El sistema ferroviario atrajo a muchos inmigrantes europeos a la Argentina, hombres y mujeres con plata en los bolsillos y deseos de "hacer la América". Uno de ellos fue Clodomiro Hileret, un joven francés con extravagantes gustos y grandes ambiciones que pronto dejaría una oscura marca en la historia de la provincia de Tucumán.

Clodomiro Hileret llegó a la Argentina en 1876.

A fuerza de carisma y riquezas heredadas, el joven empresario anudó fuertes lazos sociales y comerciales a la espera de su gran oportunidad. Esta llegaría en la forma del ingenio azucarero Santa Ana, el ingenio más grande de toda América Latina. En su libro "El interior", el periodista Martín Caparrós describe al conjunto de instalaciones como "un monstruo de vidrio y acero en medio de la selva que producía ocho mil toneladas de azúcar y dos millones de litros de alcohol al año".

La instalación se extendía por casi treinta mil hectáreas. Con cincuenta kilómetros de vía férrea, una central de teléfonos, diez escuelas primarias y más de dos mil peones con machetes, Hileret necesitaba una manera efectiva de mantener a sus trabajadores obedientes a los duros regímenes de trabajo y separados de sí mismos y cualquier indicio de reclamo por sus derechos laborales. La solución: un trato con el diablo.

Una bestia del infierno

Cuando los trabajadores más rebeldes comenzaron a desaparecer del ingenio azucarero, historias de una bestia infernal comenzaron a esparcirse entre los vecinos. Un perro negro, a veces sin cabeza, que arrastra largas cadenas con cada silencioso paso. Este animal sanguinario tenía una misión: honrar el pacto que su dueño había hecho con Hileret.

"Se trata de un presunto acuerdo entre el dueño del ingenio y el diablo, por el cual aquel debía entregar, como condición para que el ingenio funcionase bien, un peón por zafra", explica el historiador argentino Eduardo Rosenzvaig, autor del libro "El sexo del azúcar" basado en la vida y obra del polémico empresario. Con cada desaparición, el mito de la bestia crecía, y pronto todas las familias de Tucumán cerraban sus puertas a la noche por miedo al monstruo que nombraron "el Familiar".

La leyenda del Familiar mantenía a los trabajadores obedientes. (Ilustración por César Carrizo)

Mientras el mito del Familiar continuó creciendo hasta formar parte de la mitología nacional, existe una explicación material para los desaparecidos del ingenio Santa Ana: "Acá los peones estaban capturados de por vida por sus deudas, entonces la única forma de dejar el ingenio era fugarse. Los patrones tenían hombres armados que trataban de impedirlo; cuando agarraban algún fugitivo lo mataban para dar el ejemplo. Para que eso funcionase en la psicología de los peones, se crea el mito", explicó Rosenzvaig.

Pero aún con decenas de trabajadores desaparecidos, el ingenio Santa Ana se convirtió en el éxito que Hileret siempre soñó: equipado con la mejor tecnología de la época, pronto se convirtió en el ingenio más poderoso de la Argentina, su éxito sustentado por el precio del azúcar y una marcha de producción que convirtió a la azucarera en una de las principales industrias pesadas del país durante la última década del siglo XIX.

Hileret, hoy

A pesar de su ambición, la gran obra de Hileret se vería sobrevivida por el oscuro mito que creó para reforzarla: tras la muerte del dueño en alta mar camino a París, el ingeniero pasó a manos de sus tres hijos, quienes, por malos manejos, falta de inversión y las crisis de la industria azucarera, llevaron al ingenio a la quiebra. Finalmente, en 1966, Onganía cierra varios ingenios del país por decreto, dando así el golpe final a Santa Ana.

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