Por Alicia Barrios 
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Santa Marta es la casa del padre Jorge en Roma. Sagrada. La capilla es un espacio único donde él reza día a día y empieza sus jornadas oficiando misa a las 7 de la mañana. Momento sublime si lo hay, que compartimos. Íntimo. Agua bendita fresca. Limpia. Altar sencillo como él. La fe brota de las paredes, los bancos, los pasos que se dan. Entra por los pies y sube. Impregna el cuerpo.

Un mimo de Dios estar ahí, con él. Ese Bergoglio íntimo. El mismo de Buenos Aires. En ese segundo lunes de mayo, la homilía estuvo inspirada en la amistad. Nosotros, Crónica, sus amigos, estábamos muy emocionados. Hablo de vivir en amistad con Jesús. Él, que sigue el camino de Dios, es siempre fiel a sus amigos que también le retribuimos gestos de incondicional obediencia y lealtad.

Destino que no es casualidad: la amistad con Jesús y la vocación de ser amigos del Señor. De eso se trata. Cuando dijo esto, tocó nuestros corazones. Varias veces nombró la palabra "suerte". Jesús es un amigo y así lo transmite. Encontrarse, acompañarse con otro a quien querés, contás, cuidás y  te oye es un milagro.

Bergoglio, como Jesús, hace un apostolado de la amistad. Nuestro destino, el mío, es ser amiga del padre Jorge, quien me lo presentó a Jesús. No hay que renegar de los amigos, ni siquiera con quien traiciona. La verdad es que tiene razón, uno a veces, por caprichos, pecados, se aleja de Jesús, pero Él está siempre firme esperando que volvamos.

Atención: a Judas, antes que lo traicione, la última palabra que le dice es "amigo". No le dice "raja de acá, no vuelvas en tu vida". Francisco dijo algo puntual: "Amigo es aquel que comparte los secretos". "La amistad se recibe en suerte, como destino". Estas últimas frases de la homilía de los amigos hay que aprenderlas de memoria.

Reflexionemos: "Él no reniega de este don, no nos reniega, nos espera hasta el final. Y cuando nosotros, por nuestra debilidad, nos alejamos de Él, nos espera. Él espera. Dice: "Amigo, te espero". Después de oírlo, comulgar y darnos la Paz, se fue. A esas 30 personas que estábamos allí nos pidieron que permaneciéramos sentados.

En pocos minutos regresó el padre Jorge. Se sentó junto a nosotros del otro lado del altar. Rezaba, visceral, solitario, de Padrenuestro y Avemaría. Cada uno se concentró en la meditación de ese instante único. En estado de gracia, flotando en el aire, me esperaba en el atrio para saludarme. Ahí estaba con los brazos abiertos de par en par. Abrazo, beso. Un milagro tener un amigo Papa. Fiel que tenga a Crónica grabada en su recuerdo, que nunca lo traicionó ni lo abandonó en las malas.