Por Gabriel Arias
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Aquella mañana del 12 de julio de 1930 no sería la misma para las 60 personas que viajaban en el Tranvía N° 75 de la línea 105 que, tras un desperfecto en la unidad, terminó hundido en las frías aguas del Riachuelo dejando el saldo de 56 muertos y solamente cuatro sobrevivientes del siniestro.

Aquilino González Podestá (Fundador de la Asociación Amigos del Tranvía) se subió junto con “Crónica” en la máquina del tiempo y relató lo ocurrido aquella mañana con una tenue llovizna y algo de niebla, que marcó la peor tragedia tranviaria de la historia de nuestro país.

“Este coche (salió a las 5.30 de la cabecera) pertenecía a la Compañía de Tranvías Eléctrico del sur, si bien la mayoría de ellos eran grandes y tenía 10 u 11 ventanas, los números 74 y 75 eran algo más chicos, que eran los que estaban en Buenos Aires con 9 ventanillas y 36 asientos, y justo uno de esos tuvo el accidente. En ese coche iban 60 personas, entre parados y sentados, pero lo que ocurría es que era una hora clave, eran las 6.15; cuando ocurrió el hecho, todos venían a trabajar a la Capital para entrar a las 7”.

Cabe destacar que este tranvía había salido de la localidad bonaerense de Lanús (otro ramal lo hacía desde Temperley) y tenía como destino Plaza Constitución (el otro punto final era Retiro), es decir que según lo grande del coche era la estación final adonde llegaban los pasajeros.

González Podestá agregó: “El tranvía llegó al puente Bosch (basculante e inaugurado en 1908) para cruzarlo, pero para llegar había que hacer un zigzag para embocar la vía, porque no estaba directa, una pequeña curva y contracurva para entrar en ella; se dieron muchas cosas y una de ellas fue que hubo que abrir el puente justo cuando venía el tranvía, porque venía una chata petrolera, la ‘Itaca II’, que había pedido que levanten el puente para poder pasar, como se hacía con todos los puentes de la zona”.

Infografía de la impactante tragedia.

En ese momento, la obra de terror y muerte hizo su entrada principal: “El puente báscula va hacia arriba como si uno levantara la tapa del sótano, pero el eje de giro está sobre la zona de Capital, de manera que quedaba como una boca abierta para el lado de provincia y aún en rojo, porque las luces rojas estaban, el motorman quiso frenar el tranvía y había dos maneras: con el freno de mano y con el eléctrico o reostático, que es el reostato que está debajo de la manivela de control, que da mayor velocidad e invierte los circuitos y frena al tranvía. Cuando se vio que no podía detener al tranvía, que estaba trabado el control y que, a pesar de esa curva y contracurva no perdió velocidad, el tranvía se fue a las aguas de Riachuelo”.

La mole de hierro y madera no se sumergió toda, sólo quedó una pequeña parte en la superficie, la cual orientó a los bomberos, buzos y policías a realizar la búsqueda de sobrevivientes o cuerpos. El conductor (Juan Vescio) y el guarda (Angel Rodríguez) fueron los últimos cadáveres en ser sacados del río, aunque para esto se tardaron varias horas.

En tanto, las víctimas registradas en el siniestro fueron 56 (51 hombres y 5 mujeres), todas mayores de edad con excepción de un joven obrero de 14 años. Sin embargo, la tragedia dejó cuatro supervivientes (Remigio Bernardosi, José Hohe, Buenaventura Arlia y Gabina Carrera), quienes fueron derivados al hospital Fiorito de Avellaneda, y se recuperaron de sus diversas lesiones.

Por otra parte, por largo tiempo se culpó al motorman del siniestro, aunque el historiador sostuvo que “después que se hizo el peritaje se supo que estaba trabado el controller y no iba para atrás. Al pobre Vescio le endilgaron muchas cosas, como que tomaba, que había estado en la guerra y quedó mal; se dijo mucho, pero, al descubrirse lo que pasó, se lo libró de culpa y cargo para limpiar su nombre, porque el cuerpo estaba muerto”.

Pasaron 90 años de la tragedia, decenas de vidas se perdieron y ese coche fue sacado del río, le cambiaron los vidrios rotos por la desesperación de la gente, se lo secó, limpió, cambiaron los motores que estaba estropeados por el agua que había ingresado y se le modificó el número 79 por el 75, lo pintaron de plateado y siguió funcionando hasta 1939 como si esta historia nunca hubiera ocurrido.

La explicación esperada: la foto que generó una enorme polémica

Es archiconocida la fotografía en la cual se ve a un grupo de trabajadores y una grúa fl otante 3G, sacando la estructura metálica que se hundió en las aguas del Riachuelo y dejó 56 víctimas fatales, pero esa imagen tiene algo muy particular que sólo los entendidos y “entrados en años” se permitieron explicar para que no hayan dudas.

