Opinión

Boom de consumo

Mientras los focos de Palermo y la calle Corrientes alimentan el relato de un repunte económico, las iglesias de los barrios desbordan de filas por un plato de comida.

Dicen que hay boom de consumo. Que la calle está viva. Que la gente volvió a gastar. Salí a comprobarlo.

Este fin de semana me hice turista en mi propia ciudad: Buenos Aires. Usé el método tradicional, caminar sin destino, mirar sin costumbre. Y ahí aparece lo que uno ya no ve.

Porque esta ciudad no es una, son muchas. Y no conviven: chocan. Salgo de mi barrio, San Cristóbal, a patear la ciudad.

Viernes al mediodía. Balvanera.

Negocios a media máquina. Algunos abiertos, otros mirando la vereda más que vendiendo. El Once con gente, sí, pero sin ese vértigo de otros tiempos.

Y las iglesias... llenas. No llenas: rebalsadas. Gente parada, apretada, desesperada. Caras que uno reconoce aunque no las conozca. Repleto de personas que te hacen pensar: "cuando vivíamos un poco menos peor, este no estaba acá. Y cuando volvamos a vivir un poco mejor, tampoco va a estar".

Porque cuando no hay pan... lo único que queda es la fe. Solo queda ir desesperado a pedirle a Dios, a la Virgen, a un Santito o Santita que te de una mano, una soga, una ayuda.

En todas las iglesias hay filas de tres cuadras de personas esperando para recibir una bandeja de comida.

Me acerco y pregunto cómo venía la mano y me responden que "gente siempre hubo. Lo que cambió es la cantidad. Tres cuadras tuvimos en 2001. Ni en pandemia estuvimos así".

Viernes a la noche. Calle Corrientes.

Explotada. Teatros, luces, turistas. La fila de la Pizzería Güerrín dobla la esquina. Fotos, risas, espera feliz.

Boom de consumo.

Pero caminás dos cuadras y algo no cierra. Otras pizzerías, las mismas de siempre, con mesas a la mitad. Mozos quietos. Miradas largas. En cuatro cuadras conviven dos ciudades.

Y ese choque es como un cambio brusco de estación. Y los cambios de estación dan alergia. Si no la tratás a tiempo, te nubla la vista. El olfato. El criterio.

Sábado. San Telmo.

De día: lleno. Paseo, feria, fotos, vidrieras. Mirar es gratis.

Me llega un audio de mi viejo: fue a una cadena grande de hogar y construcción. Sábado a la tarde. De catorce cajas, tres abiertas. Tres.

Sábado a la noche. San Telmo.

Prácticamente vacío. Bares con dos mesas ocupadas. Un bodegón histórico, el de siempre, el de la espera de media hora mínimo... hoy tiene la mitad del salón ocupado.

El mozo se acerca:

- "Cerramos a las doce. Los domingos, a las diez", dice.

- "¿Por?", pregunto.

- "Bajó mucho. Cerramos el fondo. No viene nadie. Sacaron al del delivery, uno de cocina, dos mozos. Somos cuatro y nos repartimos".

De día se pasea. De noche se paga. Y pagar cuesta. De día pasear es gratis, mirando vidrieras, como decía la gran María Elena Walsh, de reojo, sin alcancía pero con antojo.

Vuelvo a San Cristóbal.

Primer frío del año. Cuatro familias por cuadra acomodando lo poco que tienen para dormir en la vereda.

No te distraigas, que no pase de largo lo que acabo de decir. Cuatro familias por cuadra se preparan para dormir en la vereda.

Cruzo la 9 de Julio. Una mujer mayor pasa entre los autos con un cartel escrito en birome azul: "Una ayuda".

Ni lo pide. Lo enuncia. Y que cada uno haga lo que pueda.

Domingo.

Camino desde San Cristóbal hasta Belgrano. Almagro, Villa Crespo, Chacarita: barrios domingueros, persianas bajas, silencio de descanso.

Palermo, Colegiales, el Barrio Chino: repleto. Boom de consumo.

Ahí el consumo existe. Se ve, se escucha, se paga. Turismo, dólares, otro ritmo, otra espalda. Otra ciudad.

Dicen que hay boom de consumo. Puede ser que en tres o cuatro barrios lo haya. Pero no es para todos. Es un boom en islas. En burbujas. En cuadras.

Mientras tanto, en la mayoría de las cuadras, la gente hace fila para que le den un plato de comida. O para pedir. O para ver si alguien le da "una ayuda".

Buenos Aires está llena. Pero no de lo mismo.

Y en una ciudad donde algunos hacen fila para entrar a una pizzería y otros hacen fila para comer en una iglesia, no hay boom de consumo. Hay algo mucho más profundo y mucho más roto.

Hay un boom de desigualdad que no entra en ninguna vidriera.