Por Ricardo Filighera
@Rfilighera

El ruido del desplome fue ensordecedor y total. Viento, piedras y arenilla estaban pintando la imagen de aquella postal del horror. Gritos desgarradores y pedidos de ayuda poblaban, aquella noche del martes 10 de junio de 1970, el testimonio de una verdadera tragedia en el barrio de Barracas: se había derrumbado el edificio de 14 pisos ubicado en la avenida Montes de Oca 680.

La pesadilla comenzaba a adelantar sus terribles designios a las 21.25 del mencionado día: un agente de la Policía Federal se había trasladado hasta la Estación de Servicios ubicada en Montes de Oca y Aristóbulo del Valle. Denotando angustia y nervios en su hablar, el policía se comunicó con la seccional que estaba a escasos 400 metros para alertar que el mencionado inmueble iba torciéndose cada vez más. El alerta había sido registrado y un móvil policial había procedido a cortar el tránsito.

Corrían los minutos como una bomba de tiempo a reloj. La inclinación de ese edificio era cada vez más notoria y estaba a minutos de una situación marcada por la tensión y el horror. 

A las 21.40, como un gigante vencido, como un boxeador que cae hacia atrás, inexorablemente, producto de un tremendo cross a la mandíbula, el edificio se desplomó hacia el centro de la manzana.

Si bien la orden de desalojo había sido puntualmente dada, alrededor de 10 familias se habían negado a abandonar el citado inmueble. En consecuencia, la muerte y la desolación estaban presentes en aquel escenario. Una vez más, la imprudencia y algunas decisiones que no fueron adoptadas con la energía necesarias, obraron a favor de la fatalidad.

La gente del lugar comenzaba a salir de los edificios aledaños, las sirenas de las ambulancias y los móviles policiales les daban a esas imágenes un clima dramático y angustiante.

Bomberos en pleno rescate.

La manzana, comprendida por Montes de Oca, Aristóbulo del Valle, Wenceslao Villafañe e Isabel la Católica, se había convertido en una suerte de corazón herido. Los bomberos de la zona, del Cuartel Central y de La Boca se hicieron presentes en el “teatro de operaciones” con la urgencia del caso. También ambulancias de distintos hospitales y de la entonces Dirección de Mantenimiento de la Municipalidad. La inmensa mole había arrastrado y sepultado a otros inmuebles lindantes de antigua edificación.

Los esfuerzos y la generosidad humana de los diferentes cuadros de bomberos no podían dar abasto. El gigante vencido se había llevado puestas fincas vecinas con los números 652, 654 y 656; y los gritos de los sobrevivientes de esas fincas generaban más desesperación.

Muchos clientes que, en esos momentos del derrumbe, habían concurrido a la fiambrería y rotisería La Favorita estaban azorados por esa tragedia. Algunos, por instinto, trataban de protegerse y otros intentaban alejarse del lugar.

Los trabajos se hacían complejos y dolorosos. A las 22.15 de esa noche trágica, varios cuerpos fueron sacados de entre los escombros; otros con vida eran trasladados hacia el Hospital Argerich; y la tarea de los médicos, en tanto, comenzaba a presentarse ímproba: salvar vidas se había convertido en el principal objetivo.

En el garage ubicado en Aristóbulo del Valle 1641, en tanto, varios automóviles quedaron, literalmente, destrozados. Asimismo, el edificio de ocho pisos ubicado en esa misma calle, a la altura de 1675, había sido totalmente dañado y los bomberos, en consecuencia, trabajaban infructuosamente por rescatar vidas humanas.

Rescatistas buscando algún vestigio de vida (Archivo).

Sobre Montes de Oca, numerosos familiares de los ocupantes de ese inmueble se habían hecho presentes: abrumadores pedidos para conocer el estado de un hermano, una madre, una tía o un primo se erigían en gritos a la par de las sirenas de ambulancias y coches de bomberos. Eran pedidos de auxilio a los que no podían brindarles respuesta inmediata.

A las 23, los bomberos de Echenagucia dispuestos puntualmente en la remoción de los escombros solicitaban el pedido de refuerzos ante la magnitud de la tragedia ocurrida. Entre el polvo, la desesperación y la capacidad para escuchar algún ruido o sonido de voz humana escondida entre las piedras, los escombros y los hierros retorcidos, se daba cuenta de la presencia del horror.

Posteriormente, alrededor de las 23.30, fueron retirados cuatro heridos que se encontraban en un edificio vecino. Esas almas humanas aún con vida fueran trasladadas a los hospitales Rawson y el citado Argerich.

Algunas secuencias, por otra parte, eran desbordadas por la emoción; mujeres y hombres habían sido salvados y sus familiares irrumpían en llantos y esbozos de alegría que se tornaban en inimaginada desesperación. Por su parte, las fuerzas de seguridad debían intervenir laboriosamente para que no perjudicaran las tareas de los bomberos y los rescatistas.

