Por Alicia Barrios 
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Paz, pan y trabajo. Jorge Bergoglio celebró la primera misa como arzobispo de Buenos Aires, el 7 de agosto de 1999. Aún no era cardenal. Los padres todavía no lo conocían demasiado. Cuando finalizó, no se lo vio más a simple vista. Pensaron que se había ofendido. Nada de eso; estaba entre los fieles, tomando mate con los scouts.

Siempre fundamentó su paso por El Santuario con el pasaje evangélico en el cual Zaqueo se encuentra con Jesús y tras hospedarlo en su casa, expresó, públicamente, su cambio de vida para pasar de ser "un coimero a solidario". Para el padre Jorge lo mismo sucede en San Cayetano, que se parece a la de Zaqueo, porque es la casa del pan y el trabajo.

Allí adonde se alojó Jesús y le cambio la vida a Zaqueo que empezó a ser un hombre de trabajo. Bergoglio en las homilías de San Cayetano exhortaba a los argentinos a tener otra actitud. Pedía dejar de lado los maltratos para poner paz en medio de tanta agresividad y violencia. Hablaba de un cambio interior para dejar de ser "un vividor y convertirse en un trabajador honrado, justo, solidario".

Cada vez que entraba en el Santuario pedía la gracia de salir cambiados. Siempre recordó, y en la actualidad lo hace como Papa, que pensar en los demás antes que en uno mismo hace a la dignidad de las personas. Como un maestro de fe enseñaba que en vez de andar pensando en lo que nos deben pensemos en eso que debemos nosotros a los demás.

Eso hace a la dignidad de la persona: el justo medita cómo ser más justo sin que nadie lo obligue. Lo hace por su propio honor y el propio gusto de ser justo. De devolver lo que no es nuestro, de compensar al que hemos despojado. En esas homilías de San Cayetano, anticipaba el presente cuando llamaba a la unidad ante el riego que nos desvinculemos, nos disgreguemos.

Toda una lección de ética. Siempre destacó la fecunda relación entre el pan y trabajo. En ese tiempo, los fieles empezaron a repetir, ante él, una frase: "que no llegue el pan a tu mesa sin el trabajo de tus manos" o "que tu trabajo alcance para llevar el pan a tu mesa". Fiel a su estilo, Bergoglio rezaba con la gente. Alababa a Dios con el pueblo. Su música funcional, fue siempre los rezos de la gente.

Acá, en Roma y en el lugar del mundo que esté. Vaya adonde vaya. Nunca fue un sacerdote de laboratorio. A él en cada 7 de agosto se lo veía pleno. Predicaba, sembraba palabras. En él la palabra convoca. Cumplir con el mandato de Jesús: anunciar, entregarse, ayudar a crecer al otro.

Un día le oí decir algo que grabé para siempre: "en Argentina hay eutanasia encubierta, las obras sociales te pagan hasta acá. Después "con cafiaspirinas, querido. Morite, sos viejo". La gente se sentía comprendida, contenida y amada. Se lo demostraban a cada paso. Miles de fieles con una espiga en la mano, le pedían "una bendición padre".

En su última misa como cardenal, el 7 de agosto de 2012, pidió que "la patria sea un lugar para todos. La Patria florece cuando nos ve sentados a todos en el trono a la noble igualdad".