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Mueven las fichas por turno. Piensan. Actúan. Un falso movimiento puede terminar de la peor manera: con un Moyano tras las rejas o con un paro general. La partida empezó, o por lo menos parece haber empezado, a mediados del año pasado cuando Pablo ("siempre actúa con consentimiento del padre", reconocen) comenzó a mantener reuniones con referentes del arco sindical opositores a las políticas de Cambiemos.

El primer peón se movió del otro lado del tablero: el 21 de junio de 2017 se allanó el sindicato de camioneros en busca de facturación apócrifa. Los flashes que apuntaban a Hugo junto a  Mauricio Macri de a poco empezaron a apagarse. El distanciamiento evidenciaba que ambos sectores estaban dispuestos a atacar, y en ese juego las piezas que se exponen son cada vez más valiosas.

El 29 de noviembre Pablo Moyano fue uno de los oradores de una masiva marcha contra las reformas impulsadas por Cambiemos. Luego llegaría la ausencia de Hugo a la hora de defender el proyecto de reforma laboral, que terminó naufragando. Con la estrategia propia del ajedrez pero con la profundidad de lucha de una guerra, desde Cambiemos soltaron sus alfiles.

El 11 de enero la diputada Graciela Ocaña amplió la denuncia contra el presidente de Independiente. Mueve Camioneros: reunión con Luis Barrionuevo para exigir "paritarias libres y sin techo". Y el pasado miércoles, el gremio fue por más al anunciar una marcha para el 22 de febrero. El control de la calle, al igual que la capacidad de paralizar el país, siempre fue su reina.

El oficialismo respondió: imputó en una causa por lavado en Independiente a padre e hijo. La partida sigue. El próximo movimiento podría terminar en jaque mate, aunque aún no está definido de qué lado del tablero saldrá la fulminante jugada.