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Las calles sudafricanas ya no cuentan con sectores exclusivos para los blancos. Las malditas leyes del apartheid ya no rigen un país que, después de muchos años de oscuridad, logró convertirse en la nación del arco iris. Sin embargo, la férrea estructura de segregación social dejó marcas que, pese al paso de los años, aún tienen consecuencias.

Ya no desde la exclusión, sino, paradójicamente, desde la forma de inclusión. Y esas diferencias son muy claras en el ámbito laboral. Una visita a ese país fue suficiente para conocer una realidad que aún golpea y que se refleja, por ejemplo, en qué tipo de empleos ocupa cada uno.

Los trabajos menos calificados o que no necesitan de una avanzada formación son realizados, en su mayoría, por personas negras. Los blancos, en general, la pasan mejor. Una explicación, tal vez, pueda hallarse en los años de represión que les impidieron acceder a estudios avanzados, salvo excepciones.

Los años pasaron, más de 25, desde que la palabra "igualdad" se incorporó al vocabulario de los sudafricanos, pero es una igualdad incompleta. Lejana a ese ideal con el que muchos soñaron y al que Nelson Mandela le puso la piedra fundacional. Es tarea de las nuevas generaciones honrarlo y hacer que Sudáfrica sea, de una vez y para siempre, la nación del arco iris.