Ni el Copahue ni el Lanín: El destino cordillerano escondido en medio de un volcán que parece sacado de una película
Ideal para una escapada diferente, este rincón del sur argentino sorprende con su laguna en lo alto, bosques de araucarias y postales impresionantes. Un lugar donde la naturaleza y la cultura se cruzan en cada paso.
En la cordillera neuquina, más allá de los clásicos que todos conocen como el volcán Lanín o Copahue, hay un rincón que se mantiene casi en silencio, como a la espera de ser descubierto por los más aventureros. Alejado de las multitudes, este lugar sorprende con un paisaje que parece de otro planeta: una laguna en altura dentro de un cráter, rodeada por bosques de araucarias, montañas nevadas y aire puro que invita a imprimir en el cerebro imágenes inolvidables en una escapada.
La experiencia combina aventura y calma. Es ideal para caminar, respirar naturaleza, sacar fotos únicas y, de paso, conocer una parte de la cultura mapuche que convive con ese entorno. No hay grandes centros turísticos ni estructuras imponentes, pero sí una belleza serena que atrapa a quien se anima a ir un poco más allá de los destinos típicos.
El secreto cordillerano que pocos conocen y sorprende con su paisaje volcánicoEn el sur de Neuquén, bien cerquita del lago Aluminé, hay un lugar que no muchos conocen y que parece sacado de una película. El volcán Batea Mahuida está ahí, quietito entre montañas, rodeado de araucarias y aire puro, ideal para una experiencia distinta, que genera un poco de adrenalina, pero también hace explotar la cabeza con sus postales soñadas. Llegas y ya sentís que algo cambia: se frena el ritmo, bajás un cambio y todo te invita a mirar el entorno con más calma.
El lugar está dentro de una comunidad mapuche, la Puel, y eso le da una energía muy especial. No es solo una cuestión de paisaje, hay historia, hay respeto, hay raíces que todavía están vivas. Podés hablar con la gente de ahí, escuchar cómo entienden la relación con la tierra y entender un poco más ese vínculo que a veces en la ciudad se pierde. Además, te encontrás con sus típicas ceremonias, artesanías y actividades como el cuidado de la tierra y el bosque, talleres de cultura donde enseñan su lengua, sus costumbres y su forma de relacionarse con lo que los rodea, lo que hace sentir la vivencia mucho más a flor de piel.
Cuando llegás a la cima, te encontrás con una laguna escondida adentro del cráter. Es de esas postales que no se borran. Desde ese punto panorámico verás todo: los lagos, las montañas nevadas, el cielo limpio. Si vas en invierno, podés tirarte en trineo o esquiar tranqui porque el centro es superchico y familiar, nada de multitudes.
En verano o en otoño cambia todo: los colores, los olores, la luz. Hay senderos cortos, árboles altísimos, cóndores que pasan volando y hasta algún zorrito si tenés suerte. No necesitás mucho más que un buen calzado, ganas de caminar y algo rico para el mate. Todo el lugar tiene ese silencio lindo que no incomoda, ese que te hace sentir que estás donde tenías que estar.
Desde Villa Pehuenia llegás fácil, el camino es de ripio, pero está bien arreglado y una vez ahí encontrarás lo justo para tu estadía, estacionamiento, baños, una confitería chiquita atendida por la comunidad, y buena onda en el aire. No hace falta un gran plan ni mucha plata. Solo ganas de ir, respirar un aire tranquilo y guardar ese paisaje adentro tuyo por un buen rato.

