Por Ricardo Filighera
@Rfilighera

Fue un personaje entrañable de la mitología circense que, instalado en los escenarios de la televisión argentina, hizo las delicias de varias generaciones de chicos y al que, más allá del paso del tiempo, se lo sigue evocando con particular afecto.

Nos referimos puntualmente al inolvidable payaso Firulete (Roberto Gerardo Samaniego 1923- 2004), quien, en una primera etapa, formó sociedad con Santiaguito y, posteriormente, con Cañito, su hijo en la vida real.

El querible clown nació en el barrio porteño de Mataderos, convirtiéndose en el séptimo hijo de Matilde. Desde pequeño afloraron en el intérprete condiciones histriónicas. Era un pibe de la calle, inquieto, rebelde y difícil de domar.

La primera etapa de Firulete se desarrolló en los albores de la pantalla chica nacional. Hizo sus primeras armas en el antiguo Canal 7, en el programa “Ahí viene el circo”, cuya conducción era responsabilidad de Guillermo Brizuela Méndez junto con Nelly Prince. Posteriormente, plasmó su aporte en “El Circo Refrescola” y en “El show del mediodía”, oportunidad en la que volvió a encandilar a toda la purretada del momento.

"Santiaguito, ¿qué pachoooooó?", era una de sus frases célebres.

Una de las etapas en que experimentó mayor popularidad transcurrió entre 1963 y 1965, cuando integró el recordado ciclo “Circo 11”, y después siguió trabajando en diversos programas que eran comandados por las grandes creaciones de Manuel García Ferré, en una suerte de continuidad artística notable; en este sentido, se puede citar “El club de Anteojito”.

En forma paralela, puso su impronta en otro emblemático programa de aquellos tiempos: “El saber de los chicos”, con la conducción de un maestro de los medios, Ernesto Lerchundi.

A modo de estadística familiar, Firulete, en 1945, se casó con Rosa Gelabert, su gran compañera de ruta, y fruto de esa unión nacieron Carmen de las Mercedes, Gerardo Roberto y Jaime José.

Otra de sus frases: "Son las siete menos siete, faltan siete para las siete".

En 1967 se produce un significativo cambio en su trayectoria: se separó de Santiaguito (Ernesto Racedo) y constituyó una nueva sociedad artística junto con su hijo Gerardo, apodado en los escenarios como Cañito.

El recorrido artístico de Firulete y el inefable Cañito no tuvo descanso. Trabajaron durante cinco años en “El club de Hijitus” y, posteriormente, en “El Mundo de Calculín”, así como en “Competencia” y en “El club de Anteojito y Antifaz”, durante una etapa que se extendió entre 1973 y 1977.

En sociedad con Cañito, su hijo en la vida real.

Los lazos profesionales y de amistad entre Firulete y García Ferré se constituyeron con mucha fuerza. Después, Firulete y Cañito fueron protagonistas especiales del ciclo “El tío Porcel”, que se transmitía por Canal 11. Desde 1978 y hasta 1980, participaron en el “El show de Leo y Lío”, programa que era conducido por Adolfo Casini y tenía pantalla en Canal 7.

Con posterioridad vinieron otras producciones, entre las que se destacó “Hola, Julieta” y que se extendió entre 1982 y 1983 por Canal 9, con la animación de Julieta Magaña, la hija de Angelito Magaña, figura excluyente de la época de oro del cine argentino.

"Rosita, prepara lo' raviole'", solía exclamar Firulete.

Y, como haciendo gala de diversidad creativa y de una vigencia que se mantenía firme a modo de tributo por parte de la propia gente del ambiente artístico, tuvo emotivas apariciones en “Good Show”, la gran creación de Tato Bores y, luego, en ciclos como “Fair Play” (Telefé), con Fernando Bravo; también en “360” (Canal 13), conducido por Julian Weich, en “Decime cuál es tu nombre” (Telefé) y en el emblemático programa de Alfredo Casero “Cha cha cha”.

La creatividad de Firulete seguía tan firme como en sus inicios artísticos. Continuidad y variedad en el desarrollo de diversos programas pusieron de manifiesto la versatilidad y la simpatía de un inefable intérprete, admirado por chicos y adultos, en general.

Su cometido

La nobleza de un payaso ostenta ribetes de enorme emotividad. Ese llamado a las cosas simples de la vida nos merece particular atención. Lograr que un grupo de chicos disfrute de un espectáculo y generar risas, muchísimas veces sanadoras, que se propagan como una suerte de enorme felicidad, aunque sea por un espacio puntual de tiempo, es un aporte fundamental desde todo punto de vista.

Roberto Gerardo Samaniego entendió plenamente su cometido y lo llevó a cabo desde muy pequeño hasta casi los 80 años. En definitiva, toda una vida en esa escuela que heredó de sus padres y abuelos y que él legó a sus hijos, a sus nietos y, seguramente, a sus bisnietos. El recuerdo de Firulete está más vigente que nunca.

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