UN AÑO DE SU MUERTE

El papa que no quería zapatos nuevos: la humildad de Francisco en sus gestos más íntimos

Rechazó el Palacio Apostólico, vivió en una habitación de huéspedes con una cama simple y un crucifijo, se levantaba a las 4 de la mañana y mantuvo los mismos zapatos negros de toda la vida.

El 13 de marzo de 2013, pocas horas después de que el mundo escuchara el "Habemus Papam", Jorge Mario Bergoglio recorrió los pasillos del Palacio Apostólico -con sus mármoles, sus frescos y sus muebles dorados- y dijo que no. "No es tan lujoso, pero es enorme. Es como un embudo al revés. En un embudo así, la gente solo puede entrar de a pocos, y yo no puedo vivir sin gente", explicó luego. Esa decisión, que muchos creyeron un gesto pasajero, definió los doce años de su pontificado.

La habitación 201

Mientras el departamento pontificio lo esperaba con sillones de terciopelo y vista al Vaticano, Bergoglio eligió la Casa de Santa Marta: un edificio que funciona como casa de huéspedes para el clero y los cardenales durante los cónclaves. Optó por una habitación de dimensiones reducidas, amueblada de forma básica, con una cama individual, un crucifijo, una lámpara de lectura y un mate argentino, símbolo de sus raíces.

En un rincón de ese cuarto había una imagen que pocas personas conocían: sobre su escritorio de madera, un icono de la Virgen y una estampa de "San José durmiendo", por la que Bergoglio tenía especial afecto. Él mismo explicaba: "(San José) es un hombre fuerte y de silencio. Y cuando tengo un problema, una dificultad, yo escribo un papelito y lo pongo debajo de San José, para que lo sueñe".

Ahí, en esa habitación, vivió desde el 13 de marzo de 2013 hasta sus últimas horas de vida. Murió donde había elegido vivir: cerca de los otros, lejos del trono.

Se levantaba a las 4 de la mañana

La austeridad de Francisco no era solo de escenografía: era también de horario. "Me acuesto a las 10 de la noche y me levanto a las 4 de la mañana. A las 5 de la mañana ya estoy rezando y a las 6 celebro misa en una capillita", confesó en una entrevista. El edificio de Santa Marta tiene comedor con autoservicio, que el propio Francisco usaba como cualquier otro residente. Sin vajilla especial, sin servicio privado, sin protocolo.

"Que un Papa haga vida normal ya es un hecho extraordinario", repetía Monseñor Guillermo Karcher, su colaborador más cercano.

"Los zapatos negros de siempre, nada de rojo"

Uno de los gestos más elocuentes de su pontificado no fue un discurso ni una encíclica. Fue una llamada telefónica. Recién elegido papa, Francisco llamó a Carlos Samaria, su zapatero de toda la vida: "Hola, Samaria; habla Bergoglio". El propio pontífice fue claro: "Los zapatos negros de siempre, nada de rojo". E insistió en que no quería zapatos nuevos, prefería que le arreglara los viejos. "Yo lo forzaba, pero él me decía: 'No, arréglelos, con estos ando bien'", contó Samaria.

El contraste con su predecesor era notable: Benedicto XVI exploraba el armario papal con liberalidad, rescatando estilos lujosos que no se habían visto en décadas, incluidos sus famosos zapatos rojos. Francisco, en cambio, hizo su primera aparición como papa sin la tradicional mozzetta roja ni la estola bordada en oro, y en lugar de una cruz pectoral de oro, llevaba la misma cruz de plata que usaba como obispo en Buenos Aires.

Samaria falleció en septiembre de 2020. A los pocos días, Francisco le envió una carta a su familia en la que escribió: "Puedo asegurar que, en mi vida, su ejemplo de rectitud y de buen cristiano dejó huella".

El último gesto

Su último acto público fue coherente con todo lo anterior: un ataúd de madera clara, desnudo y humilde, tal como había deseado. Sin coronas doradas, sin triple féretro, sin liturgias de mármol. Así, en su despedida final, desafió una vez más los rituales de siglos, prefiriendo la ternura a la grandeza vacía. Fue enterrado en la Basílica de Santa María la Mayor, lejos de las tumbas papales tradicionales del Vaticano: otro gesto de cercanía con el pueblo romano al que tanto amó.