POR ROBERTO DI SANDRO

Hace 47 años entraba en la inmortalidad uno de los más grandes líderes de América y tres veces presidente de la Argentina: el general Juan Domingo Perón. A las 13.15 se anunciaba el fallecimiento del gran estadista que cumplía su tercera gestión al frente del gobierno.

Se paralizó el país mientras la vicepresidenta, su esposa, María Estela Martínez, formulaba la infausta nueva al pueblo. Como bien afirmó un colega, “hasta las paredes lloraron”. El diario Crónica, en una sola palabra, expresó en su tapa el sentimiento del pueblo trabajador hacia su líder: MURIÓ. Inmenso dolor recorrió el país a partir de su paso a la inmortalidad. Su corazón había dejado de latir a las 10.15, aproximadamente. Se recuperó sólo unos instantes y fue llevado hasta el primer piso del chalet de Olivos donde, a pesar de los esfuerzos realizados, los médicos no pudieron rehabilitarlo.

La tapa del Diario Crónica de aquella jornada (Archivo).

En la Casa de Gobierno los periodistas escucharon exactamente a las 13.15, de la voz de la vicepresidenta de la Nación y esposa del gran caudillo estas palabras: “Acaba de fallecer el Presidente de la Nación, General Juan Domingo Perón”. Estaba cumpliendo 79 años y sus fuerzas se agotaron. Años de lucha, exilios en varios países y demás padecimientos lo tuvieron alejado de la Argentina casi 18 años años.

Lo habían derrocado en 1955 tras un sangriento golpe de Estado que -semanas antes- había asesinado a más de 300 personas durante un insólito y criminal bombardeo a la ciudad. Perón dijo el día de su derrocamiento, a pesar de los deseos del pueblo de que continuara al frente del gobierno: “Antes que la sangre, el tiempo”. Aludía así a su rendición para evitar una masacre, pero insinuando un retorno que se produjo de manera definitiva en 1973.

Varios fueron los médicos que estuvieron junto a su lecho para salvarle la vida. Ninguno pudo hacerlo. Los doctores Cossio, Liotta, Matera y Taiana, brillantes cirujanos, se turnaron para asistirlo. El viejo corazón del caudillo no resistió más y dejó de latir para entrar en la historia. Perón cerró los ojos mientras descansaba y leía un libro en una gran reposera que había traído de su exilio en España.

Impacto nacional

La actividad se detuvo en el país. Largas colas se instalaron frente a los diarios y mostraron su gran tristeza en cada lugar de nuestro extenso territorio. Las lágrimas recorrieron millones de rostros de trabajadores, de los dos sexos, que recordaban a un presidente que les había otorgado la dignidad que nadie, antes, les había dado. Los desposeídos se silenciaron para rendirle homenaje.

En la Casa Rosada cesaron las actividades. En la Sala de Periodistas las máquinas de escribir iniciaron un largo relato de quien había generado durante años una historia de calor y apoyo para los pobres y de rechazo para otros muy distantes de los que luchan diariamente por el trabajo. El pueblo en general comenzaba a juntarse en la Plaza de Mayo para mostrar su dolor y tristeza. En tanto, aquellos que nunca lo quisieron exhibieron un equilibrio emocional que puso en evidencia un respeto que en otras épocas habían marcado ese gran signo que tiene un solo concepto: división entre hermanos.

Ricardo Balbín y Juan Domingo Perón, entre la rivalidad y la admiración (Archivo).

De allí que se escribieron anécdotas de rueda de periodistas tipo “informales” que los hombres de prensa acreditados en la sede gubernamental tenían con el Presidente. Se producían cada 15 o 20 días y Perón recordaba momentos personales en los cuales no ocultaba su preferencia por el deporte y más por el boxeo y el automovilismo.

Al propio tiempo, se metía en el terreno político y sentía admiración por Hipólito Yrigoyen, por Ricardo Balbín y hasta mostraba, ya en ese tiempo, un especial interés en escuchar a un dirigente muy joven que se venía acomodando entre los cuadros políticos del radicalismo. Su nombre: Raúl Alfonsín.

Todo este tipo de confidencias se mezclaban con proyectos y realizaciones que beneficiaban a la industria y en especial al trabajo en sus diferentes aspectos. Hablaba de los artistas y preferencias, mostrando su afecto a Hugo del Carril, Mariano Mores, Tita Merello y otros cultores del cine, la radio y la televisión que, sabía bien, no eran peronistas, “pero grandes intérpretes”.

