¿Cuándo vale la opinión? El arte, entre el aplauso oficial y el grito disidente
La relación entre el poder y los artistas vive una incongruencia brutal: El Chaqueño Palavecino y Fátima Florez suben al presidente al escenario, y otros son crucificados por un tuit. El caso Lali Espósito versus Javier Milei expone las reglas no escritas de una guerra cultural. Una reflexión sobre el silencio, el ruido y quién tiene derecho a hablar.
Existe una paradoja cada vez más evidente en la intersección entre el arte y la política. Por un lado, un folclorista invita a Javier Milei a cantar y alega, ante las críticas, que no hace política, solo música, y la exnovia del presidente le presta el escenario para que cante durante su show en Mar del Plata. Por el otro, una popstar escribe un comentario en redes y se transforma en el blanco personal y constante del primer mandatario. La pregunta salta a la vista: ¿cuándo vale la opinión del artista? ¿Cuando aplaude y hace dúos, y/o cuando cuestiona?
Lali Espósito decidió, hace tiempo, no callar. Su caso trasciende la anécdota para erigirse en el ejemplo perfecto de la batalla cultural que se libra en el espacio público. Lo que comenzó como un comentario derivó en una escalada donde el propio Presidente la rebautizó como "Lali Depósito", insinuando que sus opiniones eran mercenarias. "Él me cambió el nombre... porque cree que los artistas opinan porque les pagan", relató la cantante, detallando un mecanismo que busca, ante todo, vaciar de legitimidad cualquier crítica.
El mismo poder que hostigaba a Lali subió a dos escenarios distintos en pocos días. Primero, llegó al Festival de Doma y Folklore de Jesús María para cantar con El Chaqueño Palavecino "Amor salvaje", en medio de aplausos y chiflidos. Pero su gira musical no terminaría allí. Fue ¿invitado? a cantar "El rock del gato" en medio del show de Fátima Florez, en un gesto para nada improvisado.
Esos gestos, enmarcados como actos de "agradecimiento", no generaron la misma furia oficialista. Al contrario, fueron celebrados. La regla no escrita parece ser esta: el arte puede rozar al poder siempre que sea para abrazarlo, nunca para interpelarlo. ¿Existe, entonces, la libertad que se pregona desde sus bases?
Frente a la campaña de descalificación, Lali optó por una respuesta que solo un artista verdadero puede dar: más arte. Lanzó "Fanático", una canción donde canalizó el odio recibido en una crítica aguda. No se amedrentó. Transformó el agravio personal en comentario social. Recientemente, ante un show del presidente, subió un fragmento de "Payaso": "Hoy sos el show principal, te queda grande el disfraz, payaso". Su herramienta fue la creación, no la sumisión.
Este contraste define el clima de época. Por un lado, un sector del espectáculo busca una neutralidad imposible, o se alinea, y es premiado con visibilidad. Por el otro, quienes osan expresar disidencia son señalados y convertidos en enemigos. La frase de Lali, "Está raro el tema de la libertad de expresión", resume la perversión del momento: se celebra la libertad solo cuando esta no contradice. ¿No es esa una forma elegante de censura?
La estrategia contra artistas como Espósito es sintomática. Al insinuar que su opinión es pagada, se niega su capacidad de pensamiento autónomo, su ciudadanía. Se intenta encerrarla en el estereotipo de la artista frívola, para no tener que enfrentar el contenido de sus críticas. ¿Qué fragilidad lleva a un poder a desacreditar de esa forma, a gastar capital político en ridiculizar a una cantante?
Al final, esta pulseada revela dónde se libran hoy las batallas por el relato: en la letra de una canción pop, en una historia de Instagram. Lali Espósito, al decir "Si no, lo haré con música", reivindica el arte como trinchera legítima para la disidencia. Su postura demuestra que, en tiempos de discursos hegemónicos, la creación cultural puede ser el último refugio de una palabra libre.
Por eso, la pregunta inicial se responde con otra más profunda: ¿El temor a una canción u opinión artística sería una señal de poder o de fragilidad? ¿Qué solidez tiene una verdad que necesita silenciar a quien canta? La reacción desmedida, la necesidad de ridiculizar y desacreditar, no dibuja el retrato de una fortaleza inquebrantable. Atacar al arte, en definitiva, ¿no es la confesión tácita de que las ideas, cuando se cantan, pueden resonar más fuerte que cualquier decreto?