En esa madrugada, no hubo descanso y los esfuerzos se multiplicaban en medio del horror que se había desatado: topadoras municipales, dotaciones de bomberos y un numeroso grupo de operarios y técnicos municipales doblaban sus esfuerzos con el objetivo de remover escombros. En medio de este espectáculo sumamente desgarrador, testimonios periodísticos de ese entonces señalaban que los semáforos en la esquina de Montes de Oca no funcionaban bien en el momento de la tragedia y gracias a ese defecto técnico, el horror no fue mayor.

La labor de los bomberos que trasladaban a los heridos.

Algunos relatos de los testigos del lugar daban cuenta de la terrible postal. Una señora de apellido Schder, con domicilio en Montes de Oca 646, reseñaba el preludio de la tragedia: “Sentí fuertes ruidos, eran mármoles que se desprendían del edificio y caían como proyectiles al suelo. Entré a mi casa para hablar por teléfono y avisar a la policía, pero no tenía tono. Salí con mi esposo a la calle y observé cómo esa enorme mole se desplomaba en derredor de un pavoroso estruendo; la imagen era terrible”.

Por otra parte, dos autos que pasaron segundos antes del derrumbe se salvaron de quedar aplastados. Un joven de 25 años narraba, en tono angustiante, la experiencia del desastre: “Venía caminando por Montes de Oca y poco antes de ingresar a casa sentí como disparos que venían del edificio... Al darme vuelta observé que las luces de un piso oscilaban y me pareció que el edificio se movía. Creí que no estaba bien de la vista y luego la casa se derrumbó estrepitosamente. Me apreté contra una de las paredes y cerré los ojos, hasta que todo terminó y pude salir”.

Nunca se determinó con precisión exacta la cantidad de muertos: algunas estimaciones daban cuenta de 20 víctimas fatales más una importante cantidad de personas desaparecidas que habrían quedado destrozadas entre los escombros. El saldo fue terrible y conmociona e impacta a casi 50 años de transcurrida la tragedia.

El esfuerzo de los bomberos fue capital

¿La irresponsabilidad nuestra de cada día?

¿Como comenzó esta terrible historia? El 28 de febrero de 1970 uno de los copropietarios del edificio en torre ubicado en Montes de Oca 680 denunció ante las autoridades policiales de la seccional número 23 que el citado inmueble corría serio riesgo de derrumbarse.

Según consignan las crónicas periodísticas de esa época, el citado caso fue trasladado a la correspondiente Comisión Municipal, que trasladó al lugar a un grupo de técnicos para que llevasen a cabo la constatación que requería el mencionado incidente. Había trascendido que tres columnas del sótano cedieron y que se había resquebrajado el revestimiento de mármol que estaba ubicado en el portal.

Por aquellos días de febrero no había temores por el derrumbe, sino por la posible inminencia de un desalojo masivo. Algunos inquilinos de ese inmueble señalaban: “Esto no puede venirse abajo, hace ya muchos años que vivimos aquí”. Otros, en cambio, daban cuenta de vibraciones, pero las derivaban finalmente al tránsito que recorría la avenida Montes de Oca.

Luego, cuando la orden de desalojo aún se presentaba confusa, muchas personas habían abandonado el inmueble, apenas, con algunos bolsos y utensilios personales: “Volveremos prontamente”, señalaban con particular alegría y esperanza. Las obras de supuesta reparación continuaron y, luego la Municipalidad autorizó a que regresara una persona por departamento para extraer los elementos necesarios de cada lugar.

Así informó Crónica el desastre ocurrido en Barracas.

El 27 de mayo de 1970 el secretario municipal de Obras Públicas, Manuel Acuña, señalaba: “El edificio de Montes de Oca 680 no está en peligro de derrumbe, pero conviene apuntalarlo y consolidarlo como medida de seguridad, antes de permitir su ocupación”. También hizo saber que se había autorizado el tránsito de vehículos por la zona.

En consecuencia, se consideraba que las 65 familias desalojadas pronto volverían a ocupar el mencionado inmueble. Algunas versiones destacaban en esa época que el edificio iba a ser habitable, precisamente, el 17 de junio, ya que según la Municipalidad “se encontraba en perfectas condiciones de funcionamiento”.

Y como testimonio de bronca e impotencia, un ocupante del piso 13 del edificio había concurrido a la Facultad de Ingeniería para informarse sobre el cuadro de situación real del inmueble en cuestión, a lo que se le informó que “no existen posibilidades de derrumbe”; y debido a ello, muchas familias optaron por regresar al edificio, oportunidad en que llevaron, nuevamente, sus pertenencias. La tragedia había comenzado a gestarse.

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