El diablo del imaginario: formas, nombres y detalles
Desde las infernales salamancas hasta los misteriosos “gualichos”
Se afirma que el mito como entrecruzamiento de memoria colectiva, le otorga un tópico a lo in- nombrable, de modo tal que esa interacción entre opuestos, escapa a toda lógica. En tal sentido, el hecho de interpretar este uni- verso mítico pleno de creencias constituye un ejercicio contrario al de la ciencia tradicional.
La encarnación del “Maligno”, transmutada desde el imagina- rio hacia las narraciones orales, inspiró diversas fisonomías que enriquecieron muchas leyendas diseminadas en el territorio ar- gentino.
Pero lo cierto es que al tratarse del Diablo, sus advocaciones en los periplos de la historia lo han instalado en una categoría tan terrenal que provoca el mismo horror simbólico entre quienes lo invocan y le temen, pero también entre aquellos que descreen de su figura.
En algunas regiones del Noroeste, la sola mención de la “Salaman- ca” no sólo que vulnera su estruc- tura socio-cultural sino que ex- pande el terror en la memoria de los pobladores. Según las viejas tradiciones, se tratan de cavernas ocultas en medio de los matorra- les y cuyo acceso es custodiado por el “Zupay, un híbrido de macho cabrío y hombre, especie de delegado con llegada directa al “Innombrabe”.
Se relata que esta espeluznante figura echa fuego a través de sus orificios y solamen- te mantiene una sosegada calma ante el sonido de las guitarras ejecutadas por payadores “salamanqueros”.
También en zonas inhóspitas de Santiago del Estero, prolifera el demonio en la forma de un hombre -bestia “pariente” cercano del “Zupay” y conocido como el “Sachayoj” quien se pre- sentaría montado sobre un caba- llo negro y con alforjas llenas de “souvenires” para tentar a todo aquel paisano sediento de codi- cia y con el fin de atrapar su alma.
Cuando anda sueltoTambién se habla de “Salamancas” en derredor del cerro Huancar en Jujuy, un fantástico lugar visitado por asiduos viajeros e impregna- do de relatos sobre ceremonias que realizaban los grupos étnicos adoradores de “Mandinga”. Tam- bién en Humahuaca se recuerda la fantástica historia del dependiente de una pulpería que hacía comer y beber en abundancia a los cansados arrieros que la visitaban, en pos de sacrificarlos en nombre de un enviado del Mal que habitaba en una tapera en la que preservaba restos humanos.
Lo extraordinario del suceso es que la misma pulpería “desaparecía” del mapa ni bien los pobres cristianos habían sido eliminados, para luego volver a “aparecer” bajo forma fantasmal pero en otro sitio. En los pantanosos esteros del Ibe- rá (“agua brillante”, en guaraní) en la provincia de Corrientes y alrededor de las lagunas llama- das “Trin” y “Medina” subrepticiamente se arrastra la leyenda de un ser endemoniado en forma de gigantesco reptil que deambula entre juncos y pastizales en busca de carne fresca.
Algunos lo llaman el “Monstruo de la isla”. Muchos viejos habitantes del lugar seña- lan que esa presencia bestial surge cuando algunos islotes se mani- fiestan fantasmagóricamente en- tre brumas y el fantástico animal sorprende a los pescadores.
Hacia el sur de nuestro país, la memoria mágica y oral señala que en Chos Malal, al norte de la pro- vincia de Neuquén, los primeros mapuches que querían iniciarse en la pluralidad de sus creencias, ingresaban a una “Cueva Infernal” que se encontraba escondida detrás una gran piedra.
Allí permanecían varias noches aprendiendo los secretos milenarios enseñados por los caciques que previamen- te habían realizado un pacto con el Diablo. También se relata que más de un gringo arriesgado pene- tró en ese sitio y que jamas pudo volver a mirar la luz del sol.
Los descendientes de los criollos pa- tagónicos recuerdan los relatos de sus ancestros referentes a una en- demoniada deidad mapuche co- nocida como el “Huallipén” que moraba entre los bosques y lagos. Tenía la forma de un hombre con cabeza de toro y era conocido con el aterrador mote del “Dios de la niebla” ya que se paseaba por las noches de luna llena en busca de placeres carnales.
En la Patagonia austral era muy popular el aterrador “Trauco” o “Espíritu maligno de las mon- tañas” que antiguamente fuera descripto en la cultura araucana. Su peculiar característica era que se mimetizaba con plantas y ar- bustos para atacar a las mujeres.
Similares señas particulares pre- sentaba el infernal “Elengasem”, adorado por los hechiceros te- huelches y que habitaba en cue- vas que conducían “sin escalas” al Inframundo. Los aventurados criollos evitaban las zonas aleda- ñas a las cuevas y previamente se hacían la señal de la cruz, colga- ban riestras de ajos del cuello de sus caballos y llevaban alforjas con agua bendita.
CHARLES DARWIN UN MAL INVISIBLEMencionado en su diario personal cuando recorrió el sur de Argentina, el naturalista inglés Charles Darwin (1809-1882) hizo referencia a un solitario y reseco árbol rodeado de calaveras y restos óseos llamado “Gualicho” por los aborígenes.
Para los investigadores del folklore mítico, se trata de un ser incorpóreo de naturaleza invisible cuya cercanía se percibe cuando los bosques, ríos y aves permanecen en un plano silencioso.
Se cuenta que a mediados del siglo XIX mientras los tehuelches dejaban sus ofrendas al “Gualicho” para mantener alejado a los espíritus malignos de sus tolderías, los primeros soldados afincados en los fuertes montaban celosa guardia ante su eventual y fantasmagórica cercanía.
Con el paso del tiempo, su sola mención fue tomando connotaciones supersticiosas y en la actualidad es sinónimo de daño o de “trabajo maligno”.
(*) Periodista, investigador de temas sobrenaturales

