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El recuerdo del corralito y los cacerolazos del tristemente recordado diciembre de 2001 se revivió en los últimos días. En aquel momento, el gobierno de la Alianza y los bancos habían confiscado los depósitos de los ahorristas y el pueblo estalló de bronca. Días atrás, el tratamiento y la aprobación de la reforma previsional volvió a sacar al pueblo a las calles -y también a muchos violentos, con objetivos propios, ajenos a las causas populares-.

Los cacerolazos y las marchas volvieron. Pero esta no fue la primera vez desde las postrimerías del gobierno de Fernando de la Rúa. El cepo a la venta de dólares, implementado por el kirchnerismo, también fue motivo de protestas, cacerolas y reclamos. Con un trasfondo político (o partidario), todas estas movilizaciones tuvieron un origen: la plata. Cuando a los distintos sectores de la sociedad les tocan el bolsillo, se desesperan y se hacen oír.

Pero en estos tiempos turbulentos, hay un tema que parece haber quedado en el olvido de los reclamos: la seguridad. Pese a las promesas gubernamentales, los robos, secuestros y asesinatos continúan a la orden del día, pero a pocos parecen importarles. Los casos de Anahí Benítez, la adolescente de 16 años que fue secuestrada, violada y asesinada en Lomas de Zamora, o de Araceli Fulles, de 22, quien fue hallada brutalmente ultimada en una casa de José León Suárez, fueron dos de los episodios que más conmoción causaron en el año que termina, pero no parecen haber alcanzado para una protesta masiva.

Así, los robos violentos y los crímenes se suceden, como desde hace años, día tras día, hora a hora, en cualquier barrio porteño y en cualquier localidad del conurbano. Pero nadie dice ni hace nada. Aquellos viejos gritos multiplicados por miles en calles y plazas de "¡seguridad!" "¡seguridad!" ya no se escuchan. Los reclamos se volvieron individuales. Pero así no se consigue nada.