La historia de "Polio Paul", el hombre que vive atado a un pulmón de acero y que no se mueve hace 70 años
Es una de las últimas personas en el mundo que todavía depende de una enorme máquina que lo oxigena. Desafiante, sigue afirmando que no se dará por vencido.
Paul Alexander o "Polio Paul", como lo llaman sus allegados, tiene 75 años y es de los dos últimos americanos que vive gracias a un órgano de acero, es decir, una enorme máquina que le da oxígeno a la cual tiene que estar atado. El tratamiento antipoliomielitis viene del siglo pasado y sostenerlo en el tiempo implica mucha resistencia y perseverancia.
Fue en 1952 que Polio se contagió de poliomelitis, una de las enfermedades mortales más famosas del siglo pasado que hizo colapsar los hospitales. Hacia 1959, unos 1.200 estadounidenses dependían de un pulmón de hierro para mantenerse con vida, pero la vacuna contra el polio logró distribuirse y la mayoría de los enfermos se liberó. Para 2014, solo quedaban 10 estadounidenses aferrados a esta máquina, y hoy solo quedan dos.
Polio tenía 6 años y vivía con su familia en los suburbios de Dallas cuando ocurrió la tragedia. “Lo perdí todo: la capacidad de moverme, mis piernas no me sostenían y luego no podía respirar”, recuerda Paul Alexander en diálogo con The Guardian. Quedó paralizado de la cintura para abajo y fue trasladado de urgencia al hospital y colocado en la máquina.
Antes de cumplir los 20, Alexander dependía tanto de ese artefacto que ni hacía falta que fueran los médicos quienes le tiren el mal que le deparaba a futuro. Sin embargo, Paul nunca se dio por vencido y es por eso que se decidió a contar a The Guardian cómo fue su lucha contra la corriente y los proyectos que siempre tuvo en mente.
Si bien con el avance de la medicina se han diseñado ventiladores más modernos, Paul decidió seguir viviendo con su viejo pulmón de acero. “Quería lograr las cosas que me dijeron que no podía lograr”, dijo
"Nunca me di por vencido, y todavía no voy a hacerlo", afirma hoy. "Como odiaba simplemente ver televisión todo el día, comencé a estudiar y me gradué en la escuela secundaria con honores", cuenta. Luego se graduó en un doctorado en Leyer en la Universidad de Texas en 1984. “Finalmente sucedió algo bueno, quería ser abogado desde siempre”, recordó. Así paso meses trabajando como abogado y hasta logró en algunos momentos desconectarse de la máquina.
Pero ahora, a los 75 años depende de ella en todo momento y además tiene un asistente personal que lo atiende las 24 horas. Incluso cuenta con un profesional experto en la máquina por si algun daño le sucede llamado Brady Richards, un mecánico local que le reconstruyó su pulmón de hierro original.
Un día en la vida de Paul AlexanderPara empezar, su cabeza está rodeada de equipos para conectarse con el mundo exterior: una computadora, un teléfono y un altavoz inalámbrico. Pero en medio de bromas y risas, Paul cuenta que hace lo mismo que todos los demás solo que "con un poco mas de ayuda". "Me despierto, me lavo la cara, me cepillo los dientes, me afeito, tomo un poco de desayuno; solo necesito un poco más de ayuda para hacerlo”, expresó.
También cuenta con un vaso con un sorbete para que pueda tomar líquido y un largo aparato plástico en forma de T que maneja con su boca para enviar emails o contestar el teléfono. Pero oficialmente, sin Kathryn Gaines, la mujer que lo ayuda hace más de 30 años, nada sería posible.
Así y todo, el año pasado sacó su primera biografía, titulada "Tres minutos para un perro: mi vida en un pulmón de hierro". La escribió en cinco años, escribiendo cada palabra del libro con un bolígrafo sujeto a un palo que tenía en la boca.

