Por Alicia Barrios
abarrios@cronica.com.ar

"Que Dios y la Virgen te hagan Papa, Bergoglio", fue el grito que una mujer lanzó al finalizar la misa del 11 de febrero de 2013, que ofició el padre Jorge en el aniversario de Lourdes. Ese día, lunes de carnaval, la noticia que dio la vuelta al mundo fue el anuncio de la renuncia de Benedicto XVI.

Bergoglio estaba junto a diez mil fieles que lo acompañaban. Crónica era el único medio que estaba cubriendo la misa. Me acerqué a él, lo abracé, le di un beso, abrazo, le acaricié la cara y le repetí: "Que Dios y la Virgen te hagan Papa". Él me abrazó, me besó las mejillas, con ese olor a recién afeitado que lo caracteriza. Ninguno de los dos sabíamos que esa sería su última celebración en la Argentina como cardenal.

Ese febrero estuvimos en contacto sin parar. La decisión de acompañarlo como periodista la tomé en segundos. Hablábamos a diario. Recuerdo que, ansiosa, me quejaba: "Estoy enloqueciendo con las acreditaciones. No sé cuándo empieza el cónclave, ni cuánto va a durar". Armado de su santa paciencia, se reía y explicaba: "Tranquila, no va a ser tan largo, porque no hay funeral. Benedicto renunció, no es que se murió".

Barrios saluda al Papa en uno de sus muchos viajes a Roma.


Siempre lo supe

Siempre tuve la percepción de que iba a ser Papa. Nadie me sacaba esa idea de la cabeza. Todos los días había cambios. Primero viajaba el 2 de marzo; después, el 28 de febrero; luego el 26, porque si bien no me dijo que el papa Benedicto XVI quería verlo, me comentó: "Quieren que esté allá". Le respondí: "Jorge, sos el único cardenal que fue convocado con tanta anticipación. En los medios de todo el mundo tus pares protestan porque dicen que aún, formalmente, no les avisaron nada". Rápido como la luz, me respondió: "Debe ser general". Jamás pregunté nada, pero los dos sabíamos lo que pasaba. El 24 de febrero fue la última vez que hablamos en Argentina. Al día siguiente a las 14 se embarcaba por Alitalia desde Buenos Aires. Nos quejábamos del viaje, largo "como esperanza de pobre". De dormir en un espacio tan pequeño. Él no quería viajar en primera. Los pilotos, las azafatas, trataban de convencerlo para que se pasara, pero no hubo forma. El siempre fue austero. Bajando la voz, como siempre, me recordó: "Rezá por mí. Nos vemos en Roma". En la víspera del cónclave se impuso el silencio. La Plaza San Pedro estaba rodeada de guardias que hablan menos que un granadero.

El cardenal Bergoglio logró pasar inadvertido. Se había abrigado con un sobretodo largo y "Que Dios y la Virgen te hagan Papa" negro, sin capelo. Cuando lo vi venir quise llamarlo, pero no sabía cómo hacer para no alertar a los colegas que estaban montando guardia. Rápido le grité "padre Jorge, padre Jorge". Sonrió de oreja a oreja. Atravesamos la Plaza juntos como si nada. No lo reconocían. Fue la última vez que lo vi como cardenal. En ese preciso instante entraba al cónclave.

Fin de la espera

El 13 de marzo, fiel a mi rutina, a las 9 de la mañana ya estaba en La Stampa, que es el media center de la Santa Sede. Durante esas jornadas, oía, sin inmutarme, el comentario de algunos colegas que ninguneaban a Bergoglio como papable. Le hacían bien porque le bajaban el perfil. Es conocido en los pasillos vaticanos que el que entra al cónclave creyéndose papa sale cardenal.

El frío y la lluvia calaban los huesos. La espera se hacía larga. Los ojos de todo el mundo seguían clavados en el balcón, pero no salía nadie. Por fin apareció el cardenal francés Jean Louis Tauran: "Annuntio vobis gaudium magnum: habemus Papam" (“Os anuncio una gran alegría: tenemos Papa”). Para después decir: “Georgium Marium Bergoglio”. Mi reacción fue casi simultánea, porque empecé a gritar y saltar: “El Papa de los humildes, de los pobres. Ganaron los buenos. Viva el papa Francisco”. De pronto estaba rodeaba de micrófonos y colegas del mundo. Era la única que lo conocía.

Por fin apareció "Carucha", como lo apodaron sus alumnos de la Inmaculada Concepción. En su versión de papa Francisco saludaba desde el balcón a una multitud.

Pasaron 48 horas hasta que nos encontramos en el besamanos. Éramos unos poquísimos privilegiados. El sentido del humor es un actor importante en esa relación lúdica que tenemos. Verlo de blanco, iluminado por el Espíritu Santo, me emocionó hasta las lágrimas. Él me esperaba con los brazos abiertos de par en par: "Éramos pocos y faltabas vos", me dijo riéndose al tiempo que tuvo conceptos muy elogiosos acerca de mí ante los cardenales que lo acompañaban que no repito por pudor. Le mostré la medalla de la Virgen María que Desata los Nudos que él me había regalado y le dije: "Ella quiso venir a saludar". La bendijo una y dos veces más. No le besé el anillo, ni me arrodillé. Sé que eso no le gusta. Permanecimos tomándonos fuerte de las manos. Con la promesa de rezar uno por el otro nos despedimos. Desde esos días gloriosos, regresé siempre a Roma como corresponsal ante la Santa Sede y batí el récord de 30 veces en cinco años. Sigo dejando testimonio de cuanto hace como periodista peregrina. La alegría de cada encuentro es tal que vale la pena el sacrificio de volar 14 horas. Me sostiene eso que me enseñó como a los chicos: leer el Evangelio, rezarle a San José y dejar a Dios trabajar de Dios.