La felicidad de los jubilados: "bailar folklore nos rejuvenece"
Tienen más de 65 años y llevan la danza nacional en la sangre. "Es nuestro punto de encuentro, nos hace bien", coincidieron.
No hay edad para atreverse a concretar un deseo y aprender algo nuevo, por más complejo que pueda llegar a parecer. Al menos esa es la consigna que repiten los adultos mayores que se animaron a bailar folklore por primera vez en sus vidas sin poner a sus años como una excusa para no emprender ese desafío.
Crónica dialogó con cuatro personas cuyas historias encuentran como punto en común la pasión por la música nacional, así como también el desafío que representó para la mayoría de ellos la posibilidad de aprender de grandes a bailar, el valor de las tradiciones, la unión que generan las peñas y el lugarcito que tiene la música en sus rutinas.
El desafío de enseñarPara Juan Carlos Romano (68 años) el folklore forma parte de una larga tradición familiar, transmitida por su madre entrerriana y que mamó desde muy chico en su casa. Algo que luego con el tiempo supo convertir en una forma de vida y también en un legado para sus hijos.
“El baile nos engalana siempre. Y disfrutamos del mate y de los amigos”, resalta Juan Carlos, quien es profesor de folklore al igual que su esposa Mercedes, con la cual puede disfrutar de esta pasión.
Juan Carlos además dirige junto a su esposa el centro de jubilados Ruca-Malem (que significa en mapuche “Casa Bonita”), lugar que mantienen abierto sobre una parte del terreno donde ellos mismos viven, en el barrio porteño de Villa Lugano.
“En nuestro centro tenemos a 25 adultos mayores que aprenden folklore y vienen a bailar a lo que sería el quincho de mi casa. Yo digo que para bailar esta música te tiene que gustar y no ofrecer resistencia. Nosotros tenemos con el folklore 280 danzas y hacemos bailar a todos los abuelos”, subraya el hombre de 68 años.
En relación a los beneficios que trae consigo la posibilidad de bailar folklore, el referente del centro de jubilados hace hincapié además sobre los aspectos positivos que incorporan las personas mayores que deciden practicarlo.
“Cuando un adulto mayor baila folklore realiza dos talleres a la vez, porque por un lado hace gimnasia, con todos los movimientos físicos que le demanda el baile, pero a su vez también pone en práctica la memoria, ya que cada danza tiene su coreografía, tienen que acordarse de todas y eso te lleva a pensar”, remarca.
Las peñas, un ritual para sentirse bienEntre los distintos rituales con los que cuentan las personas que se acercan a lo folklórico, quizás una de las más distintivas y tradicionales sea la realización de peñas, las cuales suelen ser organizadas por algún instructor de folklore y a la que asisten grupos de distintos lugares que bailan.
“La peña es el encuentro con el folklore. Todos vamos y comemos. Siempre hay personas tocando y cuando la gente escucha una chacarera, por ejemplo, se levanta a bailar y podemos estar así cuatro o cinco horas. Creo que es incomparable con otros géneros musicales lo que se vive”, manifiesta Juan Carlos.
Sobre esta línea, Cristina Armesto (67 años) cuenta que las experiencias que se viven en las peñas son “únicas”, en la que cada uno “va con su profesor del folklore” y se disfrutan “un sábado a la noche o un domingo a la tarde”.
“Una de las cosas más lindas que tiene son los días previos a la peña. Cada uno va con su ropa y todos nos esmeramos en tener la mejor. Es estar toda la semana preparándonos para esa fecha”, enfatiza Cristina.
Residente de la localidad bonaerense de Temperley, explica que siempre le gustó la música, que incorporó a partir de que cuando era chica sus padres la mandaron a aprender a tocar un instrumento y aprendió con el acordeón a piano.
En ese sentido, sus hijas estudiaron una danza que pertenece al folklore español y considera que siempre tuvo “a través de ellas un acercamiento al hecho de presentarse ante un público”, pero que en su caso solo había bailado siempre hasta después de los 50 “solo en fiestas familiares”.
“Yo era parte de la comisión directiva de una mutual, la 9 de Julio de Temperley, en donde conocí un grupo de folklore que venían a practicar a nuestras instalaciones que eran de la Universidad Nacional de Lomas de Zamora (UNLZ). Ellos me dijeron en el año 2009 porque no me sumaba a bailar con ellos y ahí probé. Me cambió la vida”, subraya Cristina.
Tras haber comenzado a bailar, destaca que se encontró con “un grupo humano muy lindo”, que, si “estás mal por algo, los otros te miman” y que forman “una gran familia”.
“Al folklore tenés que sentirlo. Me gusta expresarlo con el cuerpo. Lo que genera es como una nueva juventud para uno. Salís de tu casa y te olvidás de todos tus problemas, si tenés un dolorcito o una enfermedad, desaparece”, expresa Cristina.
En el grupo de adultos mayores que acompañan a Cristina se encuentra Aldo Zanin (86 años), residente de la localidad bonaerense de Lomas de Zamora quien desde hace 20 años comenzó a bailar por primera vez este género, para no abandonarlo nunca más este estilo de música.
“Yo nací en el interior de la provincia de Buenos Aires y escuchaba folklore, pero desde los 14 a los 68 años siempre trabajé y no tenía tiempo de aprender. Al jubilarme, empecé a estudiar a través de un programa para la tercera edad en la UNLZ y a bailar. El folklore me impactó, me llena de felicidad a esta altura de mi vida”, destacó Aldo.
Además de practicar durante la semana, cuenta que los domingos asiste a la plaza Grigera de Lomas de Zamora a bailar, en donde en la actualidad “con barbijos y respetando los protocolos” pudo reencontrarse hace poco tiempo “con viejos compañeros y amigos”.
“Estoy muy contento porque empezamos de nuevo a bailar. Para mí el folklore es prioridad. Estoy en tres grupos diferentes y lo disfruto. Tengo muy buenas compañeras, hice amistades muy lindas. Mientras lo pueda bailar, no pienso dejar de hacerlo”, apuntó.
Danzar en parejaJulio Legalilio (73 años) y Norma Coronel (71 años) comparten juntos la pasión por el folklore, tras tener la oportunidad de una vez jubilados comenzar a bailarlo, y lo hicieron una parte fundamental de sus vidas.
“Yo soy salteño y ella es santiagueña, así que compartimos el gusto por la zamba y la chacarera. Durante mi vida nunca había bailado folklore, pero si otros géneros como rock y cumbia. Cuando comenzamos a ir al centro de jubilados ´Renacer´, que queda cerca de nuestra casa en Villa Lugano, empezamos a practicarlo”, señala.
Al respecto, Julio remarca que comenzar a bailar folklore fue “un reencuentro” con sus “raíces”, y que disfruta de realizar actividades con su grupo, como la de “llevar adelante bailes en días patrios” y todo lo que tiene que ver con ponerse “ropa de gaucho, llevar ponchos y sombrero”.
“Me siento pleno al poder bailar. Con ganas de colaborar y sentirme útil, para no quedarme solamente en mi casa mirando televisión sin hacer nada con mi vida. Además, tanto yo como Norma ya estamos hechos, no tenemos que demostrar nada a nadie, así que lo disfrutamos”, concluyó.

