A 50 años de la tragedia de Los Andes: el recuerdo de los sobrevivientes
Cumple medio siglo la historia del accidente del avión de la Fuerza Aérea Uruguaya en la Cordillera de los Andes.
Hace 50 años, en la región argentina de la cordillera, en la zona conocida como Valle de las Lágrimas, a 3.500 metros de altura, entre el volcán Tinguiririca y el Cerro Sosneado, un grupo de uruguayos sobrevivió durante 72 días después de que el avión en el que viajan hacia Chile perdiera el control y cayera en un valle a 4.000 metros de altura.
Para muchos fue una tragedia, mientras que otros recuerdan aquel episodio como un milagro en el que solo unos pocos lograron salir con vida de ese lugar.
Todo comenzó el 12 de octubre de 1972, cuando un grupo de jóvenes rugbiers del equipo amateur Old Christians, junto a algunos amigos y familiares, se subieron al Fairchild FH-227D T-517 de la Fuerza Aérea Uruguaya rumbo a Santiago de Chile.
La delegación había partido de su país con la excusa de un partido amistoso con sus pares chilenos, aunque en realidad, el verdadero sentido del viaje era ir a pasear. Sin embargo, lo que parecía un sueño se convirtió en una pesadilla.
Todos coinciden en que las condiciones climáticas no eran las mejores para viajar, aunque nadie se imaginaba cuál sería el desenlace del vuelo, a pesar de una parada imprevista en Mendoza, que aprovecharon para pasear.
No obstante, la ansiedad de los pasajeros por retornar al viaje, la presión a los pilotos para hacerlo, un error de navegación, un pozo de aire y otro y otro y otro más profundo, más los picos de las montañas demasiado cercanos, confluyeron para el accidente aéreo.
A partir de allí, la historia más conocida. "Levanté la cabeza, que la tenía entre las piernas, y lo que vi es algo terrible, un caos total de aquel avión feliz en el que íbamos (...) Y cuando pude levantarme, vi el caos de asientos, de fierros retorcidos contra la pared que separa el fuselaje de la cabina de pilotos, todos escrachados ahí como pegotines, con sangre y gritos. Y vos no querés ni ver ni oír nada y te das vuelta para irte y atrás tuyo no hay más avión”, recordó Coche Inciarte, uno de los sobrevivientes del accidente.
Era 13 de octubre de 1972 y en el fuselaje había 32 personas con vida. Según recordaron los sobrevivientes, a las cuatro de la tarde empezó a nevar en la Cordillera de los Andes y la primera noche en la montaña fue la peor de todas.
Roy Harley, uno de ellos, la rememoró así: “Para los que creemos que el infierno existe, esa noche vivimos en un infierno. Fue impresionante. Había tormenta, no había luna, no había nada, la oscuridad era total. Nos metimos al avión como pudimos, entre los muertos, los fierros, heridos, se sentían gritos. Nadie pudo dormir”.
Más allá de eso, lo que por las noches era aterrador, con la luz del día, era un paisaje improbable, un paisaje repleto de belleza.
Mientras tanto, lo único que podían hacer era repartir la poca comida que tenían, rezar, buscar calor, intentar fabricar agua, curar a los heridos, mantener el fuselaje -que ahora era algo parecido a un hogar- ordenado y limpio, aguantar el dolor, soportar vivir entre los cuerpos muertos de sus amigos y familiares, hasta que escucharon por radio la noticia de que la búsqueda se había suspendido.
La sensación era de abandono y que los daban por muertos, pero ellos se convencieron de que tenían que sobrevivir, irse de la montaña y caminar hasta lograrlo. Para ello, la decisión más difícil: comer el cuerpo de los muertos con la convicción de no dejarse morir.
Todo en esta historia ya fue contado: la noche en que una avalancha los dejó sepultados dentro del fuselaje, los que murieron porque no resistieron más, los que murieron por ser demasiado generosos, las expediciones que salieron mal, la caminata de Roberto Canessa y Fernando Parrado, el encuentro con el arriero Sergio Catalán, el rescate con los helicópteros, el reencuentro con los familiares, la conferencia de los 16 sobrevivientes.
"Entonces, ¿qué tiene para decir una historia que ya fue contada y repetida tantas veces? ¿Qué queda cincuenta años después? “No te acostumbrás. No te acostumbrás, incluso cincuenta años después. Yo de repente pienso que oigo los pasos de mi hermano subiendo la escalera”, dice Stella Pérez del Castillo, hermana de Marcelo, que en 1972 era el capitán del equipo de rugby y fue, también, un líder en la montaña.
Numa Turcatti fue el último en morir en la Cordillera. Su hermano, Daniel, dice esto: “En mi casa fallecieron mis padres, fallecieron mis hermanos. A ellos yo los vi cuando murieron. Hablar de ellos no me genera un dolor especial. En cambio, con Numa me pasa algo tan especial, nunca hice el verdadero duelo, entonces cuando hablo de él (…) me vienen unas ganas de llorar, más allá de que pasaron 50 años”.

