Por Esteban M. Trebucq.

María Elena Walsh fracasó. No hay sala ni comedor. Y, acaso, pocas naranjas. El universo que proyectó en sus letras tan pegadizas como agudas y profundas, describen parte de un país que no existe más. O que, de mínima, languidece.

Mayra (le cambio el nombre por caprichosas cuestiones legales), esa nena de sonrisa espontánea, que sobrevivió todos sus días debajo de un puente en la ciudad más rica del país, no tiene sala, ni comedor. Tampoco casa. Ni siquiera escuela para divertirse con La Reina Batata.

El mundo de Mayra describe la postal más palmaria, evidente y notoria, del fracaso sociocultural de la Argentina. Es la degradación absoluta; pero frente a los ojos impávidos de casi todos.

El único comedor de esta chiquilina, con varios hermanos, acaso alguno fallecido, acaso alguno vaya a saber en qué lugar, es un refugio comunitario en esa jungla de cemento denominada Barrio Cildañez. No es un barrio como los que soñó María Elena Walsh. Es una villa.

Argentina comulga en la naturalización de la anormalidad más absoluta. Hay que decir barrio para no estigmatizar a la gente que allí vive, en lugar de pensar, proyectar y exigir, que NADIE más viva allí. Esto último no figura en ningún proyecto de país.

Según datos del Ministerio de Desarrollo Social y de organizaciones sociales, entre registrados y no registrados, hay más de 10 mil comedores desperdigados en la heterogénea geografía argentina. Allí comen (lo que pueden) más de un millón de personas (de mínima).

El mundo del revés de María Elena Walsh ni siquiera proyectó que en 2021 uno de cada dos chicos iba a ser pobre, que en las escuelas se iba a comer, y que en muchas casas la mesa iba a ser una quimera. Sí, eso: una utopía. Mayra nunca fue a un colegio. Tiene 7 años. Su mamá tampoco. Su captor, menos. Es la tragedia en sí misma.

Mayra es Argentina. Es un país pobre, pero que aún no advirtió acabadamente esta realidad. El mundo que avanza lo hace a través de la sociedad del conocimiento. Hoy quien más sabe, más produce. Nuestro país no genera, ni exporta patentes. Apenas participa del 0,3% del PBI mundial, obtiene resultados catastróficos en las pruebas PISA, el nivel de egreso en universidades públicas orilla el 25%, y la gran discusión en los barrios populares o villas no es ninguna vacuna, sino esperar el colectivo sin que le roben o peguen un tiro.

Los sectores más vulnerables, que lamentablemente son mayoría, no hacen marchas por una vacuna. Sino para que no los maten.

Alberto tiene razón: faltan vacunas. Y existe una causa medular detrás de esa máxima, una vacuna es conocimiento. Es, acaso, todo lo que falta en Argentina. Obvio, por eso no la producimos. Estados Unidos discute si es mejor formar pilotos caza u operadores de drones. Acá, si vamos a la escuela.

La tragedia de Argentina también es que hay más comedores populares que librerías. No se venden libros en los serpenteantes caminos de La San Petersburgo de La Matanza, ni en los laberínticos pasillos de Villa La Rana, en San Martín. Tampoco en El Palihue de La Plata. Y no tengo en claro cuántos en Puerto Madero.

Para Mayra, y otras tantas nenas y nenes de su edad, no hubo primer tiempo. El partido ni siquiera empezó. Pero vaya paradoja: ya están perdiendo. Hoy la política discute la puesta en escena, la superficie y cómo conservar el poder. El sector más pobre de la provincia de Buenos Aires debate el mecanismo, acaso leguleyo (mediante algún fallo judicial de primera instancia), para que casi todos los intendentes puedan renovar sus mandatos a partir de 2023, aunque una reciente ley dispone sólo dos períodos de cuatro años de Gobierno. Y es lógico, porque el debate es por el poder, y por cómo administrarlo, no por cómo solucionar problemas. Eso último también lo naturalizamos.

El mundo requiere de más preparación para acceder a un empleo. El trabajo que no produce dejó de ser trabajo en los países centrales, porque esencialmente no es inversión, sino gasto (ya sea público, o privado). Casi la mitad de la PEA (Población Económicamente Activa) de Argentina tiene o tuvo una dependencia directa o indirecta del Estado. Rápido, para no marear: son 22 millones de personas en edad de trabajar, 9 millones cobraron el IFE, y 2 millones los programas de asistencia a empresas privadas como ATP.

De esas 9 millones del universo IFE, más de 3 cobran la AUH. En ese sector, prácticamente no existe la movilidad social ascendente. Ahí los chicos sonríen por un abrigo, o zapatillas para sortear el barro. Es raro que pidan escuchar El Twist del Mono Liso. Ojalá Mayra pueda tomar el té en una tetera de porcelana, en la sala o el comedor. Ojalá.

Esteban Trebucq conduce Siempre Noticias en Crónica HD.

 

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