Ni Neuquén ni Mendoza: volcanes escondidos en las sierras que prometen una aventura inolvidable
A solo minutos de zonas turísticas muy transitadas, se extiende un paisaje poco conocido que revela huellas de una historia geológica milenaria y escenarios perfectos para quienes buscan experiencias fuera de lo común.
Argentina es un país de paisajes deslumbrantes, muchos de ellos famosos en el mundo. Pero más allá de los destinos clásicos, hay rincones ocultos que aún guardan su misterio y donde naturaleza sigue esperando ser descubiertos por los ojos curiosos de los turistas.
Entre sierras solitarias y caminos poco transitados, el paisaje cambia radicalmente. El verde sede paso a tonos oscuros, formaciones abruptas, relieves que parecen de otro planeta y volcanes fascinantes que sugieren una historia antigua, escrita con fuego y piedra.
Volcanes escondidos en las sierras que prometen una aventura inolvidableA tan solo unos kilómetros de los circuitos turísticos clásicos de Córdoba, el departamento Pocho guarda un secreto geológico que pocos conocen. Más precisamente, en el oeste provincial, emergen antiguos volcanes apagados que transforman por completo el paisaje serrano.
Desde la ciudad de Córdoba, el acceso no es inmediato, pero sí posible con algo de planificación. Son alrededor de 220 kilómetros hasta Salsacate, una de las puertas de entrada a la región, a través de la Ruta Provincial 28, cruzando por Taninga. El viaje, de unas cuatro horas, ofrece paisajes cambiantes y la posibilidad de conectar con pueblos que aún conservan un ritmo propio.
Incluso, aunque todavía poco promocionado, este rincón cordobés se encuentra relativamente cerca de destinos turísticos muy conocidos como Mina Clavero y el Valle de Traslasierra. Esto lo convierte en una excelente escapada para quienes buscan alejarse del bullicio y explorar paisajes distintos, sin alejarse demasiado de los servicios y alojamientos tradicionales.
Lejos de la imagen tradicional de las sierras verdes y los bonitos arroyos cristalinos, este rincón sorprende con formaciones que parecen de otro planeta: cúpulas de roca negra, conos erosionados, suelo que varían distintos tonos de rojizos y vastas planicies de origen volcánico invitan a mirar el suelo con otros ojos.
Para la sorpresa de muchos, la región de Pocho alberga al menos una decena de estructuras volcánicas identificadas, entre ellas el Cerro Poca y el Cerro Boroa. En ambos casos, su origen se remonta al período Neógeno, hace entre 10 y 2 millones de años, y su presencia moldeó no solo la geografía, sino también la biodiversidad de la zona.
Aunque hoy reina el silencio, hace millones de años la actividad natural marcó la historia del sitio. Dada esta condición, explorar estos paisajes requiere respeto, tiempo y una mirada atenta. Aquí no hay lava ni erupciones, pero sí una energía poderosa que muchos refieren a otro mundo.
En los últimos años, geólogos, fotógrafos y viajeros curiosos han comenzado a poner la lupa sobre esta área. La combinación de ciencia, aventura y belleza natural convierte a los volcanes de Pocho en un destino emergente.
Quienes se animan a visitar la zona pueden realizar caminatas por senderos naturales, ascensos a los cerros volcánicos, avistaje de aves y exploración fotográfica. De hecho, no hay infraestructura turística desarrollada, pero eso forma parte del encanto y se trata de una experiencia más libre.
Los pueblos cercanos, como Salsacate o Tala Cañada, conservan relatos y leyendas vinculados a estos cerros extraños. Para muchos habitantes, las formaciones no solo son formaciones rocosas: son parte del paisaje emocional y cultural que los rodea desde generaciones.