Respecto a esto, González Podestá sostuvo que “es un dato curioso, ya que el tranvía, cuando es sacado del Riachuelo, se ve que se lo hace cerca de un puente, pero lo cierto es que no es el Bosch, que es el lugar donde cayó. Uno ve la fotografía y se ve que el tranvía que sacan el muelle fue sacado más adelante, porque detrás del tranvía se puede visualizar el puente de Barracas, atrás las viejas patas de madera del Puente Ferrocarril entre Buenos Aires y Ensenada, el frigorífi co La Negra y atrás pasa el ferrocarril sur donde está la estación, y recién detrás de eso, el puente Bosch”.

El experto en tranvías agregó que “la grúa flotante que tenía que levantar al tranvía no podía pasar por todos esos lugares, porque había un puente de madera que no se abría, el del Ferrocarril sur no estaba en condiciones y hubo que ir con remolcadores, atarlo debajo del Riachuelo y traerlo arrastrando hasta este lado del puente Barracas, cuando recién ahí se lo sacó entero. Es decir, que hubo varias cuadras entre el lugar en que cayó y el cual fue remolcado”.

Obrero de la construcción: La víctima más joven tenía 14 años

Tras las primeras horas de la tragedia, los buzos fueron sacando cuerpos desde el fondo del Riachuelo, y cuando todo indicaba que las víctimas eran trabajadores mayores de edad, un hallazgo heló la sangre de propios y extraños: es que entre las víctimas encontradas en el interior del tranvía había un adolescente de 14 años.

Los bomberos, policías y buzos sitiados bajo el Puente Bosch sintieron el impacto de esa pérdida, de pensar quiÉn era y cómo su familia se enteraría del trágico siniestro. Luego de sacarlo de un rincón de la mole de hierro, el cuerpo congelado del chico (que no poseía un documento que lo acreditara en aquel instante) hizo pensar a las autoridades que no era un estudiante, tanto por su edad como por la temprana hora en que ocurrió la caída del tranvía, debido a que los estudiantes ingresaban más tarde al colegio.

Con el paso de las horas y todos los cadáveres recuperados, los familiares de las víctimas se acercaron a reconocer los cuerpos, tras enterarse de la noticia por radios y medios gráfi cos vespertinos.

Entre ellos se acercaron los que pertenecían a este joven muerto, y confirmaron que su nombre era Leonardo Puma, de 14 años, y que trabajaba como operario en una obra en construcción para poder sostener a su humilde familia, que vivía en el sur del conurbano bonaerense y que lo esperaba con un mate cocido y un pedazo de pan a la vuelta, que nunca se habría de dar.

Puma tenía 14 años.

Creer o reventar: Leyendas urbanas

La magnitud del accidente hizo que el por entonces intendente de Avellaneda, Alberto Barceló, se acercara hasta el puente. Fue así como presenció el momento en que retiraban algunos de los 56 cadáveres. Su par porteño, José Luis Cantilo, también se mostró consternado por la situación y se hizo presente, en tanto que el presidente Hipólito Yrigoyen decretó duelo nacional.

Lo más llamativo es que en la actualidad quienes viven o recorren la zona se ven sorprendidos, ya que suelen escuchar gritos y voces extrañas. Varios son los vecinos que confiesan oír gemidos y llantos, y hasta algunos se animan a declarar que los vieron. Estos 56 espíritus errantes podrían estar perdidos en su camino, ese que debieron tomar cuando el tranvía cayó al agua.

Pero sus almas no habrían realizado el pasaje completo, lo que hace que la gente de la zona ahora esté hablando de ellos. Voces, gritos desesperados y hasta sombras son el común denominador de los relatos de quienes allí residen. Por su parte, en la citada necrópolis también aseguran que algunos fantasmas rodean sus tumbas y que hasta muchas veces se escuchan sus viejas conversaciones.

Recordemos que al lugar del hecho llegaron rápidamente bomberos, policías y vecinos. Los pocos sobrevivientes que lograron escapar fueron socorridos por personal policial, lanchas y buzos de lo que por entonces era el Ministerio de Obras Públicas, pero la mayoría había muerto. Inicialmente se identificaron 44 cadáveres.

En paralelo, ante las tareas de rescate necesarias y la preparación que esto requería, los medios de prensa llegaron al lugar y dejaron registro de todo. La cobertura periodística tuvo dos publicaciones muy recordadas. Una por la narración de los hechos y el relato de sobrevivientes, testigos e investigadores, y la otra por su registro fotográfico de excelencia.

Alojado en una habitación del Hospital Fiorito de Avellaneda, Remigio Benadasi, un italiano de 56 años, relataba: “Fue tan rápido que, apenas pude reaccionar, estaba braceando en el Riachuelo”. Más tarde, Benadasi recordaría que se golpeó “contra el vidrio del tranvía y eso me permitió salir”.

Horas después, los forenses indicaron que, de los 56 cadáveres, cinco pertenecían a mujeres, y se cree que estas venían de la morgue, que en aquellos años funcionaba frente a la Dársena Sur, en la isla Demarchi.

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