OPINIÓN

Las redes y el "privilegio" de pensar

Es inquietante la idea de que la atención y el tiempo para "pensar" se conviertan en las nuevas monedas de cambio de la desigualdad social.

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Jorge Cicuttin

"El cerebro de nuestros niños y de nuestros adolescentes no está en venta. Las emociones de nuestros menores y de nuestros adolescentes no se venden ni se manipulan"

Con estas palabras, el presidente francés, Emmanuel Macrón, festejó la aprobación por parte de la Asamblea Nacional de una ley que prohíbe las redes sociales a menores de 15 años y el uso de celulares en colegios. Medidas como la impulsada en Francia ya se aplican en países como Australia y otros integrantes de la Unión Europea estudian hacerlo este año. 

¿Por qué lo hacen? Según estudios científicos, plataformas como TikTok, Snapchat e Instagram perjudican la salud mental de los jóvenes, favorecen comparaciones constantes y exponen a los menores a contenido violento y al riesgo de ciberacoso. Pero existe una razón más profunda. 

Mientras el resto del mundo corre hacia la digitalización, las élites europeas están pagando por la desconexión, que, llamativamente, se ha convertido en un símbolo de estatus. En colegios de élite de países como Gran Bretaña, Suiza y Francia, la tendencia no es tener más iPads, sino volver al papel, al lápiz y a la interacción cara a cara. 

O sea, antes, tener una computadora por alumno era señal de riqueza. Hoy lo es tener un profesor humano que obligue al chico a dejar el teléfono en un casillero. No solo se evita el celular en clase, también en los recreos y comedores, para forzar el desarrollo de habilidades sociales y empatía.

Algunos artículos en Europa y Estados Unidos señalan una paradoja social: mientras las escuelas privadas más costosas están eliminando las pantallas, los sistemas públicos (con menos presupuesto) las utilizan mucho más. 

El acceso a la tecnología ya no es el privilegio, lo es el acceso a seres humanos y a un entorno libre de distracciones digitales. Es inquietante la idea de que la atención y el tiempo para "pensar" se conviertan en las nuevas monedas de cambio de la desigualdad social.

¿No es conveniente dar este debate en la Argentina? Ya que admiramos y pretendemos copiar tantas cosas de los países más desarrollados, ¿no tendríamos que pensar por qué, mientras muchos padres argentinos buscan darles a sus hijos el mejor celular, en Francia los adultos prefieren que no los usen?

Jorge Cicuttin
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