Por Roberto Di Sandro 
El Decano 72 Años 
en la Casa Rosada 

El cuatro de junio de 1946, un gobierno de facto, presidido por el general Edelmiro J. Farrell, ungía presidente de la Nación, tras democráticos comicios, a uno de los más relevantes líderes populares del continente: Juan Domingo Perón. Quien escribe inició de esta manera la visión directa de la asunción de un mandatario que luego se convertiría en una de las figuras más trascendentes de la historia nacional.

Desde ese momento hasta ahora, han desfilado frente a este cronista 25 jefes de Estado y, si Dios quiere, este martes, 10 de diciembre de 2019, veremos sentarse en el sillón del poder al número 26. Su nombre: Alberto Fernández. Esta es la historia a relatar en una jornada, sin duda, que será inolvidable para todos los argentinos, sin distinción de colores políticos. Se trata de un nuevo habitante de la Casa Rosada que desea compartir un futuro positivo para el país junto a todas las voluntades que a lo largo y a lo ancho añoran la grandeza de la patria.

Testigo directo

Aquel 4 de junio de 1946, en la Agencia Noticiosa Télam, donde aprendí a movilizarme dentro de este difícil y excepcional espacio que es el periodismo, Humberto Asis, uno de los fundadores de dicho medio, dio el alerta: "Vas a la Casa Rosada para describir la asunción del nuevo presidente de la Nación".

Humberto, conocedor de la noticia y su proyección, motivó a este "aspirante a reportero" y Balcarce 50 nos recibió en medio de periodistas de todo el universo. Sólo lápiz y papel, y máquinas fotográficas. La tecnología aún estaba por llegar. Willy Napp, el cronista acreditado de Télam, acompañó en todo momento a este escriba y juntos realizamos la tarea informativa hasta el final del día.

Después, nuevamente a Esmeralda 433, primer piso, para continuar allí la tarea hasta un 29 de octubre de 1947 en que, otra vez Humberto Asis me anticipó que retornaba a la Casa de Gobierno, esta vez para acreditarme definitivamente por los tiempos de los tiempos. De ahí en más soy directo testigo de lo que sobrevino en el país hasta ahora.

Perón gobernó el primer tramo de su gestión, hasta 1952, realizando obras y beneficios para el pueblo que había sido olvidado. Junto a Hortensio Quijano, un radical que se asoció al líder de los trabajadores, de inmediato definió proyectos imborrables. Después fue reelegido y el contralmirante Alberto Tessaire lo acompañó en la segunda presidencia.

No la terminó porque fue derrocado un 16 de septiembre de 1955, tras haber asistido a uno de los más sangrientos episodios que vivió la historia nacional tres meses antes: un bombardeo a la ciudad de Buenos Aires, centralizado en la Casa Rosada. Hubo más de trescientos muertos, y dentro del edificio del poder, entre catorce y quince muertos, en su mayoría heroicos granaderos del Regimiento General San Martín que defendieron con honor al presidente de la Nación.

Hasta un civil, cafetero, fue impactado por la claraboya del primer piso y murió entre los escombros. Este reportero y otros cuatro colegas -Enrique Almonacid, Willy Napp, Aulio Sila Almonacid y José Parodi- aguantaron cuerpo a tierra las casi cinco horas de aviones Gloster que bombardearon el lugar y un avión de la Marina bautizado Catalina que arrojó la primera bomba a la una menos veinte de la tarde. Nunca existieron los derechos humanos en esa ocasión.

La gran grieta

Comenzó a sentirse la gran grieta que nos divide en la actualidad. Peronistas y antiperonistas enfrentarán a un país que durante nueve años había recibido beneficios concretos de trabajo y acción social emanados de un Estado que cuidaba a los más vulnerables y generaba trabajo a cada instante.

Asume un gobierno denominado "Revolución Libertadora" -algunos le llamaron "Revolución Fusiladora"- presidido por el general Eduardo Lonardi, un militar proveniente de Córdoba. Llegó acompañado de uno de los hombres claves de la revolución: el almirante Isaac Rojas. Deseaba bombardear todo lo que encontraba a su paso, pero algunos conscientes no lo permitieron.

Lonardi se sentó en la Casa Rosada y no bien lo hizo apuntó, dirigiéndose a la ciudadanía: "Ni vencedores ni vencidos". Tal es así que en un momento dado de su corto gobierno recibió a la CGT con el dirigente Di Pietro a la cabeza y allí escuchó: "Señor… ustedes no pueden sacarles a los trabajadores las conquistas logradas…". La respuesta fue inmediata: "Nadie hará eso".

Este general tenía un sentido más admisible que el resto para hablar y dialogar. Claro que el grupo dueño de la situación mostró su rencor hacia la masa trabajadora y la ideología peronista y a los cuatros meses Eduardo Lonardi fue relevado por otro general: Pedro Eugenio Aramburu.

Provenía de la Dirección de Sanidad del Ejército. Hubo muchos momentos de angustia en el país durante el tiempo que gobernó. Fue asesinado por los Montoneros años más tarde. Antes entregó el gobierno a quien ganó las elecciones. Un radical intransigente que se abrió del radicalismo puro y recibió el apoyo de Juan Perón, quien le "cedió" los votos a través de un pacto en el cual intervino el abuelo de quien actualmente es ministro del Interior del gobierno que se va: Rogelio Frigerio. La grieta ya estaba abierta para el futuro y comenzó a sentirse de una manera más profunda con el correr de los años.

Jugada estratégica

De allí en más se fueron sucediendo gobiernos civiles y militares. Uno los vivió todos. Arturo Frondizi gobernó con una serie de promesas. Su accionar iba de izquierda a derecha. Pactó con Perón devolverle al justicialismo todos sus proyectos. No cumplió. Al contrario, se volcó a Fidel Castro, recibió al Che Guevara; enfrentó a los trabajadores y hasta aprobó el triunfo de un gobernador peronista en la provincia de Buenos Aires, a quien luego no le entregó el mando.

Allí se produjo el derrocamiento de un mandatario desarrollista que ambicionó instalar sus proyectos pero equivocó en el terreno político tratando de consolidarse sin tener bases definitorias. Sin embargo, cuando fue detenido y llevado a la isla Martín García, Frondizi acordó, a través de una acción estratégica, que no se quedaran las fuerzas armadas en el poder directo.

El general Poggi que presidía una junta militar, quiso hacerse del poder, pero a través de una negociación rápida, José María Guido, presidente del Senado, juró como jefe de Estado ante un juez de la Corte Suprema, el doctor Julio Oyanarte, y Poggi, encolerizado, llegó a la Casa Rosada.

Era tanta su ira que abrió una puerta y se encontró con una ventana que daba a las escaleras. Se salvó de caerse. Guido ya era presidente. Era un especie de gobierno "cívico-militar" y gestionó así. Algunas pildoritas alimentan su acción. Buen cocinero de puchero de gallina, hacía gustoso el alimento para todos los radicales que casi noche por medio iban a la Casa Rosada.

"Noches largas", apuntaban los trabajadores de servicio. Después se terminaron. Llamó a elecciones y otro radical, de pura sangre y con el peronismo proscripto, ganó las elecciones. Arturo Illia. Un médico de pueblo que tuvo la suficiente capacidad para tomar decisiones destinadas a los trabajadores que lo bautizaron "la tortuga" por su lentitud. Quizá la equivocación de esos tiempos haya terminado una vez más con un gobierno elegido por el pueblo.

Otra vez las botas

Vayan tomando nota: Illia es el quinto presidente que este periodista menciona. Se jugó entero contra los capitales extranjeros y los militares lo sacaron del poder. Un general, Pistarini, anunció que no iba más, y a los pocos días aparecieron otra vez las botas en camino a la presidencia.

Se sentó en el deseado sillón un militar poco amable: Juan Carlos Onganía. Hombre de la Sociedad Rural, ya comenzaba a proyectar la inestabilidad de los trabajadores y la desocupación se hacía sentir. Pero claro, las desavenencias con otros sectores de las fuerzas armadas generaron un nuevo cambio de timón en el gobierno, siempre manteniendo las jinetas.

Esta vez Onganía, enfrentado al entonces comandante en jefe del Ejército, general Alejandro Agustín Lanusse, debió presentar su renuncia a pesar de haber dicho que "lo sacarían con los pies para adelante". Un juego de palabras. Fueron a buscar para reemplazarlo a un militar de la Junta Interamericana de Defensa con asiento en los Estados Unidos, su nombre: Roberto Marcelo Levingston.

Quiso superar al resto de sus colegas y manejar por su cuenta. Imposible. Allí estaba Lanusse, quien tras un tiempo de espera dijo basta y asumió el poder. Trato de reducir esta larga historia porque también hay otros episodios salientes en un día tan especial como el de hoy.

Lanusse y elecciones

El general Lanusse sucede a Levingston. Trae a Perón y busca la posibilidad de que el gran caudillo alimente deseos de que pueda llegarse a un acuerdo en diferentes cuestiones. Lo desafía con "no vuelve porque no le da el cuero". Perón sonríe en España y se larga así hacia la Argentina.

Llega; lo cuidan; se instala en Gaspar Campos y luego de un tiempo retorna a Madrid. Todo está previsto. Lanusse llama a elecciones y gana el peronismo con Héctor J. Cámpora a la cabeza. Cuando asume "el Tío" -así lo llamaban-, lo escupen a Lanusse en su salida de la Casa Rosada.

No se inmuta. Sigue de largo y el pueblo le grita Perón en la cara. Cámpora, tras asumir, habla todos los días con Perón desde Balcarce 50, después las desavenencias con "el Tío" se notan y Cámpora, eximio jugador de billar, renuncia y muestra su lealtad al General Perón en todo momento.

Perón y el pueblo

El gran líder vuelve a la Casa Rosada. Gana las elecciones con el 62 por ciento de los votos. Cifra nunca alcanzada por nadie. Vuelve a gobernar por tercera vez. Lo secunda su tercera esposa, María Estela Martínez de Perón, Isabelita. Se abraza con Balbín y nace una esperanza de unidad. No se logra. La violencia azota al país. Le matan a Perón a su mano derecha, José Rucci, y la represión se hace cada vez más profunda.

Un primero de julio muere el General y el país se silencia. Asume la primera mujer presidenta, Isabel. No aguanta los topetazos de todos los días. La economía se derrumba. Otra vez los militares toman el poder. Comienza entonces la más sangrienta de las dictaduras. La preside el general Jorge Rafael Videla. Le sigue Roberto Viola. A continuación, otro militar se pone la banda: Leopoldo Fortunato Galtieri, quien manda a la guerra a nuestros soldados y el poder inglés nos destruye.

Bignone, el último general que gobierna, toma el poder, llama a elecciones y por fin, después de años de lucha y dolor, asume un gobierno democrático en la figura de Raúl Alfonsín.

Y esto sigue

Con la cordura de la democracia, Alfonsín no gobierna bien y se va del gobierno seis meses antes. Lo reemplaza con el voto popular Carlos Saúl Menem, quien repite por cuatro años. Le pone la banda y le entrega el bastón a Fernando de la Rúa, un radical que trata de hacer una gestión positiva y no puede.

Preside una alianza donde todo el mundo se pelea y entonces aparece un helicóptero que lo saca de la Casa Rosada y lo devuelve a su casa poniendo punto final a su gestión. No hay mandatario. De pronto, la Asamblea Legislativa nombra a un presidente: Eduardo Duhalde. El país se está cayendo, pero este hombre junto a otros que se la juegan lo salva. Trata de equilibrar la situación económica.

Antes de que Duhalde asuma, cinco mandatarios pisan el despacho presidencial: Ramón Puerta Adolfo Rodríguez SaáEduardo Camaño, Ramón Puerta otra vez y finalmente  Eduardo Duhalde. Esto es real. Créalo. Ocurrió en la Argentina.

Kirchner y Cristina

Nuevamente se llama a elecciones y gana Menem por poco, ante un nuevo candidato: Néstor Kirchner. Lo trajo del Sur Eduardo Duhalde. Menem no se queda y asume Kirchner el gobierno. La gestión a partir del 2003 se hace aceptable. Después lo sucede su esposa Cristina Fernández de Kirchner, quien es reelegida por otros cuatro años.

A partir del 2015 triunfa un ex presidente de Boca, Mauricio Macri. Llegó a la cima del poder y gobierna hasta hoy, en que entregará los atributos a un movimiento bien popular cuya base se asienta en el peronismo. Alberto Fernández es el Presidente y como vice lo acompaña la que lo puso como candidato y además ejerció el mandato dos veces: Cristina Fernández de Kirchner.

Si usted cuenta, señor lector, hay 26 presidentes oficiales registrados incluyendo el que asume este martes. Hubo uno que estuvo unos días entre el que se iba y el que entraba, Raúl Lastiri. Fue de emergencia entre Cámpora y Juan Perón. Todo esto lo vi y lo sigo viendo. Esto no es un cuento de Guinness. Es real.

Ahora trataremos de contarte todo lo que suceda con el nuevo gobierno y ojalá podamos anunciar nuevos puestos de trabajo y medidas que alivien la situación económica de la gente. No perdamos la fe.