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Una vez más, Francisco llega a Latinoamérica. Más allá de nuestras proyecciones políticas y de los protocolos sociales, viene como apóstol de Jesús y sucesor de San Pedro. Viene para anunciar el Evangelio de la vida, de la paz y de la justicia. “Les doy mi paz”, es el lema en Chile, y comenzó su viaje entregando a los periodistas una cruda foto tomada en Nagasaki que muestra “el fruto de la guerra” y con la cual invita al desarme nuclear.

Seguramente aliente a los jóvenes a soñar con un mundo nuevo, a ser protagonistas, a cuidarse del vacío existencial y de los paraísos artificiales de la droga y el consumismo. Mostrará nuevamente su preocupación por los más vulnerables y desprotegidos. Los pobres, los enfermos, los ancianos y los presos, seguramente, esperan mucho del Papa: que los visibilice, los abrace, les dé protagonismo y que les haga sentir que no son “descartables”.

Propondrá otra vez espacios de comunión y de diálogo en las familias y en la sociedad, a fin de superar divisiones irreversibles, desigualdades lacerantes y situaciones de precariedad escandalosas. Tal vez no esté ausente el tema de la corrupción. Y pedirá con exigencia a la Iglesia que camina en este continente signos de austeridad y coherencia.

Aunque aún no haya visitado el país, sus enseñanzas deberían también resonar como un eco en nuestra patria y en toda América.