@GCalisto

Inés y Esteban volaron desde Buenos Aires para llegar a la fiesta del Señor y la Virgen del Milagro. Lloran desconsoladamente cuando ingresan a la Catedral de Salta. Él lleva muletas y necesitó ayuda para subir los seis escalones que lo separaban de la plaza principal de la capital provincial. Hace cuatro años que esperaban realizar este viaje. "Tuve un accidente y perdí los brazos y las piernas. Me dijeron que no iba a volver a caminar, pero recé y seguí adelante por mi familia", dice él con la emoción que contagia. Vienen a agradecer su milagro. "Desde el accidente dije que lo iba a hacer por la virgen y mi familia. Tardé cuatro años pero acá estoy", agrega mientras ella lo abraza. 

La suya es apenas una de las miles de historias que se viven en la procesión, que tendrá este domingo su punto máximo con la misa y procesión. Junto a las de Luján y San Nicolás, de Buenos Aires, es considerada de las más importantes y numerosas del país. Se estima que cerca de 80 mil personas llegaron a Salta para agradecer o pedir. Otras tantas lo harán hoy.

La procesión llegará a su punto máximo de convocantes este domingo.

La organización de los viajes impresiona tanto como las historias personales. Grupos de 200 o 300 personas parten desde las localidades más chicas y alejadas para llegar una semana después a la catedral. No llegan cansados. Llegan contentos. A lo largo del camino, principalmente sobre las rutas, se establecen postas sanitarias y de comida. Las noches son muy frías, y los días de mucho calor. Se duerme donde se puede. Las familias de cada pueblo ofrecen sus casas a los peregrinos, también las iglesias se abren para permitirles pasar la noche. Voluntarios cocinan y acercan alimentos. Empresarios regalan su producción para formar parte de la fiesta.

Es una tradición eminentemente salteña. En una ciudad acostumbrada a los turistas de otras provincias y extranjeros, la fiesta del Señor y la Virgen del Milagro es el reencuentro con los suyos, que llegan para dar muestra de su fe, un rasgo principal de la identidad salteña.

Una tradición eminentemente salteña.

Los locales también participan. Algunos viajan algunas horas para salir de la ciudad y llegar con los restantes peregrinos. Manuel, de 88 años, esta vez vino caminando desde su casa, cercana al centro. "Tengo 88 años, me siento bien. Cómo no voy a dar gracias", dice mientras se ríe.

Los aplausos interrumpen y llevan la atención a la calle. Mientras el grupo que viajó ocho días desde Metán prepara su ingreso con bombos y canciones, una pareja renguea para llegar. No tienen más de 25 años. También llorar al recibir ese respaldo. Se abrazan y entran a la iglesia. Cumplieron su promesa.

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