Por Alicia Barrios 
abarrios@cronica.com.ar 

Roma está poblada de aborígenes. Todos los pueblos están aquí. El Papa les abrió su corazón. Hay muestras de arte en el Museo del Vaticano y en la Stampa (sala de prensa). "Anima Mundi" fue el nombre elegido por Su Santidad para la muestra. El alma del mundo está acá, en esta casa viva para la memoria de la Amazonia y sus víctimas. Todos se sienten representados.

La mirada bergogliana no reconoce exclusiones en la Iglesia. Así lo afirmó él: "Quien entre aquí deberá sentir que en esta casa hay espacio para él, para su pueblo, su tradición y su cultura: el europeo como el indio, el chino como el nativo de la selva amazónica, congoleña, de Alaska, los desiertos australianos o las islas del Pacífico".

Las obras son cuidadas y conservadas con la misma pasión que se destina a las obras maestras del Renacimiento o a las inmortales esculturas griegas y romanas que atraen, año tras año, a millones de visitantes. Por estos días es usual ver a cientos de personas aborígenes que celebran el Vía Crucis y recuerdan a todos los mártires que dieron su vida en defensa de los pueblos de la Amazonia.

El punto de llegada es la Plaza San Pedro. Los indígenas son los protagonistas de un sueño que se hace realidad en Roma. Esto va desde la periferia de la Amazonia hasta el centro de la cristiandad en Roma, adonde llegaron peregrinando. Ellos caminaron con Cristo en la cruz, presente en cada uno de ellos. Cada uno iba concentrado en el dolor y el sufrimiento. Sin perder la esperanza. Cantaban, oraban y recordaban los nombres de las personas a quienes se les quitó la vida por defender a los pueblos y territorios. Ellos comparten la caminata.

Un ejemplo: la muerte no tiene la última palabra. La última palabra la tiene la vida, y en eso confían. Luchan para que la Amazonia siga siendo un espacio inacabable de recursos y para que sus habitantes, que son parte de esos recursos, no se conviertan en obstáculos y por eso haya que eliminarlos. Adiós, mundo cruel.