Enrique Muiño, el patriarca

Su sola mención encuadra una de las etapas de mayor brillo de la historia del teatro y el cine argentino. Constituyó una de las sociedades más superlativas de los escenarios junto a Elías Alippi y le dio cuerpo y alma a muchos personajes instalados en el corazón del público.

Enrique Muiño pertenece a esa pléyade de intérpretes fundacionales del teatro y, por sobre todas las cosas, de la historia de oro de nuestro cine. Su aporte, eje direccional, por otra parte, de un estilo de actuación que abrevaron muchas generaciones posteriores. Fundamentalmente, en el realismo, en la acción directa, en el bagaje intuitivo de las cosas intuitivas. Como otros grandes artistas, Muiño manejó con pulso firme el universo de las emociones. Dotó a sus personajes de esas inconmensurables máscaras que nos hacían vibrar a través de los sentimientos: el dolor, la tragedia, la alegría. Y con su socio durante gran parte de su trayectoria: el inolvidable Elías Allipi, se conjugó esa combinación acertada y por demás eficaz.

Muiño, como dijimos antes, recorría la emoción y la sensibilidad que emanaba del repentismo y Allipi, en tanto, la inteligencia, la creatividad y la búsqueda de nuevas instancias. Probablemente, en un primer asomo, lo mejor elaborado, la inteligencia se presentaba como el costado de mayor brillo de la dupla; sin embargo, el público y hasta muchos colegas, con el paso del tiempo, redescubrieron en don Enrique la estampa de un actor impar, considerado, a su vez, en sus  propiedades actorales más genuinas. Su presencia en las pantallas cinematográficas generaba un gran pico de atracción y se convertía, inevitablemente, en un impensado líder en toda historia argumental de ese filme o espectáculo teatral. 

Enrique Muiño nació el 5 de setiembre de 1881 en un predio, puntualmente, del barrio porteño de San Cristóbal sobre la calle Potosí, hoy precisamente Adolfo Alsina, en cuyo local se instalaba un tambo. Sus padres eran oriundos de Lendo, ayuntamiento de Laracha, provincia de la Coruña, España. Y los genes y las tradiciones culturales imperaron en la estructura de aquel hogar. Al pertenecer a las características de la raza celta, se hacia notar, entonces, la vida de mucho esfuerzo, sufrida, laboriosa. Por momentos, el hambre se perfilaba como una sombra siempre presente. Sus padres eran don Antonio, oficial carpintero y Antonia, por su parte, realizaba changas de lavar ropa en tinajas por algunas monedas. En consecuencia, la economía para ese matrimonio y sus once hijos (incluido Enrique) era muy compleja.

Cuando le comunicó a su padre que quería ser actor, este lo obligó a ingresar en la Armada. Hizo un pequeño debut profesional (aunque sin cobrar un centavo) en 1898 (a los diecisiete años), con la compañía teatral de Jerónimo Podestá. A todo esto, había abandonado su casa en varias oportunidades, viviendo en la calle misma, vendiendo diarios o como lavacopas y se escapaba del colegio, cada vez que podía. En definitiva, desata la ira de su padre. Y recibe, en consecuencias, soberanas palizas. A todo esto, Enrique y sus hermanos eran testigos de la caída de su hogar de manera inevitable. El notable desgarramiento entre sus padres, discusiones y afines, iban afirmando aún más esta circunstancia.

Recién cuando pudo terminar la milicia (en 1902), se convirtió en actor de tiempo completo iniciándose ese año en la obra "Raquel" de Félix Sáenz, en el Teatro Liceo -que por entonces se llamaba Rivadavia- como comparsa, sin sueldo, en la compañía de Jerónimo Podestá. Fue obteniendo con el tiempo papeles más relevantes, y así actuó como comisario en "Caín" (1903), de Enrique García Velloso, como compadrito en el sainete "La cuartelera", bailaba un tango con Anita Podestá. Más tarde formó un dúo super creativo con su amigo Elías Alippi (1883-1942).

A su vez, tuvo mucho éxito en el teatro El Nacional, en obras teatrales como "Así es la vida" (luego llevada al cine), "Triple seco" y "San Antonio de los Cobres".

En 1922, a los 41 años, realizó una gira teatral por la tierra natal de sus padres, Galicia, con la compañía Muiño-Alippi. También realizaron presentaciones en Madrid, Barcelona, Valencia, San Sebastián y Bilbao. Recibió un homenaje en su pueblo natal (Laracha) y en el Centro Gallego de Madrid.

Una de sus magníficas composiciones gauchescas. (Archivo Diario Crónica)

Posteriormente, comenzó una carrera en la industria cinematográfica de Argentina. Intervino en grandes clásicos como "La guerra gaucha", "El cura gaucho", "Su mejor alumno". Plasmó inolvidables roles protagónicos en "El abuelo", junto a Mecha Ortiz. Desde 1932 se sucedieron los éxitos y las giras nacionales e internacionales, generando enorme repercusión gracias a sus aportes en producciones como "Así es la vida", "Los tres berretines", "Los mirasoles", "Pan criollo" y "Lo que le pasó a Reynoso", hasta la muerte de Alippi, en 1942.

En  1941 recibió un Diploma de Honor en los premios Cóndor Académico (otorgado por la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de la Argentina), por su labor como mejor actor en la película "El cura gaucho".

Un hito fundamental. Cabe recordar que en 1941, Enrique Muiño con sus amigos el Flaco Alippi (quien falleció el año siguiente), Francisco Petrone (1902-1967), Ángel Magaña (1915-1982), Lucas Demare (1910-1981) y el productor Enrique Faustín fundaron la productora cinematográfica Artistas Argentinos Asociados.

