Hace 12 años, Bergoglio se convertía en Francisco y entraba en la historia: la emoción de una noche en el Vaticano
Por Alicia Barrios.
Parece que fue ayer. Hoy se cumplen 12 años de que Francisco es Papa.
Estábamos en el cónclave, esperando el resultado de la fumata blanca. En Roma llovía como en Macondo y el frío te arrugaba la piel. La Plaza San Pedro (cuatro plazas de Mayo) estaba poblada por más de 260.000 personas, de las cuales 6.000 eran periodistas.
Éramos todoterreno. Aunque diluviara, nevara o cayeran relámpagos, no íbamos a abandonar la posta ni de día ni de noche.
En la Sala de Prensa, los objetivos de las cámaras y mis ojos estaban clavados en el balcón del Vaticano, esperando que se anunciara quién era el nuevo Papa. No salía nadie. Qué ansiedad.
Por fin apareció el cardenal francés Jean Louis Tauran: “Annuntio vobis Gaudium magnum: Habemus Papam”. Para después decir: “Georgium Marium Bergoglio”.
Como un acto reflejo empecé a gritar y a saltar: “Sos el Papa de los humildes, de los pobres. Ganaron los buenos. Viva el papa Francisco”.
Al mismo tiempo besaba la medalla de la Virgen que desata los nudos que él me había regalado. Mi corazón latía como un redoblante.
De pronto me quedé muda, porque estaba rodeada de micrófonos y grabadores.
Claro, era la única que lo conocía. Carucha estaba ahí, en la cima del mundo. Aun Papa, no se olvidó de mí ni de ninguno de sus amigos.
Una de las memorables lecciones que repetiré dejando huella fue haberlo visto, a los 75 años, no bajar los brazos, seguir dando pelea, no abatirse ni darse por vencido. A los 76, cuando tantos se quejan de la edad, la vejez, los dolores, las injusticias de la vida, él fue Papa.
Antes de nuestro primer encuentro con él me fui concentrando como si fuera a comulgar. Subí las escaleras de mármol, él abrió los brazos de par en par. “Éramos pocos y faltabas vos”.
Después tuvo, para quienes lo rodeaban, conceptos muy elogiosos para mí que no repito por pudor. Me bendijo, espontáneamente, una vez más la medalla de la Virgen que desata los nudos: “Ella te quiso venir a saludar”.
Nos emocionamos, tomándonos de las manos. Permanecimos así unos minutos. Pura energía. “Rezá por mí”, me dijo. Volví a mi lugar, caminando sobre mis propios pasos. Plena de recogimiento. Puro estado de gracia.

