El rugby como vínculo social: la historia del equipo de pueblo que nació de la nada e integró a todos
El Dorrego Rugby, surgido de la nada en el corazón de Navarro, Provincia de Buenos Aires, donde nunca antes se había jugado a este deporte, hoy se encarga de romper estigmas y unir a personas de todos los estratos sociales.
Ubicado a poco más de 100 km de la Ciudad de Buenos Aires, Navarro es un pueblo de 8 mil habitantes conocido por su producción lechera. A lo largo de 35 años, se ha consolidado como el epicentro de una historia de deporte e integración. Todo comenzó cuando Daniel Rosso, un ingeniero agrónomo que estudió y jugó al rugby en el colegio La Salle, dejó la ciudad para instalarse en el pueblo. Tenía 25 años y ni soñaba con seguir con el deporte que había jugado toda su vida. Sin embargo, fue algo que fue surgiendo con el tiempo.
“De a poco y charlando con algunas personas, fue saliendo el tema. El primero en llamarme fue el farmacéutico del pueblo, que había jugado en Deportiva Francesa y, a partir de ahí, todos los que alguna vez habíamos jugado nos empezamos a juntar en la farmacia, atrás de la marquesina, como si fuese la Jabonería de Vieytes, pero de rugby. Todavía no se hablaba de hacer algo, era simplemente para tomar unos mates y contar anécdotas”, explicó Rosso a Crónica.com.ar. Sin embargo, agregó que “la idea de formar algo más concreto la trajo un gerente del Banco Nación que venía de Tucumán y quería que sus hijos siguieran jugando. Fue ahí donde nos pusimos de acuerdo y, en 1989, arrancamos”.
Los comienzos del deporte en NavarroEn un principio se juntaban en la plaza del pueblo y luego la Municipalidad les dio permiso para usar el polideportivo. Se turnaban para entrenar a los chicos según los tiempos que manejaban e inició lo que en un primer momento se llamó Navarro Rugby. “Si bien en un principio nos trataban de locos y solo venían los que conocían el deporte, de a poco se fueron sumando los que no sabían nada y fueron aprendiendo. Cuando llegamos a 15, nos unimos a La Unión de la Cuenca del Salado, perteneciente a la Unión Argentina de Rugby (UAR), que agrupaba a todos los pueblos de la zona, y empezamos a jugar”, afirmó Rosso a este medio.
Debido a problemas económicos y cuestiones climáticas como la inundación de varias de las canchas de los equipos participantes, el torneo no prosperó. “Cuando las aguas bajaron, con un grupo de padres volvimos a arreglar el terreno. Desmontamos, nivelamos, pusimos las haches y lo parquizamos. Fue todo a pulmón, pero queríamos que los chicos vuelvan a jugar al rugby”, explicó Rosso.
Con el tiempo, lograron que equipos de renombre como el SIC, Olivos, La Plata, entre otros, visitaran la localidad para disputar amistosos, algo totalmente impensado para un pueblo como Navarro. A medida que el proyecto crecía y se fortalecía con tres categorías: infantiles, juveniles y mayores, decidieron unirse al club local, el Club Dorrego, y adoptar su nombre. Desde 2010 participan del torneo empresarial de la Unión de Rugby de Buenos Aires (URBA).
Sin embargo, el camino no fue fácil. El rugby nunca fue bien recibido en el pueblo, ya que tenía dos estigmas muy fuertes: que se mataban a golpes y que era un deporte para ricos, de elite. “En el transcurso del proyecto, costó mucho derribar esos mitos que deambulaban en la cultura local. Pero yo nunca me ocupé de revertirlos, simplemente les decía que fueran a verlos jugar. Acá juegan los chicos del campo, los chicos de los barrios, el hijo del médico, el hijo del albañil, del panadero y del estanciero. Todos, no existe una separación de clases sociales. De hecho, sirvió para unirlas”, afirmó Rosso. Además, destacó que ha “tenido la oportunidad de trabajar con jóvenes muy humildes, quienes gracias al rugby han abandonado las calles y han adoptado los valores de esfuerzo y trabajo en equipo que el deporte transmite. Hoy en día, son ellos mismos los que difunden estos valores en la comunidad”.
Julio "Chespi" Rodríguez empezó a jugar al rugby a los trece años. Hoy, con 40, es uno de los entrenadores de los menores de 16 y ha pasado toda su vida en el club. “Dorrego es mi familia, logré jugar en primera con mí hermano a quien le llevo 14 años, mi sobrino, que va a cumplir 11, va a rugby desde los tres, mis viejos se encargan de los terceros tiempos, mi sobrina jugó de los nueve hasta los trece, y ni hablar de los amigos que me hice gracias al deporte. Dorrego es mi vida, no hay palabras para explicar lo que hizo por Navarro, acá juegan todos”.
El rugby no solo ha tenido un impacto positivo en el ámbito social del pueblo, al integrar también a jóvenes que sufren de bullying o ayudar a personas con autismo, sino que también ha jugado un papel fundamental en la mejora de la salud de sus integrantes. Esto se debe, en primer lugar, a la exigencia del apto médico para todos los jugadores, pero sobre todo, al hecho de que se ha convertido en un componente esencial en la recuperación de niños y adolescentes con diabetes, problemas respiratorios y obesidad.
Este año se cumplen 35 años desde que este grupo de jóvenes que se juntaban tras la marquesina de una farmacia comenzó a difundir el rugby en Navarro. En esos años, Dorrego ha salido campeón del torneo empresarial de la URBA en cuatro oportunidades. Sin embargo, hoy en día su participación en éste está en riesgo, ya que la UAR ha decidido que compita en la Unión de Rugby del Oeste de la Provincia de Buenos Aires (UROBA). “Esto sería un gran perjuicio y nos podría provocar desarmar todo lo andado”, reconoció Rosso, ya que las largas distancias y los elevados costos dejarían a Dorrego en una situación muy complicada. Sin embargo, lejos está de bajar los brazos: “A veces te toca luchar contra molinos de viento, pero uno tiene que seguir peleando, sobre todo porque amamos lo que hacemos”.
Es cierto que graves episodios de los últimos tiempos han contribuido a que el rugby adquiera una fama de sectario y violento. No obstante, la labor de integración llevada a cabo por el proyecto en Navarro muestra la otra cara de la moneda y el gran impacto positivo que el deporte ha tenido en la vida de los jóvenes y en la comunidad en general. Fueron años de trabajo duro, éxitos y dificultades, en los que la prioridad nunca fue una copa, sino el vínculo humano que se fortaleció en cada entrenamiento y en cada celebración compartida.
“Ser campeones es un resultado y el resultado para mi es anecdótico, nunca fui detrás de una devolución. Lo lindo es todo lo que vivís en el camino, eso es lo que me llena. Ver a los chicos amar lo que hacen, es más poderoso que ganar cualquier campeonato. Yo creo que ahí esta el secreto”, concluyó Rosso.

