Sai Baba: la historia del gurú de la India que sumó como nadie fieles y detractores
Se calcula que unas 10 millones de personas lo seguían en todo el mundo. Y hubo entre ellos estrellas de cine, políticos, escritores y científicos. Del otro lado se agolpaban sus numerosos críticos, quienes descreían totalmente de él. Falleció en 2011, a las 85 años.
Por José Narosky.
Hace poco tiempo, en una ciudad del sur de la India, fallecía un famoso gurú. Se llamó Sai Baba. Gurú, según los diccionarios, es un jefe religioso de la India. Un maestro espiritual.
De ninguna manera entraría a juzgar si realmente tenía los dones que le atribuían millones de fieles en casi todos los países del planeta. Menos aún me sumaría a sus numerosos críticos, que descreían totalmente de él.
Tampoco adheriría a sus poderes casi mágicos. Porque me parece también una torpeza criticar lo que se desconoce. Sólo deseo trazar un esbozo de su discutida trayectoria.
Falleció hace no mucho tiempo, en abril de 2011, en un hospital del sur de la India, luego de tres semanas de internación. Tenía 85 años. Sus seguidores lo consideraron un dios viviente. Y no son pocos.
Se calcula que unos 10 millones de fieles lo seguían en todo el mundo. Y hay entre ellos, estrellas de cine, políticos, escritores y científicos. Hacía un par de años que estaba sometido a varias sesiones diarias de diálisis por problemas renales, aunque moriría por un paro cardio-rerspiratorio.
Nació en noviembre de 1926 con el nombre de Satiana-Rayana Rajú. Se afirma que vino al mundo, con una inteligencia inusual que asombraba a sus maestros y una tendencia total a la espiritualidad; que tenía 12 años y no había practicado ningún deporte ni lo haría posteriormente.
Leía -a tan temprana edad- libros orientales de grandes autores, de los que, –se decía- que podía repetir párrafos enteros de ellos de memoria e interpretarlos correctamente. Esa personalidad despertaba obviamente burlas entre sus compañeros de colegio.
Uno de ellos, se acercó, a él, pocos años después, expresándole: “Te pido perdón por las burlas que te hemos hecho y en las que te confieso, participé”.
Y Sai-Baba le respondió: “No puedes pedirme perdón. No sentí por ello la menor molestia. Sólo pena, por la incomprensión de Uds. Pero agradezco tu intención”.
Independientemente de la veracidad o no de su prédica, realizó obras benéficas de importancia. Entre ellas, logró dotar de agua potable a cientos de aldeas de la India, con lo que ayudó a erradicar enfermedades.
Además, creó escuelas para fomentar la educación en su país, que es el segundo en el mundo en población, dado que supera los mil millones de habitantes. Es sabido que el primero es China, con más de 1.300 millones de habitantes.
Ya mencioné que tiene seguidores en muchos países. En la Argentina se puede mencionar a Andrés Percivale, el conocido animador, y también, un conocido hombre de los medios, Claudio Domínguez, un ser humano que predica el bien como una necesidad vital.
Y aprovecho para agradecerle la valoración que Claudio hace de mis aforismos permanentemente. Deseo agregar, que un amigo de Lionel y mío, Hugo Díaz, a quien apreciamos mucho, incluso viajó a la India, para expresarle su adhesión a Sai Baba.
Ricky Martin se confiesa también un total devoto del mismo. He aludido casi exclusivamente a los aspectos positivos de su personalidad.
Sus detractores lo acusaban de farsante, aludiendo a denuncias por fraude –aunque nunca fue procesado-. También que utilizaba trucos con gran habilidad. Sai Baba usó este seudónimo que era el nombre de un santo indio del siglo 19, que fue y es adorado hoy, por religiosos hinduistas y musulmanes.
Pero cualquiera fuese la realidad, lo que importa es que efectuó obras de bien y lo predicó. Si a nivel humano hubiese tenido las falencias que sus adversarios aseguraban, lo cierto es que sembró ilusiones, que es como sembrar felicidad.
Y ya el aforismo final: “Se puede vivir sin realidad, pero no sin ilusión”.
Por J.N.