Luego, en 1944 recibió otro premio por "Su mejor alumno", una biografía novelada del presidente Sarmiento y la relación con su hijo Dominguito. Su pública adhesión al peronismo ocasionó que tras el derrocamiento de Juan Domingo Perón y la instauración de la dictadura autodenominada Revolución Libertadora, mientras realizaba una versión de "Así es la vida" en Radio Belgrano, un grupo encabezado por comandos civiles, irrumpió y sacó a los empellones al actor, quien en la siguiente audición fue reemplazado por Francisco Álvarez.

 

Su compometida interpretación de Domingo Sarmiento. (Archivo Diario Crónica)

Posteriormente vivió en el barrio de barrio San Cristóbal, en la calle Carlos Calvo 2281 (casi esquina Pichincha). En los últimos años de su vida cultivó también la pintura, retirado en la calma y la presencia existencial que le daban los paisajes de la localidad de Capilla del Monte, en la provincia de Córdoba. Hizo estudios particulares con el pintor Fernando Fader, exponiendo en la galería Witcomb de la ciudad de Buenos Aires (Florida 364). Por aquellos tiempos, en sus ocasionales visitas a Buenos Aires, solía encontrarse con su gran amigo Angel Magaña, en la confitería que se encontraba ubicada en Pellegrini y Cangallo. Murió en Buenos Aires, luego de padecer una breve y dolorosa enfermedad, a los 74 años, 

 

Apuntes para una biografía personal y artística

 

El historiador Domingo F. Casadevall en su artículo biográfico sobre Enrique Muiño, enfatizó aspectos relevantes de su carrera artística como así también detalles de su vocación por la pintura; una faceta personal del actor, como así también, sus inquietudes como escritor de  cuentos y que no encontraron el merecido reconocimiento que ameritaba. Salvo para amigos y allegados.

-Desde muy joven había empezado a manejar los pinceles, como los niños, sin la menor noción de las reglas. Aprendió, luego, dibujo en un manual y salió a tomar apuntes del natural hasta que su acompañante, don Atilio Malinverno, le aseguró que podía pintar en todos los géneros y tamaños. Otros actores habían aprendido ese arte sin maestros, como Francisco Ducasse y, sin embargo, uno de sus cuadros mereció una mención en algún Salón Nacional y otro fue adquirido por la Comisión de Bellas Artes con destino al Museo. ¿Por qué Muiño no podía pretender algo parecido? Expuso una colección de paisajes en la peña del tradicional Cafe Tortoni allá por 1938, poco después, otra en la galería Witcomb y, finalmente, uno de sus trabajos figuró en un Salón Nacional. La crítica especializada elogió los trabajos. Pero el público- la gente- sólo veía en el pintor a un comediante y pensaba o decía con esquivez. "¿Muiño pintor? ¡No es posible!"

Cuando los periódicos se hacían eco de los conocimientos del artista acerca del siglo de Oro Español (ya sabemos cuán sincera y acendrada era esa afición), la sonrisa de los lectores expresaba con incredulidad: "¿Muiño leyendo a Lope y a Calderón?...¡No embrome!".

Por ello, los cuentos criollos que escribió en ratos de ocio sólo fueron conocidos por los amigos que se solidarizaban de la amargura del hombre al que se le negaba la idoneidad para cultivar el arte en todas sus manifestaciones".

Una escena de la recordada película "La calle grita". (Archivo Diario Crónica)

 

Ovación en España

El empresario don Paco Delgado conocía por igual al público porteño y al de la Madre Patria. España había recibido con aplauso a la compañía de dramas y comedias de doña Camila Quiroga, en 1921. Persuadido de que el buen suceso se repetiría si trasladará allá a la que establecía en el teatro Buenos Aires, llevó a cabo el propósito y presentó al elenco de "Muiño-Alippi", en el teatro de la Zarzuela matritense el 13 de noviembre de 1922. Para la función inaugural, Alippi había elegido tres obras aprobadas por nuestro público: "El último gaucho", de Vacarezza, "¡Cuidado con los ladrones!", de Novión y "La borrachera del tango".

Como fin de fiesta preparó con cuidado una colorida muestra de "patio criollo", con música, canciones, bailes de zambas, gatos, cuecas, tangos y el pericón, animados por una orquesta sinfónica y otra típica. Después, en gira triunfal, Muiño y Alippi recorrieron Zaragoza, Valladolid, Valencia, Barcelona, San Sebastián, Bilbao y la Coruña. Los comentarios periodísticos convinieron en el parecer de que no se recordaba otra concurrencia tan asidua y fervorosa como la que había asistido a las funciones de nuestra embajada artística. "Ni los cantantes más famosos, ni los actores más célebres-Novelli, Zaccone, Vico, Sarah Bernhardt, Tamagno-  habían conseguido mantener por tan larga temporada el interés del público", aseguraban los diarios.

La insólita victoria se debió a la pericia y a la simpatía de los comediantes más bien que a la originalidad de las piezas representadas. Solo el bien construido cuadro primero de "La borrachera del tango" llamó de veras la atención de la crítica. Pero el vigor dramático de Muiño en el papel del genovés laborioso ante el hijo calavera (en sus transiciones de severidad y de ternura), así como la facilidad con que pasaba de esa encarnación de burgués extranjero a la del gaucho o a la del compadrito, merecieron la aprobación unánime de todos los sectores de opinión.  Suscitó también elogios la presentación escénica, la homogeneidad del personal y el esmero puesto por Alippi en los ensayos y en la dirección general del espectáculo. Sedujeron, en fin, las canciones y bailes criollos de reminiscencias hispánicas y la sencilla gracia americana, así como el habla gauchesca y los modismos orilleros difundidos por los tangos.

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