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Dice el diccionario: “La revolución es un cambio o transformación radical respecto del pasado inmediato, que se puede producir simultáneamente en distintos ámbitos (social, económico, cultural, religioso, etc.). Suele percibirse como algo súbito y violento, ya que se trata de una ruptura del orden establecido”.

Entonces, parece correcto hablar de “revolución femenina” en estos días, en que nuestro país se ve atravesado por una discusión compleja pero necesaria. Sin embargo, ante el aluvión de consignas, el fervor callejero, la transformación (a veces forzada) de los mensajes que se emiten a través de los medios de comunicación, cabe cuestionarse si este cambio de paradigma que se pretende instalar desde la lógica porteña tiene el alcance global de una verdadera revolución.

Es cierto que Internet hoy incluye en el debate a sectores mucho más amplios, que pueden enterarse de lo que pasa acá, “donde se cocina todo”, y sumarse a campañas pro equidad de género. Pero ¿qué sucede con esas mujeres que nacen y mueren allá lejos de las luces de la ciudad, en parajes solitarios, pequeños pueblos con poco impacto de los medios? ¿Cómo son los hombres de sus comunidades? ¿Les interesa borrar de los “derechos masculinos” el maltrato y el abuso como forma de relacionarse?

Ellas en general no tienen Internet. No pueden llamar al 144 porque no hay teléfono o nadie cercano va a responder, y caminan en silencio hacia un destino marcado por siglos de injusticia económica, sanitaria, educativa. Esas familias cuyos miembros rara vez terminan la escuela, y si lo hacen es con enorme esfuerzo, acompañados de docentes heroicos: mal pagos, desactualizados, cansados o sin recursos.

¿Bajo qué premisas se sigue educando a tantos argentinos en el país profundo? Lo que pasó este jueves con la emocionante marcha del 8M sólo será una anécdota si no tiene correlato en políticas concretas del Estado, que debe convertirse en activo centinela de los derechos que se proclaman ante las cámaras, a lo largo y a lo ancho del país.