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Groucho Marx decía irónicamente: “Estos son mis principios y, si no les gustan, tengo otros”. Argentina descubre de a ratos su mayor enfermedad, la falta de principios morales sólidos. Ser una persona de principios implica el empeño por vivir con coherencia, articulando unitariamente el pensamiento y la vida.

Ciertos contrastes están presentes en el debate actual sobre la despenalización del aborto. Nadie duda, no hay razones y la genética cada vez muestra más claramente la existencia de un ser vivo desde el momento de la fecundación, un ser que sólo puede ser humano, no una planta o un animal.

Por eso, la interrupción del embarazo es una expresión del dominio del débil por el fuerte. Un caso parecido al uso equivocado y brutal del derecho de decidir como fue la esclavitud. El amo podía decidir sobre el trabajo, la salud y la vida del esclavo. Y hubo guerras para salir de esta tremenda injusticia.

La vida constituye el valor primordial, sin el cual ningún derecho es posible. Disponer de la vida de un ser indefenso es una tremenda crueldad. Y la libertad es incompatible con ese dominio despótico que se ejerce en el aborto. No puede hablarse de libertad en el sacrificio de una vida humana débil e indefensa.

El aborto no es un derecho ni puede serlo. ¿Puede ser un derecho matar al ser más inocente en el que debía ser su lugar más seguro, o sea, en el vientre de su madre? El final del debate no se encuentra en la penalización o no. Hace falta más ciencia, más estudio y reflexión, menos política y, sobre todo, un cambio en los corazones que sólo puede lograrse apelando a la imaginación, a los bellos testimonios y a las razones verdaderamente persuasivas. No es cuestión de principios, es cuestión de cabeza y corazón: así es la vida.