La detención de Julio De Vido pasará a convertirse en un ícono de la lucha contra la corrupción en la Argentina. El hecho no registra antecedentes, dado que un ex ministro de semejante fuste jamás fue tras las rejas en nuestro país. Hasta ahora, sólo un funcionario de mayor rango fue preso en esta bendita Nación: el ex presidente Carlos Saúl Menem, en 2001, aunque se benefició con la domiciliaria.

El riojano cumplió con la medida instalado en una cómoda quinta de Don Torcuato, de su amigo el Gordo Armando Gostanian (el autor de los "Menem truchos"), ex titular de la Casa de Moneda, condenado por cobrar una coima (¡qué paradoja!). De inmediato, la captura de De Vido, impactante por demás, dividió de nuevo a esta sociedad marcada por la "brecha" (la otra palabra no voy a usarla).

Los anti-K, felices, expresaron "placer", "justicia", "alivio", en las redes sociales. Los defensores del anterior gobierno destacaron palabras como "indignación", "injusticia", "ilegalidad", "persecución política" y una sarta de términos vinculados. Lo concreto es que el arquitecto detenido tiene una colección de causas por hechos de corrupción durante los 12 años que se mantuvo como uno de los hombres fuertes del poder en la Argentina. Y al igual que Ricardo Jaime, goza de pésima imagen en la opinión pública, seguro no por casualidad.

Cuando suceden hechos como éstos, en principio parecieran soplar vientos de cambio, de intransigencia ante el mal manejo y robo al Estado. Sin embargo, no debe quedar sólo en una "percepción" (justo esa palabra). Que la detención de De Vido sea la punta de lanza de un verdadero vuelco en el rendimiento de cuentas de ex funcionarios. Y no un chivo expiatorio que nunca falta, que les permite lucirse "para la tribuna".

Si es cierto lo que asegura el triunfante Mauricio Macri y, tal como reza la alianza que lo llevó al máximo poder en la Argentina, este sería el primer paso para que realmente cambiemos y empecemos a juzgar como es debido.