A 20 kilómetros de la ciudad de Bragado, existe un pequeño pueblo con un puñado de habitantes: Juan F. Salaberry. El lugar tiene una estación de tren llamada Máximo Fernández

Para entender la misteriosa historia vamos a recurrir a un artículo publicado por el periódico “La Voz del Pueblo” de Tres Arroyos. En la década del 70 del siglo XIX “un joven empleado del Juzgado de Paz de Cañuelas contrae matrimonio con la hija de un acaudalado estanciero, quien les regala, como presente de boda, una pequeña chacra”, según cuenta el historiador Fernando Soto Roland. Este joven, llamado Máximo Fernández, compró en 1872 seis leguas cuadradas para agrandar su propiedad. La bautizó con el nombre de su esposa, Matilde Sevey: “La Matilde”. 

Más tarde adquirió unas leguas cuadradas más y la estancia llegó a tener 25 mil hectáreas. Había árboles frutales, terrenos arados, miles de cabezas de ganado vacuno, caballos y potreros. Los negocios le fueron muy bien a Fernández. Tanto, que diez años después arrendó el campo y se fue con toda su familia a vivir a Europa.

Anduvieron por Barcelona, París, Bruselas y Berna hasta 1889, cuando volvieron con vacas suizas y muchas ideas. Entonces pusieron una fábrica de quesos y una cremería. Cuatro años después, Máximo Fernández donó parte de las tierras para construir la estación del Ferrocarril del Oeste que lleva su nombre. Luego hizo construir una mansión en la estancia.

Pues bien, en esa estancia,  en La Matilde, hacia 1910, sucedió un hecho espantoso. Se cuenta que el encargado de cuidar la pareja de leones tenía una hija, o una nieta, que siempre lo acompañaba a su trabajo.

Un día el hombre se distrajo, la niña asomó su cabecita por entre las rejas y la leona de un solo zarpazo la decapitó. Tras inhumar el cuerpo en inmediaciones de la capilla, los Salaberry sacrificaron a la leona y enviaron a los demás animales al Zoológico de Buenos Aires. Sólo quedaron las aves raras. Y, también, se quedó el espectro que afirman que ronda el paraje, el alma en pena de la hija del cuidador. 

Pero la crisis de 1890 hizo estragos en el establecimiento. Máximo vendió todo en 1904 y fue a dar con sus huesos a Barcelona, donde fallecería en 1916.

Susana Gioacchini, especialista en pueblos de Buenos Aires, relata una historia que una vez le contaran a ella cuando anduvo por esos parajes: “A principios de este año estuve en San Emilio, un pueblo cerca de la localidad de Los Toldos. Allí conocí la panadería y charlé un montón con el panadero, que resultó que había sido el encargado del tambo de Máximo Fernández. Me contó que una madrugada, mientras estaba trabajando, escuchó gritos de lo que supuso era su hija".

"Salió corriendo hacia su casa, donde encontró a la nena durmiendo plácidamente. Ahí me dijo que se dio cuenta de que había oído el grito de un fantasma”. Historias como ésta se cuentan de a montones y los escasos lugareños aseguran que no hay que rondar la capilla en ruinas de la estancia después de la caída del sol. 

 

 

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