A pesar de que Théo Curin perdió sus extremidades a causa de una meningitis a los 6 años nada lo detuvo de cumplir sus sueños. Ganó una medalla de plata en los juegos paralímpicos del 2016 y ahora se convirtió, junto a dos compañeros, en la primera persona en cruzar el lago Titicaca a nado.

Curin, que superó una meningitis fulminante aunque con una dolorosa pérdida, el día sábado 20 de noviembre completó la prueba de cruzar a nado las heladas aguas del lago navegable más alto del mundo junto a otros dos deportistas franceses.

El nadador, originario del este de Francia, tiene ya una destacada historia como un atleta. Obtuvo el cuarto puesto en 200 metros libres en los Juegos Paralímpicos de Rio-2016 y es doble vicecampeón del mundo.

En esta oportunidad, en Bolivia, el recorrido duró 11 días en los que se enfrentaron al frío y tormentas. La preparación para cumplir el objetivo se venía realizando desde hace un año. 

Hasta este momento, nadie antes se había atrevido a nadar la distancia que separa Copacabana (Bolivia) de las islas flotantes de los Uros frente a la bahía de Puno (Perú). Esto implica realidar un recorrido por gélidas aguas a 3.800 metros sobre el nivel del mar. Además, los tres nadadores lo realizaron en total autonomía, sin recibir ayudas durante la travesía.

Con solo 21 años, Théo lloró al llegar al final de su travesía en la Isla de los Uros donde fue recibido por el Apu Inti y le regalaron un chullo. Los compañeros de Curin son la exnadadora olímpica Malia Metella, de 39 años y retirada de las piscinas desde hace 11, y Matthieu Witvoet, de 27 años, quien se define como un “ecoaventurero”.

Además de la proeza física, se preocuparon por transmitir un mensaje. Durante los días de nado, los franceses se alternaron en turnos arrastrando un bote construido a partir de desechos con el objetivo de enviar un mensaje sobre el cuidado al medioambiente.

Por otro lado, en los días que duró el viaje filtraron agua dulce del lago para beber y guardaron su comida en bolsas reutilizables para no generar desechos contaminantes.

A pesar de llegar exhaustos y con el cansancio acumulado de once jornadas de esfuerzos titánicos, la felicidad fue absoluta cuando llegaron a los Uros, un conjunto de islas flotantes construidas con juncos del lago donde vive una tradicional comunidad indígena, que los recibió con sus mejores ofrendas.