Por Hugo Ferrer

Como hace 45 años, también fue lunes el 1° de julio, el día que millones de argentinos todavía recordaban la derrota del domingo de Argentina ante Brasil, por 2 a 1, en la segunda fase del Mundial de Alemania. Mientras, en la residencia de Olivos el presidente Juan Domingo Perón peleaba por su vida.

A casi 25 kilómetros de distancia, en la localidad de Pablo Podestá, un soldado del Regimiento 10, Roberto Vassie, estaba debajo de un árbol. Era el mediodía y escuchaba radio. A las 13.05, murió Perón. Tenía 78 años. Fue noticia en la Argentina y en el mundo. Llantos. Gritos. No alcanzaban los pañuelos. Hay que reconocer, con indignación, que algunos también se alegraron. Se suspendieron hasta las clases. Hubo desmayos de padres y madres, hasta con sus hijos en brazos. Gente de aquí y de allá... Todos shockeados. Después de las 14, Isabelita habló por cadena nacional de televisión y de radio: “Murió un verdadero apóstol de la paz y la no violencia”. Más conmoción. La capilla de Olivos fue el primer lugar donde descansó Perón, vestido con uniforme militar.

El martes 2 por la mañana partió hacia el Congreso el Unimog, con la cureña y el féretro, que fue conducido por el soldado Enrique Nicotera, del Regimiento de Granaderos a Caballo General San Martín. El asfalto temblaba. En esa madrugada, alrededor de las 3, la compañía del Regimiento 10 se trasladó a la Capital Federal para hacer una guardia de honor. Ahí, también estaba el soldado Roberto Vassie. Era uno más, como tantos. Hace casi 13 años recordó en Tiempo Argentino: “Nos pusimos ropa nueva y subimos a los camiones. Había una garúa. Y ya nos pusieron, temprano, al costado de la avenida (de Mayo). La gente nos traía café, cosas, era emocionante. Yo estaba muy triste. Sabía que mi viejo me andaba buscando, porque él estaba enterado que iba a ir”.

Más gritos, más llantos, “Perón, Perón”. La misma música durante el recorrido. Fue impresionante la llegada a la Catedral Metropolitana, donde se le realizó una misa de cuerpo presente. Luego, el viaje por Avenida de Mayo hasta el Congreso. En la esquina de San José, un soldado lloraba. Estaba desconsolado. Un fotógrafo de la revista Gente, Ki Chul Bae, lo vio. Gatilló “en blanco y negro”. Un gesto, la cara deformada, dientes blancos, escuchó hasta el dolor hecho lágrima. La mano izquierda cruzada sobre el pecho, un fusil, un casco y un sentimiento, el de ese saludo que se hizo inmortal. Le temblaba el cuerpo. Flores, más pañuelos, seguía el “Perón, Perón” eterno.

Roberto lo vivió así: “Estuvimos hasta el momento en que venía el cortejo fúnebre. Se sentían los cascos de los caballos. Y el grito ‘¡Perón, Perón!‘. Era una cosa que te conmovía. Todos estábamos conmovidos. Con tristeza, con alguna lágrima. Después, cuando se acercó, ahí estallé. Justo fue cuando sacó la foto este muchacho. Vi a la gente venir, di vuelta el fusil y puse la bayoneta entre las piernas, por las dudas. La gente pasaba y te acariciaba, te besaba”.

32 años después

A comienzos de octubre del 2006, Roberto Vassie y Ki Chul Bae se conocieron en Casa de Gobierno. El presidente Néstor Kirchner había pedido que “encontraran” al soldado, al fotógrafo y también al conductor del Unimog. Quería recrear aquel día. En el despacho presidencial, el soldado y el fotógrafo esperaron un rato. Junto a ellos, Víctor Bugge, el fotógrafo oficial. Un abrazo eterno, en silencio; luego, las “palmadas”. Y la foto protocolar con Kirchner. Fue una ceremonia breve, como inolvidable para los protagonistas.

Después, recordaron juntos ese instante. “Nunca me dí cuenta de que me habían sacado la foto”, dijo, emocionado. Para Ki Chul Bae esa foto “era una más”. Recién al revelar el rollo y ver las secuencias en “una plancha de contactos” y su publicación en Gente (edición número 467 del 4 de julio), llegó la explosión por esa imagen, la del dolor en la despedida. El 17 de octubre de 2006 fueron trasladados los restos de Perón desde el cementerio de la Chacarita hasta el mausoleo y residencia de San Vicente. El soldado Roberto Vassie y el mismo conductor de aquel Unimog, Enrique Nicotera, volvieron a ponerse el uniforme del Ejército 32 años después.

Olía a ropa nueva, como los “borcegos” y las medias blancas. Orgullo. Como pasó aquel 2 de julio de 1974, Vassie comparó ese día cuando fue a San Vicente. “Me emocionó la gente: lloraba, se persignaba. Casi se tiraba encima del féretro para tocar a Perón". Esta vez, era el jeep “Gaucho”, manejado por Nicotera, iba de 30 a 50 kilómetros. Tardaron menos de seis horas en llegar. No advirtieron los incidentes, las piedras y las balas. Roberto hizo casi todo el viaje de pie, pero esta vez custodiándolo. “Estoy orgulloso de ser un soldado de Perón. Yo pedí volver a vestir el uniforme militar para despedirlo”.

Más allá del reconocimiento, no olvida el origen peronista de su padre y de toda su familia. Todavía recuerda que tuvo muchos trabajos hasta qu. estudió Economía en la Universidad de Belgrano. Trabajó en una bicicletería, vendió libros, fue lavacopas. Consiguió estabilida. en una dependencia estatal, en el área contable. 

Un soldado emocionado y una foto que se transformó en la síntesis perfecta de lo que fue y es Perón en el corazón de su pueblo.

“Presidente, tenemos que juntarlos”

Víctor Bugge le contó a Crónica cómo fue ese momento en la Casa Rosada. Él fue uno de los hombres clave porque acercó a Ki Chul Bae, y Kirchner ordenó ubicar al resto. “Le dije al presidente que teníamos que juntarlos. Y así fue. Las fotos fueron muy rápidas. Luego los invitó con un café y se sentaron en el sillón presidencial. Estaba muy interesado en los detalles de ese día de la foto. Yo también me emocioné”.

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