El presidente Perón recordó, muchas veces, en esas conversaciones “off the record”, algo sumamente importante para los cronistas acreditados: hablar con todos los destacados exclusivamente “ya que todos los días están firmes detrás de la información”, recalcaba. Es un hecho que alguien como el que escribe esta nota lo remarca siempre. Una mención que quedó en mi recuerdo es aquel día en que, café tras café, el líder de los trabajadores -ya en su tercera presidencia- mencionó su profundo análisis de todo lo que significa el medio ambiente y trajo a la memoria algo que alguna vez dijimos en escritos sobre temas de verdadero interés, como el acopio de información de una visita que hizo al país, durante el gobierno de Arturo Illia, el jefe de Estado de Francia en aquel momento, Charles de Gaulle.

La noticia fue confirmada por Isabel Perón (Archivo).

Contaba Perón que solicitó todos “nuestros estudios” acerca de la ecología “que luego el general francés puso en vigencia durante su gobierno”. Estas anécdotas y mucho más recorrieron escritos del periodismo de aquel momento. Además, otros profesionales abundaron en detalles de tipo político. Al cumplirse este jueves 47 años de la muerte de Juan Perón, descorremos este abanico de encuentros con esa figura que seguramente será recordada hoy en un contexto sumamente difícil que aún vive el país ante la existencia del Covid-19, virus que conmueve al mundo desde hace un año y medio.

“Se rompió el molde”

En aquel 1° de julio de 1974, la conmoción por la muerte del fundador del Partido Justicialista fue impactante. Se vivía una situación difícil ante hechos violentos que se sucedían a cada instante en el país. Sectores rebeldes generaban temor en las calles de Buenos Aires y de otros puntos de la Argentina. Sin embargo, la gente se instaló en cualquier camino que desembocaba en el Congreso para estar presente en su velatorio.

En Olivos, rato antes de su traslado al Palacio de las Leyes, un grupo de ayudantes cambió de ropa a Perón y le puso el traje de teniente general. Lo habían subido al primer piso de la residencia todos los médicos que lo atendieron, y su esposa, María Estela Martínez de Perón, a la que llamaban Isabelita, anunció su deceso ante la presencia de todo el gabinete. El desfile del pueblo fue incesante e impresionante.

Histórica foto: el soldado que lloró (Archivo).

Los medios dieron detalles salientes del histórico momento. Dos relevantes circunstancias reflejaron el dolor general: El ya mencionado título de Crónica en primera plana, “MURIÓ”, recorrió el mundo con esa palabra y generó comentarios de relevante sentido periodístico, ya que con esa expresión involucraba todo un editorial. El otro impacto fue la imagen de un soldado parado frente al edificio del Congreso, llorando desconsoladamente por la partida del gran líder argentino.

El paso de los años luego dio rienda suelta a otros conceptos que cerraban los homenajes a Perón. Uno de ellos surgió del corazón de un laburante e ingresó al álbum de los recuerdos. Con claridad meridiana y poniéndole un poco de picardía política dijo: “Murió Perón y se rompió el molde”. Sin duda como él no habrá alguien que se le aproxime, según los que militamos en el peronismo histórico.

Gran cantidad de personas despidieron el general Juan Domingo Perón (Archivo).

Seguramente muchos más lo piensan pero no lo dicen. Juan Domingo Perón dejó este mundo cuando había logrado establecer un vínculo con su máximo adversario, el radical Ricardo Balbín. Ambos se encontraron en muchas circunstancias después del gran abrazo. Antes de morir Perón, el diálogo entre ambos era constante. Claro que nadie lo sabía porque los dos se trataban reservadamente.

Este escriba, que vivió ciertas situaciones, se sorprendió a medias alguna vez. Ocurrió cuando ambos aparecieron en el Patio de las Palmeras en la Casa Rosada, y pudo comprobar que los dos dialogaban con fruición sobre diversos temas. Por supuesto que era un sitio donde solamente estaban los custodios, y a distancia. Allí podían abordar algunas ideas. Lástima que, pasado algún tiempo, no pudieron cuajar con la idea de ambos: uno como presidente, Juan Perón, y el otro como vice, Ricardo Balbín, que hubiera sido tal vez el mejor continuador de un proyecto común.

Cuántas veces se habló de esto. pero la falta de espíritu de unidad de sectores de ambos lados, destruyó esa idea que hubiese sido superadora de cualquier división. No pudieron conformar una fórmula presidencial, pero la amistad quedó sellada. Seguramente hoy, en ciertas entidades se continuará con la costumbre de homenajear al General Perón. Sin duda, los históricos del peronismo junto a las nuevas generaciones honrarán a esta figura sobresaliente de la historia política argentina.

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