El crimen de Alexandra Pesic: el amor, la traición y la suegra que la llevó a la muerte
La muerte que conmocionó a Canadá en 1992. Una suegra obsesiva, un matrimonio roto y un asesinato a sangre fría planeado desde el odio.
En esta historia, el amor se volvió pesadilla. Cuando Alexandra Pesic, de 25 años, conoció a Joe Pesic, creyó que había encontrado al hombre de su vida. Una persona amable con la que compartía sus raíces yugoslavas. Parecía el comienzo de un cuento de hadas, pero detrás de esa imagen perfecta se escondía un destino oscuro. Joe no estaba solo. En su vida también estaba Jelka, su madre, una mujer controladora y con muy malas intenciones.
Alexandra fue reina de belleza, ganadora de Miss Burnaby 1984, y participó en el certamen de Miss Canadá al año siguiente. Trabajaba como auxiliar dental en Vancouver y mantenía una relación cercana con sus padres, dos inmigrantes que habían construido su vida desde cero.
Un día Alexandra llevó su auto al taller, Joe. A los pocos días él la invitó a salir y después de concretarla, no se separaron más. En un mes, el joven le propuso casamiento y ella aceptó sin dudar.
Pero… mientras la chica soñaba con un futuro nuevo, su suegra empezaba a tejer una red de terror. Jelka Pesic, participó en cada detalle de la organización del casamiento. El vestido, el lugar, las flores, los invitados, la suegra se metía en todo. Así, las pequeñas discusiones pronto se transformaron en guerra.
Contra viento y marea, el 11 de junio de 1988, Alexandra y Joe se casaron en Vancouver. Los registros de la época dicen que la ceremonia fue perfecta, sin incidentes. Después de la luna de miel en Hawái, parecía que las cosas comenzarían a encaminarse, pero la realidad se impuso.
Apenas instalada en su nueva casa, la chica recién casada empezó a ver con molestia las constantes intromisiones de Jelka: Aparecía sin avisar, llenaba la heladera con comida que ellos no habían pedido y dejaba bolsas con ropa nueva. Estaba marcando territorio.
Lo que para otros podría parecer amabilidad, para Alexandra era una forma de control. Joe intentaba mediar, pero el conflicto crecía. Cuando los padres del joven ofrecieron 100.000 dólares para la compra de una casa, su esposa supo que aquel “regalo” le saldría caro. La casa estaba a pocas cuadras de la casa de sus suegros.
Su intuición no fallaba, Jelka comenzó a invadir la intimidad del matrimonio, criticando la decoración, imponiendo decisiones y generando un ambiente de tensión constante y nadie sabía ponerle límites.
Entonces, matrimonio se fue deteriorando lentamente. Hasta que en 1989, Alexandra quedó embarazada y nació Brandon, un niño que devolvió la alegría a la apareja. Y otra vez un pero… porque la ahora abuela empezó a cuestionar la crianza..
El hecho más serio fue cuando una noche el bebé quedó al cuidado de Jelka, mientras la pareja salían a cenar, y la mujer le dio un té con un sedante y todos terminaron en un hospital. Fue el principio del fin. Alexandra le dio un ultimátum a Joe: debía elegir entre su madre o su esposa e hijo, dos años después del casamiento, Alexandra pidió el divorcio y consiguió la custodia del niño y una parte de la casa.
Desde entonces, la joven madre comenzó a recibir amenazas, llamadas anónimas y persecuciones. Lo que parecía paranoia, pronto se convirtió en tragedia.
Un día, Alex recibió un paquete sin remitente. Dentro había un libro titulado “La muerte de Cindy James”, un caso real de una mujer acosada y asesinada en circunstancias misteriosas. En el ejemplar, alguien había subrayado los pasajes más aterradores. Semanas después, el terror se volvió real. Una noche, mientras estaba en casa, su jardín comenzó a arder en llamas. Era una escena idéntica a la descrita en el ejemplar que le mandaron.
“Siento que me van a matar”, llegó a decir la joven a sus amigos, ella sabía que detrás de todo esto estaba su ex suegra.
El 5 de agosto de 1992, Alexandra salió del consultorio donde trabajaba. Eran las seis de la tarde. Su compañera Bernice la acompañaba al auto. Mientras se acomodaban, un coche rojo se detuvo frente a ellas. Un hombre bajó la ventanilla y disparó seis veces.
Bernice se agachó instintivamente. Alexandra cayó desplomada sobre el volante, con dos heridas de bala en la cabeza. Fue trasladada al hospital, pero murió horas después. Tenía 25 años.
La policía encontró en su coche una factura telefónica con una matrícula escrita a mano. Los testigos habían visto un Camaro rojo escapar de la escena, en él había dos hombres. Días después, el vehículo apareció abandonado frente a un McDonald’s. Dentro había huellas dactilares, cabello y una huella de palma.
Ese rastro llevó a Lawrence Delorme, un conocido ladrón de autos. Sus cómplices eran David Segoviano y Milan Nenadic, este último era amigo de la familia Pesic.
Con ese dato, la policía empezó a vigilar a los sospechosos. Vieron a Nenadic entrar a la casa de Jelka. Al detenerlo, encontraron 30.000 dólares en efectivo. Dentro de su casa, estaba la pistola utilizada en el crimen, envuelta en una bolsa de whisky y con una caja de balas de la que faltaban seis. Milan negó ser el asesino y señaló a Segoviano como el tirador.
Días después, la novia de Segoviano permitió que la policía interviniera su teléfono. En una conversación grabada, David confesó haber matado a Alexandra Pesic, y reveló el nombre de quien lo había contratado: Jelka Pesic.
“Ella fue quien envió el libro, provocó el incendio del jardín y pagó a los sicarios para asesinar a su nuera. Lo hizo por odio, por venganza y por orgullo”, diría después el criminal.
Juicio, condena y el precio de la obsesiónUn año después, Pesic fue capturada y juzgada junto a los hombres implicados. El juicio reveló un complot frío y meticuloso. La fiscalía demostró que Jelka había pagado por el asesinato de su nuera.
El tribunal los declaró culpables de asesinato en primer grado. En Canadá, la condena máxima es de 25 años sin posibilidad de libertad condicional, y eso fue lo que recibieron. Joe Pesic, el exmarido de Alexandra, nunca fue acusado formalmente. Aunque la policía sospechaba que sabía más de lo que admitía, no hubo pruebas suficientes para vincularlo al crimen. Y como en las películas de terror, se quedó con la custodia del menor.

