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@AnaliaCab

Entre los muchos atributos que uno pensaría deben tener los políticos, el sentido de la oportunidad es fundamental. Sin embargo, la idea del gobierno de anunciar nuevos aumentos en rubros esenciales, como transporte y energía, resultó un verdadero baldazo de agua caliente, en este agobiante verano de fin de año.

Quizá alentado porque diciembre resultó no ser el cuco esperado -nobleza obliga, en comparación con años anteriores las calles porteñas tuvieron más inconvenientes por las benditas obras de la ciudad que por marchas o piquetes- el Ejecutivo decidió que era el instante apropiado para que el argentino decida si este 31 va a brindar con sidra, champán... o jugo rebajado de bidón.

La nueva escalada de tarifas se da en un momento cuanto menos extraño para Cambiemos: parte de la ciudadanía critica que Mauricio Macri se tome tres semanas de vacaciones y Marcos Peña quedara a cargo del barco. Pero más raro aún es que, en simultáneo con la estocada de los aumentos, el secretario de Energía, Javier Iguacel, se aleje del gobierno y sea reemplazado por Gustavo Lopetegui.

Efectivamente, el otrora poderoso mano derecha del jefe de gabinete había caído en el olvido mediático, tras la ya legendaria corrida cambiaria de septiembre, y aguardaba en el banco bajo el misterioso cargo de “asesor”.

Cuando muchos creyeron ver en aquel cambio una pérdida de poder para Peña, 2018 termina con el respaldo total del Presidente, al dejarle las llaves de su casa, y el regreso de Lopetegui a un cargo de alto perfil. 2019 traerá elecciones en octubre, muy lejos de estos meses de zozobra por los recientes incrementos de tarifas, y con altas chances de que los votantes nos hayamos acostumbrado (una vez más) a ajustarnos el cinturón. Con una oposición todavía difusa, cuyos referentes se miran de reojo, el sueño reeleccionario parece más posible de lo que cualquiera hubiera arriesgado.

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