MÚSICA POPULAR

Murió Ramón Ayala, el Mensú que inspiró al Che y vivió la música popular como una revolución

El popular cantante y creador musical misionero falleció en Buenos Aires. "Podría haberme llenado de guita con los jingles publicitarios, pero me parecía una traición a mí mismo. Lo mismo con el rock, ese bochincherío es pasajero", creía el artista 360. 

“El tiempo no doblega mi fe”, decía Ramón Ayala hace un par de años a esta periodista. La evidencia lo avalaba: en su casa de San Cristóbal las paredes desbordaban de oleos coloridos, de su autoría. Musico, poeta, inventor de estilos, escritor y pintor: un artista 360, como le gusta a las nuevas generaciones llamar.

El mundo era suyo, eso sentía este hombre que dejó de existir físicamente esta semana, a los 94 años. Un ícono de la cultura popular que la abrazó desde infante, como a su guitarra. Que la cantó, nos cantó, desde la tierra de su Misiones amada, hasta cada punta del país. "Soy de los dioses, pero no le doy importancia, me inclino más a las diosas!”, decía pícaro Ayala, que nunca perdió ni el pelo ni las mañas.

Un vividor desprejuiciado, que a los 89 años escribió "Las trincheras ardientes del Paraguay (Canto popular sobre la Guerra Grande)", un libro hecho en base a más de mil décimas y versos libres.

De lenguaje fluido, rico en imágenes y tonadas propias, Ayala fue reconocido aquí y allá por su narrativa plagada en metáforas sobre retazos pintorescos, pero también caros en la historia latinoamericana. Para hablar de ese material, y de su vida, nos reunimos en una conversación a la hora de la merienda, y entre otras cosas el Mensú comentó: "Para ser poseído por la poesía, hay que tener un corazón honesto".

–¿Será por eso que hay pocos poetas?
–(Risas) No. El tiempo hace madurar las cosas. Hay muchos poetas, pero falta que más gente se interese por ese lenguaje. Igual, no me preocupa. Vos fijate que nunca como ahora tanta gente le dio importancia a la música del Litoral. Ahora hemos contribuido a darle la hondura que tiene el paisaje del hombre regional. Pocas veces antes se hablaba filosóficamente en una canción del Litoral, lo ha hecho Atahualpa y otros lo hemos seguido.

–¿Cómo llega a usted esta vivencia de la que escribe sobre la guerra?
–Por mis ancestros. Tengo un gran amor por el Paraguay, soy una consecuencia de esa guerra, llega a mí a través de la historia oral. Pero a la vez, cualquier artista que no vive lo que hace, no transmite. Un poeta que no vive lo que dice, no dice nada. Mi abuelo le transmitió a mi madre toda su vivencia y a la vez la imaginación es tan amplia que yo puedo revivir esos hedores de la sangre.

–¿No cree que la distancia temporal limita revivir todo aquello?
–No, nada está quieto, todo se transforma. Sólo comprender eso justifica haber nacido. Fijate esto, yo no paro un segundo. Ahora, recién ahora, estudio canto. Y estoy sacando una voz que creo que me comí un tenor. En la vida hay que ser total, no se puede pasar por el arte como un turista cualquiera. Hay que investigar y aprender sobré qué es el arte. Si tenés todo para hacerlo y no lo hacés, es porque sos un soberano tonto.

–¿Se puede escribir poesía sin leer poesía?
–No, esos son los que lastiman el ambiente. Aquellos que escriben sin saber lo que están haciendo, escriben cualquier cagada. Aquel que está esperando un aplauso y no mejorar el arte, es el que hace concesiones y se abarata.


Aún, ante la triste noticia de su partida, la prolífica vida de Ayala promete no detener su marcha. Desde muy joven inició un camino que lo llevó a escribir reconocidas canciones que sonaron en las voces de Mercedes Sosa o Liliana Herrero. Fue autor de más de 300 temas, algunos instalados hace tiempo en el cancionero popular argentino, como "Posadeña linda" o "El cosechero".

Siempre rodeado de papeles papeles con "futuros proyectos", el creador del gualambao -al que definía como “un ritmo propio de mi tierra; con melodía guaraní y ritmo afro”-, o el himno que a los 18 años compuso y llamó “El mensú”. Sobre ese hito de su carrera decía: “Quise transmitir el grito desgarrado del monte. La grabó primero Julio Molina Cabral y años después supe que fue interpretada en Sierra Maestra, el mismo Che me lo contó cuando lo conocí en Cuba”.

–¿No le molesta que después de tantos años sigan relacionándolo con esa canción?
–¡Para nada! Soy algo de aquel chiquillo que escribió esa letra. Conservo el deseo de ver a los hombres con la dignidad que merecen. En aquel entonces yo pensaba que el hombre vino al mundo para ser feliz, no para ser esclavo ni sirviente, y lo sostengo. El tiempo no doblega mi fe.

–¿Cómo vienen las nuevas generaciones de letristas?
–Hay crisis, como en todos lados, pero el tipo que tiene una brújula interior y que aspira la verdad, no puede entregarse a las modas pasajeras. Las perturbaciones de la historia y la música son pasajeras. Yo podría haberme llenado de guita con los jingles publicitarios, pero me parecía una traición a mí mismo. Lo mismo con el rock, ese bochincherío es pasajero. No puedo creer que haya gente que dice que el rock es nacional, eso no tiene nada que ver con nosotros.

–Usted tiene un sobrino muy conocido que toca rock…
–Sí, Guillermo –Cidade, el líder de Massacre apodado Wallas–, pero nunca lo escuché. Cada uno puede hacer lo que quiera; si él se siente cómodo, allá él. Yo creo que está equivocado. ¿Por qué no emplean ese tiempo precioso en proyectar y modernizar la música argentina? Son vagos, prefieren copiar cosas de otros. Le venden el alma al diablo, y cuando tienen 50 o 60 años se dan cuenta de la cagada que se mandaron y ya han perdido la vida. Es muy triste.

Así de tristes nos quedamos, ahora que se va el maestro Ayala. Defensor de lo popular, en tiempos en los que la cultura propia se mixtura tanto, que parece perder identidad. La buena noticia es que aún nos queda su arte, multiplataforma, para el ejercicio del saludable pensamiento crítico. Y el abrazo a lo nuestro, ¡Hasta siempre Mensú!

 

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