De Flores al Vaticano: el recorrido porteño de Jorge Bergoglio antes de convertirse en papa
Nació en una familia de inmigrantes italianos en un barrio de clase media, fue seminarista en Villa Devoto, docente de Literatura y arzobispo que viajaba en colectivo. Los lugares de Buenos Aires que formaron al primer papa latinoamericano de la historia.
Antes de ser Francisco, antes de ser cardenal, antes incluso de ser sacerdote, Jorge Mario Bergoglio fue un vecino porteño. Nació en el barrio de Flores el 17 de diciembre de 1936 en el seno de una familia de inmigrantes: sus abuelos y su padre habían llegado al puerto de Buenos Aires en 1929 desde la zona de Piamonte, en Italia. Creció en lo que los vecinos llamaban "el barrio de las casitas baratas", jugó en plazas, fue a la escuela pública y transitó los mismos rincones que cualquier chico de clase media porteña. Nada hacía prever que ese pibe de Flores llegaría a ser el hombre más influyente de la Iglesia Católica.
La llamada en la Basílica de San José de Flores
A los 17 años, mientras se confesaba en la Basílica de San José de Flores, Bergoglio vivió una experiencia espiritual profunda que lo llevó a descubrir su vocación sacerdotal. Era el 21 de septiembre, el día de la primavera. Hoy, en ese mismo confesionario, una placa conmemorativa y una lámpara que se enciende con un sensor recuerdan aquel momento, símbolo de aquella "iluminación interior".
La Basílica de San José de Flores es la iglesia principal del barrio donde se crió Bergoglio. Francisco iba allí con su familia desde pequeño. Ese edificio inaugurado en 1883 fue, en cierto modo, el punto de partida de todo lo que vino después.
El seminarista, el docente, el jesuita
A los 21 años ingresó al Seminario de Villa Devoto, donde fue influenciado por los jesuitas que conducían la formación. En 1958 se unió formalmente a la Compañía de Jesús. Completó estudios de humanidades en Chile y se licenció en Filosofía y Teología en el Colegio Máximo "San José" de San Miguel, donde además ejerció como docente de Literatura y Psicología.
Esa faceta de profesor dejó huella. Sus alumnos lo apodaban "Carucha" y él les imponía la premisa de que "no podían estudiar para servir a Dios si a la vez no hacían acciones sociales". El vínculo con las letras llegó tan lejos que, en aquellos años, logró que el célebre escritor Jorge Luis Borges viajara a Santa Fe para impartir clases a sus alumnos y prologara un libro escrito por ellos. Fue ordenado sacerdote en 1969.
El arzobispo que viajaba en colectivo
En 1998, al fallecer Antonio Quarraccino, Bergoglio se convirtió en Arzobispo de Buenos Aires. Al asumir, prefirió vivir en una modesta oficina junto a la Catedral en lugar del Palacio Arzobispal. Recorría barrios y provincias celebrando misas y usó su gran oficina para recibir donaciones.
Su presencia en las villas era constante y sin protocolo. En la villa 21-24 lo recuerdan llegando en el colectivo 70, visitando enfermos y conversando con la gente. Como arzobispo impulsó el concepto de una "Iglesia en salida" y fundó el Hogar de Cristo para rescatar a jóvenes de las adicciones. Esa red de recuperación hoy suma 300 centros en toda la Argentina.
El hincha de San Lorenzo y el vecino del quiosco
La vida de Bergoglio en Buenos Aires no era solo religiosa. Su vida cotidiana se desarrolló también en lugares como un puesto de diarios, la Peluquería Romano y el club San Lorenzo, del que era fanático.
La anécdota del quiosco se volvió legendaria en el barrio: compraba su diario en el mismo puesto de siempre y discutía sobre San Lorenzo con el canillita. Al ser elegido Papa, llamó para avisar que ya no iba a necesitar el diario, pero el hombre no le creyó.
El 13 de marzo de 2013
Aquel hombre que había crecido entre las calles de Flores, que había viajado en colectivo siendo arzobispo y que compraba el diario en el mismo quiosco de siempre, salió al balcón de la Plaza de San Pedro el 13 de marzo de 2013 y se presentó ante el mundo con una sencillez que nadie esperaba: "Buenas noches". Se convirtió así en el primer papa latinoamericano de la historia. Buenos Aires, que lo había formado, lo veía partir. El mundo, recibirlo.

