No duda cuando lo dice. Francisco lo siente en el alma y corazón que “Jesús quiso ser un predicador callejero, un portador de buenas noticias para su pueblo”. No es menos cierto que Jesús pudo ser cualquier otra cosa, hasta doctor en leyes, pero como dice Bergoglio: “Quiso ser un predicador”.

Durante estas Pascuas, como todas las que vivió en su vida de entrega al servicio, el padre Jorge acompañó con su espíritu, confesión y predicación, desde el Vaticano, a millones de fieles. Lavó los pies a los presos que representaban a los apóstoles. Entre ellos había ocho católicos, dos musulmanes, un ortodoxo y otro budista. Estuvo en la cárcel Regina Coeli.

Por expreso pedido de Su Santidad, la ceremonia fue privada y no pudo transmitirse en directo. Didáctico, como eso que más le gusta ser: cura, explicó con palabras sencillas que antes, cuando las personas ingresaban a las casas, los esclavos lavaban los pies.

Era un trabajo de esclavos pero era un servicio, hecho por los esclavos. Jesús quiso hacer este servicio para dar el ejemplo de cómo nosotros tenemos que servirnos unos a los otros. El momento más culminante de Semana Santa es, sin duda, cuando Francisco, iluminado por una luz tenue, camina con sus pasos de jesuita hasta el frente de la basílica, donde lo espera una alfombra roja.

Allí se postra boca abajo. Ora en silencio, asumiendo el dolor por la muerte de Cristo. Permanece así varios minutos. Contagia fe desde ese signo de penitencia. Luego, durante las catorce estaciones del Vía Crucis, las meditaciones fueron escritas por quince jóvenes de entre 16 y 27 años. Francisco acompañó sin un rastro de cansancio.

El sábado de gloria, en la misa de resurrección cuando oficia la celebración, al iluminarse todo San Pedro con candelas, nadie puede con su emoción. Es la luz de Cristo resucitado. Francisco lo vive y transmite de ese modo. No se agota. Ni fatiga por las ceremonias, en las que asume un compromiso cuerpo a cuerpo con los fieles. Él parece estar al alcance de la mano de todos.

En cinco años de papado mantiene intacta la convocatoria. En la Plaza de Mayo entran 80.000 personas y San Pedro es cinco veces más Grande, por eso caben 400.000. De ese número de fieles no bajó ni un domingo de Pascuas.