Con el turismo de cercanía en ascenso, los turistas se encuentran en búsqueda de destinos interesantes a pocos kilómetros de la Ciudad de Buenos Aires para pasar una tarde, o tal vez hasta un fin de semana, paseando por el campo y disfrutando de la tranquilidad y la buena comida.

Ambas cosas están disponibles en la localidad de Rauch, una pequeña ciudad en el partido homónimo que reúne todo lo necesario para una bella tarde en Provincia. Los visitantes pueden tomar mate en el puente Silva, a orillas del arroyo Chapaleofú, o colaborar con la Asociación Protectora de Animales de Rauch al comprar alguna de las tantas artesanías que ofrecen los puestos de la Isla de Servicios.

También pueden visitar el castillo abandonado de Egaña, el lugar más embrujado de Argentina.

 

Castillo San Francisco, una tragedia convertida en leyenda para visitar en el campo

 

La imponente mansión fue escenario de un asesinato.

 

A 25 minutos en auto de la localidad de Rauch se esconde el paraje de Egaña: 500 metros cuadrados, no más, y habitado por 50 vecinos que no pueden evitar asomarse a sus ventanas cuando pasa un auto. Egaña solía ser un pueblo conocido por su pequeña estación ferroviaria. Allí llegaban los pasajeros a bordo del tren que unía Las Flores con Tandil. Hoy, en la estación, solamente hay dos bancos de plaza que aguardan la llegada del tren de carga dos veces por semana.

Además de la estación, siguen en pie la Capilla de Egaña, la escuela de Egaña y "El viejo almacén", un boliche cuya fecha de creación es poco precisa, pero que los actuales propietarios, Fermín Barragán y Nadia Falabella, datan de 1884. A pesar de los deliciosos platillos campestres que sirven en el local, sin duda el punto turístico del pueblito es el Castillo San Francisco.

 

 

 

 

 

Esta vieja mansión fue construida entre los años 1918 a 1930 por el arquitecto Eugenio Díaz Vélez, nieto del prócer argentino, sobre tierra heredada. Cuenta con 77 habitaciones, 14 baños y 2 cocinas, y para el momento de su inauguración era deslumbrante. Díaz Vélez invirtió tiempo y dinero en la casona, importando las decoraciones desde Europa y experimentando con la arquitectura de la mansión, que fue expandida en varias ocasiones.

El día de la inauguración, todo era perfecto. Los invitados llegaron en sus mejores galas, las mesas estaban copadas con la vajilla más fina y la cocina estaba preparada para agasajar con los mejores sabores. Todos esperaban a que el dueño de la casa llegara desde Buenos Aires para abrirla, pero lo que llegó fue la peor noticia: Díaz Vélez había fallecido. Los invitados se fueron decepcionados, la comida se enfrió en los platos y la hija del dueño, heredera de la mansión, no volvió a abrir sus puertas.

 

Los muebles de la estancia abandonada fueron robados después de la inauguración. (Cortesía Conoce la Provincia)

 

El Castillo de San Francisco pasó a manos de Casa Bullrich y Cia cuando la heredera, María Eugenia, arrendó las tierras. Luego de años de abandono, en 1958, la estancia San Francisco (con el Castillo de Egaña incluido), fue expropiada por el Estado provincial, con la intención de ser subastado, fin que nunca logró concretarse, lo que dio paso al inicio de un período de deterioro.

Finalmente, en 1965, el gobernador Anselo Marini lo transfirió al Consejo General de la Minoridad con la intensión de convertirlo en un hogar/granja que, a la sazón, terminó convertido en un reformatorio, alojando a jóvenes con problemas de conducta. Hacia mediados de los años ’70, y tras un asesinato que comprometió a uno de los internos, los menores fueron reubicados y el castillo quedó, una vez más, olvidado.

Allí permanece, imponente y vacío, reuniendo polvo e historias de avistamientos fantasmagóricos. Quienes se atrevan a visitar la mansión maldita pueden hacerlo los días sábados, domingos y feriados, cuando sus cuidadores abren sus puertas desde las 10 de la mañana hasta las 8 de la noche.

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