo realizaba?

- Me mandaron al equipo que descargaba carbón de los vagones. Eran grupos de cuatro personas, y si no se vaciaba el vagón y el trabajo no estaba terminado para las 15 horas, los colgaban por la noche. Todas las noches colgaban a personas. Yo tenía 14 años, y veía que me faltaba poco para que me pasara eso.

-Pero no pasó... ¿cómo hizo?

- Un día desde los parlantes anunciaron que estaban armando un "comando de electricidad" y pedían que se presentara gente especializada, que se tomaría examen y en caso de no ser así "se tomarían medidas severas". Yo pensé, ¿medidas severas?... Peor de lo que estaba no podía ser. Me presenté ante el kapo que era un asesino confeso austríaco. Pero al tomarme la prueba de doblar un caño le dije que no tenía nada de conocimientos. Pensé que era mi condena pero se me ocurrió una idea. Le dije que si me dejaba en el equipo, todos los días le conseguiría una medida de vodka. Así fue que aceptó el trato. 

-¿Y cómo conseguía el alcohol?

- Me había hecho amigo de Davidad Goldstein, un sastre que trabajaba en el lavadero. Todos los días me llevaba tres camisas puestas y con un polaco que trabaja dentro del campo pero de manera contratada, arreglamos que él me conseguía el vodka a cambio de las camisas. Todos los días me lo dejaba arriba de un puente grúa. 

-¿Cómo vivió la llamada "Marcha de la muerte"?

- Al finalizar la guerra nos llevaron caminando y en tres meses terminamos en Checoslovaquia. En el camino, iban matando a todos aquellos que ya no podían caminar más. Nos daban un pan para cuatro días, yo no daba más y le dije a mi amigo Goldstein, "yo me escapo". Fue así que en unos obstáculos que ellos armaban con troncos y piedras nos escondimos. Ellos siguieron la marcha y nosotros nos metimos en un bosque donde estuvimos durante 11 días comiendo hojas, y como no había agua, comíamos nieve. Ya no dábamos más, caminábamos con cuatro patas, y decidimos salir. Nos encontramos con unos rusos que nos trasladaron hasta el hospital.

-¿Los salvaron en el hospital?

- Nos internaron y me salvó un médico ruso porque robaba penicilina ya que había muy poca, y así sobreviví. Mi mamá cuando empezó la persecución, nos contó a mi familia y a mí, que tenía una hermana en Buenos Aires y que nos acordáramos la dirección. Si nos separaban, ese iba a ser el punto de encuentro. Nos la hizo aprender de memoria. Internado Goldstein me dice, "cuando estabas delirando gritabas 'tucu tucu, tucu tucu', ¿qué es tucucu?". La calle Tucumán, la dirección de mi tía, le respondí.

-¿Y la intentó contactar?

- Le envié un telegrama por la Cruz Roja, preguntándole si alguien de la familia se había comunicado con ella. Pero resulta que mi tía se había mudado dos veces, no vivía más en la calle Tucumán. Finalmente tuve la suerte de que el correo siguió con el hilo y pudo llegar a ella.

-¿Cómo fue el desafío de venir hacia la Argentina?


- No era fácil venir para Argentina, no se permitía el libre paso, entonces con unos contrabandistas que llevaban gente, pude llegar a Alemania. Había unos refugios para gente que había sufrido el nazismo, donde no me faltó comida, me repuse, y pude comunicarme con mi tía que me dijo que trate de llegar a Francia o Italia. Así me fui a París, donde estuve un tiempo y luego tomé un barco hasta Río de Janeiro, y me vine para acá.

- Una vez en el país ¿cómo hizo para aprender el idioma?

- Apenas llegué fuimos a Miramar con mis primos, y un día decidí no hablar más polaco. Cuando vine me había traído un diccionario polaco/español. Me conseguí una mesita plegable y una sillita de lona e iba todas las mañanas a la playa donde aprendía trescientas palabras, pero no las seleccionabas. Hice borrón y cuenta nueva, me olvidé del polaco que es mi idioma materno.

-¿Cómo empezó a construir su vida acá?

- Ya en Argentina, no tenía ni un papel que dijera que había dado sexto grado así que lo di libre. Luego estudié para constructor de obras pero necesitaba el secundario, también lo di libre. Los cinco años lo di en tres años. Finalmente me anoté en la universidad de Buenos Aires y me recibí de arquitecto. Desde abajo comencé con una empresa de producción de carteles de publicidad en la vía pública en la que más adelante trabajaron mis hijos. Nos fue muy bien. Hoy disfruto de mis hijos, mi mujer y mis nietos. 

-Desde su llegada al país, ¿decidió callar su historia?

- Nunca más hablé del asunto y era un tema tabú. Pero hace unos años, me contactaron de la Fundación de Steven Spielberg, donde estaban tomando testimonio de todos los sobrevivientes, para que diera el mío. Hizo una fundación para que los sobrevivientes dejaran testimonio porque "iba a haber gente que diría que el holocausto no existió". Esa fue la primera vez que hablé, me removió todo. -Al día de hoy escribió un libro, "Enfrentar el olvido", y da charlas en varios colegios...

- Tengo una nieta de 23 años, Sofía, que cuando era chiquita la iba a buscar todos los jueves al mediodía al colegio e íbamos a comer a un restaurante, y me pedía que le contara todo de cuando era chico, y un dia me dice "¿abuelo por qué no hacés un libro?".

-¿Supo algo más de su amigo Goldstein?


- Lo busqué y durante 30 años no supe nada de él. Hasta que un día una mujer se contacta a la oficina de mi esposa preguntando por mí y diciendo que tenía "saludos de David Goldstein". No lo podía creer, lo llamé y arreglamos para encontrarnos en Italia. Yo no quería saber nada con pisar Alemania. Finalmente nos reencontramos y le dije que viniera a pasar un tiempo a mi casa en Punta del Este. Lamentablemente, cuando lo llamé para enviarle los pasajes, había fallecido. 

-Luego de haber pasado por situaciones extremas, ¿hay algo a lo que le tema?

- ¿A mí qué me puede espantar? No hay nada peor que perder a tu propio padre, ver que lo lleven para matarlo. Solamente tenía el pie hinchado y con un diurético se salvaba. Un dolor espantoso. Fijate como son las cosas, enfrenté la vida desde el punto "lo que pasó, pasó"  y de ahora en más tengo que buscar otras cosas.

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