OPINIÓN

La política de la bronca

¿Cómo canaliza el pueblo la bronca ahora? En 2023, la bronca se corporizó y tomó la forma de un candidato, y ganó.

El país que supimos tener no existe más. ¿Volverá a existir? No lo sabemos. Hay una ruptura. No es nostalgia. Es otra cosa. Es un pueblo diciendo: no se puede volver. Y al pueblo eso le duele porque el pueblo siempre está volviendo. 

Porque como decía Troilo: "¿Alguien dijo una vez que yo me fui de mi barrio? ¿Cuándo? ¿Pero cuándo? Si siempre estoy llegando...". ¿Llegando a dónde? No sabemos. Pero seguimos. Somos Argentinos. Siempre seguimos. Siempre llegamos, como sea, como se pueda. 

Hace casi 25 años la gente fue a votar con bronca. No bronca de Twitter. Bronca de verdad. De esa que te hace levantarte igual un domingo, hacer la fila, agarrar el sobre y no elegir a nadie. Elegir no elegir. 

Para octubre de 2001 el país ya estaba roto. Pero no roto como ahora. Otro roto. Una rotura donde nadie manejaba nada. Ni la economía, ni la política, ni la vida. Entonces apareció algo nuevo. Un invento argentino. Otro más para colección. El voto bronca. 

En ese momento la cosa no era no era no ir. Era ir. 

Ir hasta la escuela, buscarse en el padrón en la vereda, hacer la fila en silencio sin ningún entretenimiento digital, agarrar el sobre que te daba el fiscal y ahí, en ese cuarto oscuro decir: "No cuenten conmigo". 

Hoy ni eso nos dejaron. Hoy el rechazo no entra ni en un sobre. Se queda en la casa, en el smartphone. Hoy el rechazo se traduce en ausentismo, en apatía. O mucho peor. Se transforma en otra cosa.

En 2023 la bronca encontró un cuerpo y un candidato: Javier Milei. La bronca dejó de ser algo vacío para convertirse en un voto. Un voto contra todos. Pero la raíz es la misma: La gente cansada de perder. Cansada de que le prometan. Cansada de elegir el menos peor. 

En 2001 la bronca se anulaba. En 2026 la bronca gobierna

En 2001 el acto de votar tenía algo tosco. Algo torpe. Algo humano. Podías romper una boleta, escribir alguna puteada, meter una lista integrada por Belgrano, San Martín y Castelli, un salame, un Clemente que no roba. Gritar dentro de un sobre: "Conmigo no cuenten". 

Hoy votamos tocando una pantalla o marcando casilleros prolijos. Todo limpio. Todo ordenado. Todo correcto. Y la bronca no es limpia, ni ordenada. Mucho menos correcta. La bronca no tiene dónde meterse. 

¿Cómo hacemos? ¿Puteamos una máquina? ¿Intentamos meter un salame en un casillero? ¿Nos ponemos una remera de algún prócer? ¿En eso nos convertimos? ¿En eso nos convirtieron? 

Sí. Eso somos un poco ahora: gente en fila, obediente, domesticada. La bronca no entra en ningún lado. 

Y tal vez esa sea la diferencia más grande con el 2001: no que estemos mejor. No que estemos peor. Es que ni siquiera sabemos cómo expresar que estamos hartos