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El consumo masivo cerró el primer trimestre de 2018 con una caída del 1% frente al mismo período del año pasado, según reseñaron consultoras privadas. Ese punto no es un empate como sucede en algunos deportes, es algo más delicado tal cual ilustran los economistas de escuelas varias.

La reducción de las ventas en supermercados y almacenes es la contracara del impulso sin frenos de los precios y el deterioro del poder adquisitivo. Aun considerando que la economía no es una ciencia exacta en lo social, algunas de sus variables históricas, en este país y el mundo, ofrecen lecciones incluso no pedidas.

Entre ellas considerar que si bien el consumo, en si mismo, no garantiza salud imbatible a un país, su merma es señal de alerta. El caldo de males que determina la pobreza incluye en rango de consecuencia y en algunos tópicos la violencia y el delito. Se insiste, no abarca todas las razones de tal fenómeno, pero tiene que ver con algo que manifestó el jefe de la Policía Bonaerense Fabián Perroni: "La violencia permanente de los delincuentes es producto de la droga, y hay una situación social que hace que la persona que tenga la necesidad de comer delinca. La pobreza y la exclusión llevan a que muchas personas salgan a robar", aseveró.

Se puede discrepar en cuanto al orden de los factores que hilvanó Perroni, pero ambos puntos tienen certeza, lo obvio y más grave es recordar que haya personas que roban "por necesidad". No abordamos las soluciones en estos párrafos, sucede que el momento de reflexión obliga a contemplar de qué estamos hablando cuando se trazan paradigmas en la pobreza nacional y regional.

Está probado que el consumo en si mismo no "sana" a sociedad alguna, como también que en las circunstancias de inestabilidad e incertidumbre económica se potencia mucho más que una "sensación de inseguridad" y no es una experiencia de laboratorio, hay semejantes víctimas de circunstancias que expresan los porcentajes y cotizaciones de mercado.