LA COLUMNA DE JOSÉ NAROSKY

Guerra siempre implica derrota, porque en ellas no hay soldado sin heridas

Una demostración palpable es que muchos cantan cuando van a la guerra. Pero ninguno cuando regresa. Y aunque algunos hablan de triunfo, en las mismas sólo se mata y se muere. La ley del más fuerte, es la negación de la ley.

Una chispa puede producir el mayor de los incendios. Y esa chispa hizo eclosión un 3 de septiembre de 1939 con la declaración de guerra por parte de Inglaterra y Francia a Alemania. Dos días antes, pero sin declaración, las tropas alemanas habían invadido Polonia.

Se iniciaba así, una de las guerras más sangrientas de la historia. Durante más de cinco años, todos los países del planeta, directa o indirectamente, se conmovieron. El 8 de mayo de 1945 Alemania se rendía y cuatro meses después, lo hacía su aliado Japón.

Mario Tulio Cicerón (106 – 43 a. c.) orador, escritor y político romano, quizá el más eminente representante de la lengua latina, era asesinado. Es que los que vuelan, rozan con sus alas, a los que no pueden volar. Escribió Cicerón: “Preferiría la paz más injusta, a la guerra más justa”. Y no creo que se equivocase.

Porque guerra siempre implica derrota, incluso para los triunfadores, dado que en ellas no hay soldado sin heridas. Y una demostración palpable es que muchos cantan cuando van a la guerra. Pero ninguno, cuando regresa… Porque aunque algunos hablan de triunfo, en las mismas sólo se mata y se muere.

Y la primera víctima es la piedad, dado que en todo conflicto bélico la crueldad es casi un deber y los crímenes de los vencedores no se consideran crímenes, sino victorias. Porque los vicios de la paz se hacen virtudes en las guerras.

Por cierto que los pueblos necesitan un incentivo para ser empujados a ellas. Y por eso, a veces, se las idealiza. Para encubrir su horror. Tengamos fe que en un futuro quizás lejano serán eliminadas. No por la mejoría moral del hombre, sino por la posibilidad de producir daños irreversibles en los bandos que se enfrentan. 

Un gran pensador argentino, -tucumano- Juan Bautista Alberdi, abogado y músico, nacido en 1810, tres meses después de la Revolución de Mayo escribió a los 42 años, en 1852, un libro que además de su valor intelectual sirvió de sustento nada menos que para la redacción de la Ley fundamental de la Nación: la Constitución de 1853.

Lo llamó “Bases y Puntos de Partida para la Organización Política de la República Argentina”. Pocos años después, publicó otro libro –un verdadero alegato pacifista- que denominó “El Crimen de la Guerra”, cuyo simple título expresa su pensamiento en lo que respecta a las guerras como vano recurso para solucionar los conflictos internacionales.

Expresaba Alberdi, con otras palabras, que aludir al arte de la guerra es como decir el arte de asesinar. Porque aun ganadas, estas no suelen lograr la paz total, ni pueden borrar muertes, ni mutilaciones.

Y ganan las armas, no la razón. Porque la ley del más fuerte, es la negación de la ley. Y la violencia, destruye todo. Incluso a quien la utiliza. 

Agregaría que un conflicto bélico quita a la agricultura y a la industria sus mejores brazos, los de los más jóvenes y fuertes. Son especialmente incomprensibles las guerras religiosas en las que ambos bandos terminan pareciéndose por su intolerancia.

Un argumento que busca encontrar algo positivo de las guerras es que los cerebros de algunos hombres van creando elementos técnicos que servirán a las sociedades posteriormente, ya perfeccionados. 

Se olvida que la paz, no es menos fértil en logros e invenciones. Por el contrario, las fuerzas humanas, ya unidas, sumarían sus energías para crear un mundo mejor. En definitiva, la verdad de una teoría política nunca se demostró mediante una guerra.

Tengamos fe, que con el devenir de los tiempos, el hombre pueda convencerse que ganar la paz, es más meritorio y más útil que ganar la guerra.

Esta nota habla de: