Por Roberto Tassara
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El anecdotario del 17 de octubre, frecuentado por la crónica periodística de las últimas siete décadas, es como el árbol que no deja ver el bosque: Perón preso en Martín García, Evita reprochando a los militares que no se jueguen por el coronel del pueblo. La dolencia (real o ficticia) que justifica el traslado de Perón de la isla al Hospital Militar, mientras las columnas obreras del sur avanzan hacia Plaza de Mayo.

El estupor de los porteños ante una marcha pacífica de trabajadores/as que también sorprendió a parte de la dirigencia sindical y política. Los vecinos, aterrados por la cantidad y el aspecto de los manifestantes, quedaron absortos al constatar que no eran violentos. A los sindicalistas les sucedió algo parecido, viendo que el proletariado se liberaba de los manuales anarquistas y marxistas para ir al rescate de un militar, para colmo funcionario de un gobierno de facto, nacionalista y conservador. Al final de la jornada, el presidente Edelmiro Farrell autoriza que el coronel le hable a la multitud.

El 17 de octubre del 45 fue una sorpresa. El propio Perón, desde Martín García, le había escrito una carta a Evita en la que dejaba entrever la eventualidad del fracaso, del abrupto final de su carrera militar y de su ambición política.

Pero el destino irrumpió encarnado en aquel pacífico ejército de trabajo, anhelante de justicia, que desbordó la plaza. La lealtad de esa masa, postergada en algunos casos hasta por sus propios sindicatos, fue consagrada como uno de los grandes emblemas peronistas.

No se lo perdonarían

Aquel 17 fue el Día de la Lealtad al joven coronel que la masa eligió por los beneficios debidos a su política laboral. La izquierda, fiel a las ideas del príncipe anarquista Piotr Kropotkin, o a las de Karl Marx, no pudo digerir el "oportunismo" de la clase trabajadora argentina en aquella histórica jornada; el día en que tomó la iniciativa de acompañar al proveedor de sus reivindicaciones, prescindiendo de los prejuicios clasistas de sus dirigentes.

Aquel día irrepetible, la clase obrera logró mucho más de lo que se proponía: fundó un movimiento democrático y policlasista, liderado por un militar que había reemplazado el uniforme por "la chaqueta de civil".

El liderazgo de Perón se ponía en marcha con apoyo de la clase social que, según la izquierda, debía ser socialista. Pero se hizo justicialista, y la izquierda no se lo perdonaría. La derecha, socia de la izquierda en la Unión Democrática, vio en Perón a un demagogo simpatizante del nazismo. Tampoco se lo perdonaría.

La transformación

La Argentina parida el 17 de octubre se alinea con Occidente en la Guerra Fría, pero con una doctrina de Tercera Posición, equidistante del capitalismo que reduce lo humano a mercancía, y del colectivismo marxista que lo somete al Estado.

Aquel 17 puso en marcha una transformación irreversible. A pesar de las dictaduras, el constitucionalismo social incorporado por la reforma del '49 sobrevivió y aún define la agenda de los postergados.

Aquel día, Perón empezó a avanzar hacia su meta institucional, con sindicatos fuertes y empresarios socialmente responsables. A estos, ya en 1944 les había advertido que su proyecto aspiraba a "una perfecta regulación entre las clases trabajadoras, medias y capitalistas, donde la riqueza no se vea perjudicada, propendiendo por todos los medios a crear un bienestar social".

La aspiración a ese "bienestar social" hoy es compartida por trabajadores/as de diferentes colores políticos. El actual justicialismo, fragmentado, prueba que la clase trabajadora se mantuvo fiel al legado de aquel 17 de octubre, mientras que la dirigencia política perdía el rumbo.