Por Alicia Barrios
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Francisco convoca multitudes. Su liderazgo mundial intranquiliza. Su presencia es la de Jesús encarnado. Valen más 400.000 personas en el Parque OHiggins que un millón en Plaza de Mayo. Bergoglio llegó a ser Papa sin un peso. Su campaña es la palabra que trasmite la doctrina social de la Iglesia. El político que convoque tanta gente y mantenga la atención de millones de almas todavía no nació.

Nadie le puede desmentir que la política en Latinoamérica está en crisis por corrupción. En Perú lo dejó claro ante los obispos cuando hizo mención de que se estaba buscando un camino hacia la Patria Grande y, de golpe, pasamos a un capitalismo inhumano que hace daño a la gente. No esquivó a la superpoblación carcelaria para invitar a los obispos a no hacer politiquería porque soy amigo de tal o cual obispo.

No se salvó nadie de su mirada. A Bergoglio no se le escapa nada. Reconoció que no es fácil evangelizar a un político. Reivindicó las religiosas contemplativas, cuando a solas con ellas las reconoció como faro de la Iglesia.

Desde allí mandó un abrazo a sus "cuatro carmelos de Buenos Aires", a quienes puso a los pies del Señor de los Milagros. Entre ellas están las del convento de clausura de San José, en el barrio de Constitución. Solía oficiar misa, confesarlas, celebrar las patronales de Santa Teresita. No era poco frecuente que llamara a la madre superiora para encomendarle que rezara por temas que lo preocupaban. Las tuvo presentes.

Nunca más oportuno lo que dijo cuando se refirió a que la oración no rebota en los muros del convento y vuelve para atrás, sino que logra unirse a los hermanos por el hilo del amor. Él vivió en su propia experiencia el testimonio de cómo rezan por presos, refugiados, perseguidos, pobres, enfermos, víctimas de dependencia.

Él sabe muy bien de eso que habla porque fueron las Carmelitas de Constitución las que le sugirieron que, en un Jueves Santo, lavara los pies y oficiara la misa en la cárcel del Borda, habitada por seres que tenían los dos peores males que un ser pueda padecer: la locura y la falta de libertad.

En Perú las alentó para que siguieran adelante. "Ustedes son como los amigos que llevaron al paralítico ante el Señor para que lo sanara. No tenían vergüenza. Eran sinvergüenzas pero bien dicho. Sean sinvergüenzas, no tengan vergüenza de hacer con la oración que la miseria de los hombres se acerque al poder de Dios".

Ante una plaza abarrotada de jóvenes les dijo: "Jesús te quiere como sos, con tus defectos, con ganas de corregirse, pero así, como sos. No te maquilles el corazón. El corazón no se puede photoshopear".

En la zona de Puerto Maldonado, en el corazón de la Amazonia peruana, antes de hablar, hizo la gran Bergoglio cura: escuchó con atención los testimonios. Representantes de distintas etnias lo saludaron en sus lenguas, le mostraron sus heridas. Le contaron los sufrimientos que padecen, injusticias, luchas y deseos. Después de este apostolado de la escucha, habló Francisco.

Su paso por la región andina dejó tallado a fuego su mensaje. En Chile y en Perú, la Iglesia, la sociedad y cada persona en sí misma no volverán a ser las mismas. La Iglesia tiene un rostro araucano, amazónico, aborigen, indígena que fue reprimido durante siglos y Francisco les devolvió la dignidad. Que sea para bien. Alabado seas.