Sin aliados no hay paraíso
El gobierno dirime en un Parlamento que no controla totalmente, las que serán las piedras basales de su gestión en la carrera hacia la reelección del presidente Milei.
Allá por 2003 Néstor Kirchner alcanzó la Presidencia de la Nación con una fuerte debilidad congresual. Salvo por una docena de diputados que respondían al nuevo titular del Ejecutivo, autodenominados Grupo Talcahuano, la bancada más nutrida no respondía al santacruceño sino a quien había detentado el Ejecutivo antes que él: Eduardo Duhalde. Durante dos años el presidente venido de la Patagonia convivió con esa situación, hasta que en las elecciones de medio término de 2025 hizo una apuesta a todo o nada: mandó a su esposa, la senadora Cristina Fernández a competir en territorio bonaerense con la esposa del ex presidente, Hilda "Chiche" Duhalde. Y aquella joven Cristina, de verba filosa y aceitada, derrotó contundentemente a la líder manzanera. Desde entonces, Kirchner construyó su poder en el peronismo y en el Congreso y tanto él cómo su esposa y sucesora, gozaron de mayoría propia en ambas Cámaras por varios años.
El derrotero de los libertarios tiene algunas similitudes. Luego de ganar la presidencia, pero con una muy breve historia previa en las contiendas electorales, el presidente Javier Milei debió gobernar con bloques de escasa potencia numérica dos años, siempre pendiente de una multiplicidad de aliados eventuales. Enfrentó elecciones de medio término, ganó con contundencia y amplió sus números exponencialmente en el Poder Legislativo. E incluso así, resulta insuficiente para la ambición de todo presidente en ejercicio: no depender de otros.
Hoy, el gobierno intenta asentar las columnas vertebrales de lo que serán sus próximos dos años de gestión, y de cara a la carrera por la reelección. Reforma del régimen laboral, sustancial para la creación de empleo registrado en el ámbito privado; acuerdo Mercosur-Unión Europea, la apertura de un mercado masivo para exportaciones y por ende la chance de una reactivación productiva; un nuevo Régimen Penal Juvenil que acalle los reclamos de buena parte de su electorado en materia sancionatoria de delitos; y ahora el acuerdo con los Estados Unidos de apertura comercial. Todo, en este mes de febrero de 2026.
Y esa construcción debe hacerla con una primera minoría en la Cámara de Diputados y una segunda minoría en el Senado. Es cierto, luego de las elecciones de octubre pasado, el gobierno no solo amplió volumen en el Congreso, también creció cualitativamente. Patricia Bullrich tiene una prolongada experiencia parlamentaria, también Silvana Giúdici o Laura Rodríguez Machado, por solamente citar algunos casos donde sumó capacidad de maniobra, poder de articulación y conocimiento de la burocracia del Congreso.
No obstante y si bien el slogan es que "la victoria no depende de la cantidad de soldados sino de las fuerzas que vienen del cielo", en el Congreso las citas bíblicas tienen menos relevancia y la cantidad hace al resultado. Primero, para sesionar hay que tener quorum. Son 129 legisladores sentados en diputados y 37 legisladores con el presente confirmado en la Cámara Alta. Y hoy, en el primer caso el gobierno tiene 95 y en el segundo 20. Le faltan, respectivamente 34 y 17 solamente para poder tratar los proyectos, cual fuese la opinión celestial, los números mandan.
De modo que sin aliados no hay paraíso. Esta semana, cuando los periodistas consultábamos por la agenda que se viene, varios oficialistas nos respondían "tenemos acordado el tratamiento, pero los aliados nos quieren manejar las fechas". Y, sí. Los aliados tienen hoy el poder del árbitro, si ellos no hay sesión, no hay proyectos, no hay normas fundacionales. Los 10 radicales de la Cámara Alta son tan sustanciales para esta etapa del gobierno, como los son los 18 de Provincias Unidas y los 12 del PRO en diputados. Con ellos, las necesidades para llegar al quorum son nimias, basta con endulzar el oído de algún gobernador o liberar un módico ATN; pero sin ellos, la distancia hasta la capacidad de sesionar se hace abismal.
Prueba de todo ello fue la imposibilidad de darle media sanción en el Senado a la Reforma Laboral en diciembre, cuando una mala jugada del oficialismo en Diputados con la designación de auditores, repercutió directamente en la Cámara Alta. Bullrich, que tenía los votos garantizados para alzarse con una victoria, debió conformarse con la firma de un dictamen en Comisión y postergar la discusión en recinto que se dará esta semana con aprobación garantizada.
Poco le queda por delante al gobierno en materia parlamentaria después de este mes. Tal vez las mentadas reformas fiscal y previsional para terminar de darle forma al proyecto, las que, por cierto, deberán ver la luz este año, porque el 2027 será electoral y los que compiten no conceden, de modo que el perfil de los aliados para ese entonces tomará otro cariz.
De tal manera, para el gobierno es ahora, es con cuidado, dando para recibir, porque es con aliados. El futuro será otro cantar. Si el presidente llega bien parado a fines de 2027 y reelige, seguramente lo haga con guarismos muy superiores al 30% que obtuvo en la primera vuelta de 2023 y se acerque a una sólida mayoría en el Congreso. Pero en estos días ese escenario es una fantasía onírica. La única verdad, es la realidad.

